Leer a Haidu Kowski es encontrarse con una historia en la que no sabés por dónde va a salir. Es una literatura de lo inesperado, del desencanto, del desbarranque. Sus personajes están a una frase de que todo termine por irse al carajo. De que el derrumbe se vuelva tangible y no una idea con la que conviven y todavía pueden obviar.

El Ejercicio de Perder, su última novela publicada por Odelia, nos entrega a Elías, el Polaco, un sicario en el mundo del póker que deberá cobrar unas cuentas deudas: de jugadores, de amores, propias.

Es la historia también de su infancia, del Polaquito, de lo que alguna vez pudo ser, de dos perros y una bobe que lo entrenan para convertirse en el Polaco, de la tragedia que pega y no pregunta, de golpear hasta ser el último -y único en pie- mientras todo alrededor se derrumba, topadoras que arrancan casas, que dejan baldíos en los que se crece como se puede.

A los personajes de Haidu Kowsky le gusta pararse al borde del abismo, y hay que admitir que estár ahí, parado en el filo del mundo, te da una buena vista, te produce una conexión con el mundo diferente. El problema, claro, como todos lo sabemos, es que el abismo llama al abismo.

¿En qué momento sentiste que tenías una novela?

Había dos historias. La de Elías joven, Polaquito, y la del Polaco, ya grande. Nunca me puedo acordar qué vino primero cuando me puse a armar la historia: si el Polaquito o el Polaco. Creo que cuando logré ese ida y vuelta entre los personajes, el Polaquito grande y el Polaco, ahí me di cuenta de que había algo interesante. Las primeras personas del niño y del grande, por separado, no terminaban de ser atractivas. Cuando encontré ese contrapeso entre ambas historia, ahí dije: acá está bueno. El personaje tomó mucha más vida, mucha más profundidad.

¿Y cuál fue el disparador?

Hubo muchos disparadores. Por un lado, el póker. Un torneo que fui a cubrir a Punta Del Este, y ahí apareció la historia del personaje este. Tenía ganas de escribir una historia que tuviera al póker como atractivo, pero los jugadores de póker no me terminaban de parecer muy interesantes para contarlos como personajes principales. Entonces empecé a buscar qué personajes había dentro del póker, y el cobrador me pareció el que tiene como una visión desde afuera, pero al mismo tiempo está adentro. Puede hacer una lectura distinta de las cosas que un jugador de póker, que está metido en el juego nada más.

El segundo disparador fue Boedo. Crecer en Boedo. Vivir la construcción de la autopista, que de pronto tus amigos no estaban más, que los habían movido. Yo justo vivía en la esquina de la autopista, sobre Boedo. Eso es algo que me marcó. Ver a todos los vecinos juntos, con cara de pánico por no saber por dónde pasaba. Lo viví como algo muy fuerte. Pasaba también, unos años antes, lo del viejo Gasómetro. Eso fueron los dos puntapiés de la novela.

Ahí tenés dos elementos fuertes autobiográficos, tanto el judaísmo como el póker. ¿Cómo fue tu aproximación, este tratamiento ficcional con un asidero en una experiencia previa? ¿Hubo algún reparo?

En un principio no me di cuenta. Fue ocurriendo. A mí me gusta mucho poder, con las descripciones, sobre todo, sentir dónde ocurre la situación. Si pienso en lo autobiográfico, pienso en los lugares. Boedo como escenario. El casino como escenario. Después al resto del contenido la ficción lo lleva por su lado. Pero sí entender el lugar, el momento también de Argentina en el 81, el ambiente del póker. Uso mucho la familia, pero no es la familia, está la esencia.

La violencia es un tema central de la novela, tanto desde el trabajo del personaje siendo sicario, como así también el Holocausto, la demolición del barrio, incluso la soledad toma un aspecto violento. ¿Cómo fue trabajar estos diferentes estadios de violencia?

Me da la sensación de que a través de la violencia los personajes pueden crecer. Esa es mi sensación cuando me pongo a escribir. Tengo un trauma, tal vez, o una tara, que cuando no hay una violencia los personajes quedan chatos, inactivos, que no está mal, pero que en mi búsqueda frenética me gusta leer la novela y sentir que no baja el ritmo. Quiero buscar eso. Todo lo que escribo estoy buscando eso, hacerlo introspectivo desde la velocidad. Y creo que eso también es violento.

De hecho, los métodos que tengo para escribir son violentos. De hacer ciertas cosas con el cuerpo, poner el cuerpo en situaciones, y después de hacerlo me siento a escribir en ese estado.

¿Como qué?

En ese momento tenía una serie de pinturas que fue sobre madera, y agarraba ramas y pintaba rayando, dos horas así, con la cabeza ahí, y después me ponía a escribir, con las manos raspadas. Ocurrían cosas diferentes a las que salían en otro momento. Me parece que los personajes crecen con la violencia, se desarrollan mucho más reales y menos pensados desde una idea de escritor cuando se cruzan con la violencia y son parte de eso.

Ph. Luca Frondoni

 

El personaje es una suerte de sicario famoso del póker, y sin embargo eso está y no está en la novela porque la sensación que me da es que es una persona que necesita ser escuchado. En el sentido que deviene una suerte de coach que les dice “tenés que hacer esto, no te quiero romper los huesos, pero tenés que hacer esto”. Y al mismo tiempo desde cierto desamparo, porque cuando está con Aura lo único que le pide es que la escuche. Necesita que lo escuchen como una manera de reafirmarse a sí mismo como persona.

Me gusta el término de desamparo. Es un personaje bastante desamparado. Por el accidente que tiene la familia, y por la relación que tenía con su familia. Ser criado por una abuela te da como otra noción de la cercanía, creo.

En un principio, en la novela estaba mucho más fuerte este coach ontológico en él que él se transforma, con el correr de las reescrituras voló todo. Él también se transforma en eso, en alguien hastiado de la violencia. Está en un momento donde tener a Aura lo hace reflexionar como “estoy solo, la estoy pasando como el orto”. Y vuelve a su casa de la infancia a buscar a su primo, que devino en algo completamente distinto a lo que es él, que está incluso en esa especie de gueto. El primo volvió al gueto y él se quedó con la parte de la violencia en esta distribución que hubo de roles con la crianza de la abuela. Y ese ser ontológico es raro porque es una especie de coach, que es algo que pudo aprender con el tiempo, que no es algo que vino de la abuela, que le enseñó a ser sicario básicamente.

La presencia de Aura le da un contrapeso de novela, porque si te ponés a pensar como hubiera sido el viaje del protagonista yendo a cobrar a este personaje extraño… no había novela sin Aura. Le da un tinte más interesante, que para él es algo nuevo esto de tener una relación, como un punto cero.

En la novela hay como cierta sensación de que la familia puede ser el primer y el último refugio, o al mismo tiempo la primera condena, un doble juego entre contención y caldo de cultivo para algo más violento.

Para el personaje es interesante cómo la familia le deforma la vida. Me hizo acordar a un documental que vi hace poco sobre dos mellizos de la colectividad judía en Estados Unidos. Inventaron un láser para hacer la circuncisión y deciden utilizarlo en ellos. Entonces le hacen la circuncisión, y cuando se la hacen al primero le queman todo, lo arruinan. Al segundo, al ver eso, no se la hacen así. Después cuentan a los dos de grandes, el que le hicieron la circuncisión normal, ser humano normal, y el otro es una especie de eunuco, un ser extraño, deforme. Es como la misma versión de la misma historia en distintas situaciones. Y me parece que la familia genera eso. Por un lado, genera alguien de bien, y por otro, genera un monstruo. Hay una especie de pelea entre ambos personajes.

Todos tenemos adentro estas dos historias, la optimista y la oscura, de la misma familia. Y eso también me apasiona. De hecho, de las cosas que me contaban de mi propia familia y después de ver otra lectura de lo que me contaban, la familia se deforma. Con esto del judaísmo, siempre fue muy fuerte sentir que la educación que yo tuve, con esto del holocausto, holocausto, de tener una bobe que te hacía comer rápido porque vienen los nazis. Y son con miedos celulares que vienen, miedos que no me pertenecen, pero siento que están, y esos miedos son los que me gusta volcar en la historias.

Hay un tema muy marcado con la identidad en el libro. Elías. Eliashu. Polaquito. Polaco. Y al mismo tiempo, pensaba los espacios donde se desarrolla que son no—lugares. Un baldío, es un lugar que no es. Un hotel, un lugar anónimo. Pensaba si hubo algo buscado ahí.

Sí. Me parece que incluso es la falta de identidad ahí, que esta falta de identidad lo hace ser todo eso. Lo de los no—lugares no fue adrede, pero es verdad que el baldío también es un no—lugar. Lo de la identidad, no sé si lo busqué adrede, pero si está ahí, atravesado. Sobre todo, porque el personaje central está buscando su identidad, y el gordo, aquel al que le tiene que cobrar, también está atravesando algo que ni él sabe qué le está pasando.

Me parece que la literatura es como una especie de búsqueda de la identidad, casi filosófico. Estamos en la búsqueda de algo, que tampoco sabemos bien qué es. Pero la literatura es una especie de refugio de esa búsqueda.

El espacio del baldío me interesa como una especie de educación sentimental, esas dos palabras que solo se usan en entrevistas.

Eso fue algo que atravesó toda la ciudad, de 9 de Julio hasta Liniers, toda la ciudad atravesada por un baldío. Yo me crie ahí. Me hice amigos ahí. Era una experiencia que hoy no existe. De ir con cinco, seis, más. Era una aventura.

En un momento también la novela iba por este lado, tenía muchas más historias en el baldío y fue cuestión de ir encontrándole el equilibrio. Fue eso, de un momento para otro había un baldío donde antes había casas. Se veían las paredes cortadas, el escenario, la maqueta, no llegabas a comprender qué estaba pensando, por qué pasaba eso, te explicaban, pero a los ojos del niño no terminabas de entender.

En una novela que habla de apuestas, ¿cuál fue tu apuesta con este libro?

Si pienso en la apuesta de la novela, como que quiero apostar a lograr un lenguaje o una especie de tono que atraviese todas mis novelas. Me gusta explorar estos personajes extraños que van descubriendo un mundo. Las veo a todos como novelas de iniciación, incluso. Tanto en Instrucciones para robar supermercados, como las anteriores, Dos Días en Venecia y, la que salió en México, Carta de un Psicópata Enamorado, tiene esta cosa de personaje que está casi en una road movie, descubriendo un mundo, el mundo que le toca, ni siquiera el mundo que elige. Creo que mi apuesta es esa. De hecho, pienso una serie de novelas con este tono, esta cadencia, esta velocidad. Quiero que la novela se lea, no fácil, que el lector pueda entrar y no quiera salir. Cuando escribo trabajo mucho ese mambo. Como que no soy tanto de corregir. Cuando algo no me gusta, lo reescribo. Y lo reescribo pensando en esto.

Sobre El Autor

(Buenos Aires, 1986) Trabaja en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Dogo (2016, Del Nuevo Extremo), su primera novela, fue finalista del concurso Extremo Negro. En 2017, Editorial Revólver publicó Cruz, finalista del premio Dashiell Hammett a mejor novela negra que otorga la Semana Negra de Gijón. Sus últimos trabajos son El Cielo Que Nos Queda (2019) y Ámbar (2021)

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