Atravesé mi niñez entre los 80 y los 90, entre la televisión por aire (una repetidora de canal 10 de Mar del Plata con un puñado de programas que llegaban con una semana de delay) con una ventana horaria muy pequeña para ver programas infantiles y las mieles del primer cine doméstico a la carta, el VHS.
Esa experiencia, que hoy conocemos como on demand, solo tenía lugar los viernes y sábados a la noche, y era un momento plagado de ilusiones. En el viaje desde el videoclub hasta casa, en el asiento de atrás del Torino, mi tiempo estaba dedicado a tratar de imaginar de qué se trataba esa película solo con la información de algún afiche, el texto de la caja y las miniaturas que la decoraban. Una vez en casa esperábamos que llegaran las pizzas o las empanadas y el show podía comenzar. A veces apagábamos las luces y todo se ponía aún mejor.
Ese fue mi encuentro con el cine doméstico a la carta. Fueron años de cine fantástico y de aventuras: Volver al futuro, Indiana Jones, Star Wars y Los Cazafantasmas. Sin embargo, quiero detenerme en un producto que no fue tan masivo, pero que dejó en mí un pulso que permaneció dormido hasta hace unos días: una recopilación de episodios que originalmente habían salido como parte de Cuentos asombrosos (Amazing stories). En 1985, Steven Spielberg produjo, y también dirigió algunos episodios, de este show que se emitía por la NBC. Esas recopilaciones llegaron a nuestro país en VHS y compilaban tres o cuatro episodios. El tono fantástico del show desbordaba la narrativa con lo extraño e inundaba la pantalla.
Aunque la serie tuvo un total de 45 episodios, yo recuerdo haber visto solo unos pocos. Recuerdo mirar de a ratos y taparme los ojos, dar vuelta la cabeza y sentir el escozor en mi nuca escuchando la acción en la pantalla, correr al baño para no ver, pero a su vez tener miedo de atravesar el pasillo a oscuras que conectaba el living con el baño. Esa tensión entre no querer ver y no poder dejar de mirar quedó aplacada pero latente en algún rincón de mi cuerpo. Sin embargo, eso que «viví» con Amazing Stories no volvió a pasarme, ni siquiera con el comeback de los 80 que Stranger Things explotó hasta el hartazgo.
Hace unos días di con el segundo libro de cuentos de Kelly Link, Magia para principiantes, una colección de nueve cuentos editada por Evaristo Editorial. El primer cuento, El bolso feroz, cuenta la historia de Genevieve, una joven que busca recuperar el bolso mágico de su abuela Zofia. El objeto no es un accesorio fantástico cualquiera: contiene un país entero en su interior, Baldeziwurlekistan, patria perdida de Zofia (la abuela de Genevieve) y de una comunidad desplazada. Lo primero que sentí fue un leve hormigueo en la punta de los dedos, seguido de una leve incomodidad que crecía a medida que la historia avanzaba. Y ahí quedó todo. Terminé con ese primer cuento, cerré el libro y, sin saberlo, le puse pausa a esa sensación que emergía.
El hortlak es el segundo cuento del libro y relata la historia de Eric y Batu, dos empleados de un minimercado abierto las 24 horas, que funciona frente a un abismo colmado de zombis. Lo fantástico aparece como algo cotidiano: los zombis entran, recorren los pasillos, intentan pagar con objetos inútiles y vuelven al abismo sin que nadie termine de entender qué necesitan. El lugar también es visitado por canadienses que están de paso.
La lectura de El hortlak me llevó un paso más allá. Era sábado a la noche, mi novia había salido con sus amigas, mi hijito dormía en su cama y yo estaba leyendo, sentado en el sillón, a la luz tenue de una lámpara de pie, en un silencio poco habitual en la ciudad de Buenos Aires. Cerré el libro para ir al baño y algo volvió, como un flash del pasado, como un ramalazo de olor, como cuando vemos fotos viejas y pensamos en las tortas que hacían las abuelas, o en el perfume de mamá. Algo me frenó, tibiamente, cuando quise cruzar el pasillo que une el living con el baño. Sentí un suave olor a pizza, el vaho ácido de la muzzarella pegándose en cartón y los carozos de las aceitunas amontonados en un rincón de la caja vacía. Me apuré, porque la urgencia así me lo indicó, pero cuando me volví a sentar, me di cuenta de que algo se había despertado.
Magia para principiantes recupera algo del asombro doméstico y de la imaginación televisiva de Amazing Stories, pero lo transforma en una ficción más ambigua y melancólica. Si bien la obra de Link está fuertemente vinculada al cuento fantástico contemporáneo, al horror suave y al surrealismo doméstico, en mi experiencia, Link me conectó directamente con ese niño de 10 años que descubría que lo fantástico y asombroso también podía ser incómodo y aterrador. Kelly Link no se vale de lo extraño y fantástico como un mero escenario donde discurren las acciones, sino como una herramienta para mostrar que la vida cotidiana ya está atravesada por enigmas, incertidumbre y realidades paralelas. Los lectores habitamos ese mundo incierto sin la necesidad de irnos con una respuesta.
Sin saberlo, sin pensarlo demasiado, al menos hasta ahora que garabateo estas ideas, Kelly Link me devolvió a un lugar remoto y olvidado. Un lugar donde el asombro está a la vuelta de la esquina, pero también un mundo que podemos habitar sin hacernos demasiadas preguntas. Un mundo donde no todo tiene que ser explicado, ni etiquetado. Sin quererlo, ni buscarlo, Magia para principiantes fue un viaje directo a la memorabilia, a la ilusión, a la magia y, por qué no, a un mundo extraño y freak donde la rareza está a la orden del día.
