La presente lectura acerca de la presentación del libro RASTROS: Entrevistas de género negro, que tuvo lugar en la sala Ortiz de la Biblioteca Nacional el pasado 29 de julio apareció publicada en el blog Los viajes de Santos Capobianco, autoría de Leonardo Grande Cobián, el sábado 30 de julio. Accedimos a ella a través del facebook de Kike Ferrari y nos pareció interesante compartirla con nuestros lectores. Agradecemos a su autor el permiso para reproducir su texto íntegro.

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Ferrari, De Echeandía, Piñeiro, Gil Lavedra, Vives

Aclaración previa:

Lo que sigue es la crónica de un debate sumamente enriquecedor sobre el presente de la literatura negra en Hispanoamérica, que presenciamos el pasado viernes 29 en la Biblioteca Nacional. El texto expresa únicamente las opiniones del autor, presente allí por casualidad, quien declara abiertamente no ser un especialista en el género, no haber tomado nota de los nombres de todos los autores mencionados y no conocer antes de esa fecha el proyecto cultural de diez años que es Evaristo Cultural (que nos pareció excelente) ni tener ningún tipo de interés económico que lo ligue a ninguno de los personajes aquí criticados, entendiendo la crítica y la crónica como un género que promueve el debate constructivo y no caníbal. La extensión y el estilo se corresponden a que el autor se dirige a un público que, como él, no es especialista en lo que reseña pero está muy interesado en comprenderlo, para agregar un conocimiento significativo nuevo a su vida y que no trabaja para ningún medio y no cuenta con editores que le exijan o discutan podar o mejorar su texto.

La crisis ha llegado al Parnaso

Una parte de la sociedad se dedica a pensar, vive de las creaciones de su imaginación y su pensamiento. Por muchos prejuicios que se tenga sobre los intelectuales, siempre es interesante saber qué piensan para quienes no tenemos el tiempo y la guita para dedicarnos tiempo completo a pensar –lo que no quiere decir que no podamos pensar a tiempo completo, ojito-.

El azar y la admiración por la obra del escritor Kike Ferrari nos llevaron sin saberlo a presenciar una esgrima de intelectuales muy interesante y politizada el viernes 29 de julio en el tercer piso de la Biblioteca Nacional de Austria y Las Heras. En la Sala Juan L. Ortíz los responsables del proyecto cultural Evaristo (según descubrimos allí surgió como una iniciativa independiente en 2006 bajo formato de una revista digital de actualización primero semestral, luego semestral y actualmente como portal de actualización diaria) presentaron el libro Rastros. Entrevistas de género negro, que compila 45 entrevistas a los mejores escritores del género popularmente conocido como “literatura policial” o también “novelas de detectives” en la actualidad.

Para hacerlo tuvieron la inesperada pero exitosa idea de convocar una mesa de juristas (especialistas en Derecho) y escritores/as reconocidos del género para fundamentar su propia mirada sobre el género, que expresa una crítica, o devela una inconsistencia, del sistema jurídico-legal sobre el que se basa la sociedad actual. La presentación y el cierre corrieron a cargo de Damián Blas Vives (codirector de Evaristo Cultural, gestor y coordinador del Encuentro Internacional de Literatura Fantástica y de Rastros: Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal y coordinó el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno hasta julio de 2016) y Rodrigo de Echeandía  (abogado, psicólogo social, secretario de Publicaciones de U.P.C.N. comisión directiva, codirector de Evaristo Cultural y miembro del consejo editor de Evaristo Editorial) mientras que el panel contó con la presencia destacada de Claudia Piñeiro (escritora, dramaturga, guionista de TV y colaboradora de distintos medios gráficos quien ha obtenido diversos premios nacionales e internacionales por su obra literaria, teatral y periodística; autora de las novelas Las viudas de los jueves, Premio Clarín de Novela 2005; Tuya 2005, Alfaguara, 2008; Elena sabe, Premio LiBeraturpreis 2010, Clarín/Alfaguara, 2007; Las grietas de Jara, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2010, Alfaguara, 2009; Betibú, Alfaguara, 2011, Un comunista en calzoncillos Alfaguara, 2013 y Una suerte pequeña, Alfaguara, 2015) y Kike Ferrari (autor de Operación Bukowski, Lo que no fue, primer accesit del Premio Casa de las Américas, Cuba; Que de lejos parecen moscas, 2012 premio Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, España, a la mejor primera novela y Punto Ciego, escrita a cuatro manos con Juan Mattio, dos libros de cuentos: Entonces sólo la noche, premio 2008 al fomento literario del Fondo Nacional de las Artes y Nadie es Inocente; tres relatos suyos han sido premiados en el certamen de relatos policíacos de la Semana Negra en 2010, 2011 y 2014) y el reconocido jurista Ricardo Gil Lavedra (abogado, juez y político argentino que se destacó por haber integrado el tribunal que en 1985 condenó a los militares que gobernaron el país durante el Proceso de 1976-1983 en el llamado Juicio a las Juntas; Ministro de Justicia y Derechos Humanos de la Nación entre 1999 y 2000 y Presidente del Bloque de Diputados de la UCR hasta hoy).

¿Novela policial o novela negra?

Para quienes somos simplemente lectores hedonistas de la literatura “policial” se trató de un verdadero descubrimiento. La aclaración es necesaria porque esta reseña está escrita desde el asombro y no desde la especialización. Como siempre, reivindico el poder escribir opinando sobre lo que no sabemos, con la honestidad de aclararlo para que nuestras opiniones no ofendan a nadie, pero sobre todo con el orgullo intacto de quien opina para hacer oir su voz, su intento de saber más.

Y lo primero que nos enseñó esta presentación es que todos los escritores del género coinciden en demoler esa idea popular que lo considera un género “policial”. La policía, como toda fuerza del “orden”, representa al Estado, es decir, a los defensores de la organización social que rige las vidas de los millones de individuos que habitamos este planeta. Y lo que toda la mesa estuvo de acuerdo en señalar es que el orden establecido en nuestra sociedad, el capitalismo, está tan evidentemente en crisis a los ojos de los habitantes, que las fuerzas que lo defienden –policías, detectives, fiscales, legisladores, políticos, etc.- han perdido la confianza y la legitimidad a los ojos de los simples ciudadanos.

La velada comenzó con un compilado de videos con fragmentos de algunas de las entrevistas que conforman el libro, de autores que no estaban presentes en el panel porque en su mayoría eran extranjeros. Pedimos disculpas por nuestra falta de precisión a la hora de citarlos con nombre y apellido porque no tuvimos la velocidad mental suficiente a la hora del apunte.

Uno de ellos, argentino, sintetizó el argumento central: es imposible que un escritor pretenda que sea creíble una novela o cuento donde el policía o detective policíaco sea un héroe en quien los lectores y lectoras puedan creer o confiar, porque en Argentina nadie confía en la policía.

Algo que subrayó desde la mesa Kike Ferrari, que planteó su negativa a identificarse nunca con el término “policial” precisamente por la connotación política de ese término y defendió, como parece ser el consenso entre los escritores del género, del término “novela negra”. Ferrari fue más audaz y comparó al género con el rock, un género musical que se define con una sola ley inmutable, como el I Ching, que está en permanente mutación.

La negrura del capitalismo

Damián Blas Vives señaló de una manera clara para un público no especializado una caracterización del género. Nacido a mediados del siglo 19 como novela policial o de enigmas policiales de la mano de Edgar Allan Poe y popularizado Arthur Conan Doyle con su famosísimo Sherlock Holmes en 1887, la estructura básica del género consiste en el planteo al lector/a de un enigma que debe ser descubierto, un crimen –robo, asesinato, etc.- en el que se debe descubrir al responsable. Como bien señala Vives, mientras el capitalismo estaba en su apogeo, el género se basaba en la confianza en la racionalidad de los especialistas del Estado para resolver conflictos, asumiendo un clima de época, la confianza en la capacidad del capitalismo y su clase social rectora, la burguesía, para volver a poner orden en el caos abierto por el enigma.

Parafraseando, un delincuente, un representante del mal, de lo desviado, del caos, generaba un problema en el funcionamiento armónico de la sociedad y el escritor debía ofrecer un creíble agente del Estado, del orden, de las leyes y la civilización que pudiera desentrañar su origen, sus intereses, deducir con su inteligencia, encontrar al responsable, encarcelarlo, anularlo, y volver a poner orden en el mundo.

Esa sensación de orden y los mecanismos del género (una aventura con pistas y enigmas y una invitación a les lectores/as a participar de la búsqueda del descubrimiento) lo convirtieron en uno de los más adorados por el público de todas las clases sociales y de todos los países del orbe. La novela policial o negra sigue siendo hasta la actualidad uno de los productos artísticos más populares. Ahora no tanto como consumo de lectura –para desgracia de los escritores- ya que, por ejemplo, el precio de los libros y el desguazamiento del sistema educativo gratuito logró que en un país de 40 millones de habitantes como el nuestro las grandes editoriales consideren un riesgo publicar tiradas de más de quinientos ejemplares, cuando en los 90 el mínimo por libro era de 3 mil y en los lejanos años 70 del siglo pasado nadie que tirase menos de 10 mil libros podría ser considerado siquiera como escritor. Pero en todas las películas y series que consumen miles de millones en todo el globo, las más queridas tienen en su estructura todavía los recursos y efectos del policial.

Vives, ofreció la conclusión que desprendió de las entrevistas, a saber, que desde la crisis de la bolsa de Nueva York en 1929, que marcó la profundidad de la crisis capitalista en el siglo 20, para las masas lectoras del género ya no se podía aceptar la premisa de la confianza en la racionalidad del Estado para resolver los conflictos. El capitalismo se mostraba en crisis permanente, el sistema establecido era puro caos y los defensores del mismo eran vistos como responsables de la injusticia social y no como los portadores del bien. El editor del libro impuso por lo tanto a la considerable audiencia ese día un llamado de atención que al menos yo no esperaba oír en ese contexto: la novela negra llama la atención sobre la crisis de la sociedad capitalista contemporánea.

Algo que dos escritores españoles ejemplificaron correctamente en el video. El más moderado de ellos explicaba que había una distancia entre la concepción de las leyes y la justicia en la sociedad española y usó un ejemplo emblemático de la crisis hipotecaria que disparó la enorme crisis capitalista actual en 2007-2008. Según este escritor la sociedad en su mayoría comprende que las leyes deberían haberse escrito para organizar el bienestar común, pero que cuando es legal desahuciar (desalojar decimos acá) a un padre o madre de familia con cinco hijos/as de su hogar porque los echaron del trabajo y no tienen con qué pagar la cuota de la hipoteca, la mayoría de la gente entiende que esa “legalidad” no es justa.

El otro escritor español entrevistado fue todavía más lejos. De unos cuarenta o cincuenta años, hizo un balance personal que expresa el sentir de varias generaciones jóvenes de la España post crisis, ya que se han dado cuenta que después de treinta años de democracia los trabajadores en el Reino tienen menos derechos laborales que bajo la dictadura de Franco, que repudian. Pero algo más, dijo, que el abandono de la tradición histórica de organización política y sindical del pueblo español los ha dejado enfrentados a la cruda realidad de que son capaces de estallar en las calles y tumbar alcaldes o presidentes pero que son impotentes de vencer a las fuerzas económicas que tienen el poder de organizar la vida social.

La crisis llegó al Parnaso

En suma, fuimos a presenciar una juntada de intelectuales de la pequeña-burguesía acomodada sobre literatura en la cumbre del Parnaso y nos encontramos con un debate sobre la profunda sensación de crisis social que sienten esos mismos sectores sociales.

Porque como bien dijo Claudia Piñeiro, probablemente la escritora argentina que mejor personifica la “alta cultura” hoy, citando a otro intelectual argentino, las novelas negras no reflejan lo que pasa en la sociedad pero ciertamente expresan lo que los escritores piensan sobre lo que ocurre en esta sociedad. Para sostener su opinión dio un ejemplo literario muy claro, cada sociedad se asombra ante los crímenes propios de su sociedad. En los países de un capitalismo desarrollado, como Suecia o Estados Unidos, los crímenes que más “atrapan” la conciencia de las masas son las masacres sangrientas de los individuos que agarran un hacha o una escopeta y disparan sobre los inocentes mientras que en sociedades como la nuestra los crímenes más comunes son 30 mil desaparecidos o los 52 asesinados por la corrupción estatal de los ferrocarriles.

Vale decir, que cada sociedad produce los crímenes que expresan las contradicciones propias de su particular forma de organizarse. Para la autora, el público del capitalismo “desarrollado” se fascina ante los asesinos individuales que agarran una motosierra y masacran a seres inocentes, productos que evidencian las “fallas” del “sueño americano”, por decir algo, mientras que el/la lector/a inteligente en América Latina se fascinarían con los crímenes perpetrados por el Estado.

Algo más dijo Piñeiro, que suscitó debate y es que la novela negra atrae a la población porque, a diferencia de los medios de comunicación que también describen la realidad criminal en los diarios y la tele, la literatura ofrece una explicación sobre esa realidad enigmática. Uno busca en la novela una “verdad” que explique el origen del mal, de la violencia, mientras que como ciudadano no encuentra en el diario o la tele una explicación de los crímenes y la violencia social cotidiana.

La intervención de Kike Ferrari fue disruptiva desde el arranque, porque se presentó defendiendo su identidad de “miembro de la clase obrera” antes que escritor. Irrumpió como proletario en medio de un panel y un público que en su amplia mayoría no provenía de ese lugar. Y lejos de hacerlo como jactancia descolgada, lo hizo para explicar su posición en el debate. Dejó boquiabiertos a los presentes al oponer su visión a la del escritor español antes citado, explicando que desde su punto de vista las leyes no son escritas en función de organizar el bienestar y la armonía social sino que tienen como objetivo final garantizar un robo, el del plusvalor producido por los obreros. Incluso más, tomando la argumentación de Piñeiro sobre los 30 mil desaparecidos, ubicó a la audiencia y al panel recordando que esta sociedad parió en su momento la Ley de Obediencia Debida, para garantizar la impunidad de los responsables de ese genocidio.

En el plano del debate literario –que en este contexto no estuvo nunca separado del debate político de fondo- Ferrari argumentó contra esa pretensión de verdad que Piñeiro atribuyó al género.

Desde su punto de vista, y usando como prueba su propio trabajo, Ferrari consideró que en esta sociedad descompuesta y corrompida, la verdad es imposible. Su novela ciertamente rompe esa “norma” del género, ya que nadie sabe quién fue el asesino al final. Del mismo modo se manifestó en contra del punto de vista de otro autor que se pudo ver en el video, el irlandés John Connolly, quien defendió la necesidad de presentar a les lectores/as una mirada optimista, una forma de enfrentar la distopía característica del género.

Para Ferrari, lo que precisamente destaca al género negro del resto de la literatura es que expresaría la realidad vivida por la gran mayoría de la población, que el capitalismo es puro caos y que no es posible encontrar la solución reparadora del orden existente porque es el orden existente el que genera la violencia y la insatisfacción popular con el Estado, sus leyes y funcionarios policíacos.

Donde vienen a encallar los que perdieron la fe

En este contexto, la posición de Gil Lavedra era quizás la más esperada. Convocado como representante del Derecho, por su reconocida trayectoria como fiscal del Estado, la charla lo colocó además como representante del Estado, ya que fue la personificación del momento más progresista de la UCR y por eso es uno de los elementos más amigables a la población que puede aportar la alianza que gobierna el Estado hoy, Cambiemos.

¿Cómo iba a posicionarse Gil Lavedra en una virtual asamblea de admiradores de la literatura negra que parecía aprobar mayoritariamente el diagnóstico de un capitalismo en crisis, de un Estado visto con desconfianza por todas las clases sociales?

El corazón de la intervención de Lavedra estuvo en intentar contener ese descontento social dentro de los marcos del mismo sistema criticado. Recordó a la audiencia que el Estado de Derecho moderno, hijo de la Ilustración y la Revolución burguesa del siglo 18 y 19, nació con el objetivo de poner un límite al poder punitivo y represivo del Estado feudal previo.

Las leyes modernas –defendió- nacieron no para reprimir al ciudadano sino para defender los derechos de los acusados por el Estado de criminales frente a lo que era claramente un Estado Absolutista que los desconocía.

Reivindicó pues lo más progresista del Estado democrático burgués dando un ejemplo caro a los intereses de los que allí estábamos, denunciando los crímenes del Estado y citó con maestría al Derecho Canónico que llevó a la Santa Inquisición a masacrar legalmente a más de un millón de mujeres bajo acusación de brujería en la Edad Media.

En su visión, el Derecho, las leyes, nacieron para proteger a los sujetos sociales que el Estado estigmatiza como encarnaciones de los males del sistema, las mujeres, los negros, los judíos (derrapó o mostró la hilacha, quién lo sabe, cuando metió en la misma bolsa a los narcotraficantes, a quienes no consideramos bajo ningún punto de vista minorías oprimidas por el Estado, sino más bien la carroña amparada por el mismo).

Llegó al máximo desarrollo de su defensa del Estado democrático aportando una particular caracterización sobre la coyuntura actual de nuestro país. Según Lavedra, el mayoritario reclamo de todas las clases sociales en nuestro país sobre la “inseguridad” no expresaría un reclamo contra la incapacidad del Estado para garantizar el derecho a la vida y a la propiedad de la “gente” sino que se correspondía con una justa “demanda” de una población que, como el Estado democrático promueve la defensa de los derechos ciudadanos, cada vez le exige más.

En síntesis, entendemos que Gil Lavedra pretendió (paradójicamente como si fuese uno de los superados escritores de novelas policiales del siglo 19) ofrecer una verdad que satisfaga la demanda del lector/a y vuelva a dar un “orden” tranquilizador que cicatrice la herida abierta por los introductores del “caos”. En el fondo, para Gil Lavedra no se trata de un capitalismo en su crisis final, una sociedad descompuesta y sin verdades para ofrecer, sino de una sociedad que muestra falencias que pueden y deben ser corregidas, para ampliar su capacidad de defensa de los derechos de los ciudadanos.

Respondiendo a la pregunta disparador con la que Blas Vives lo interpeló (¿el derecho debe ser arrastrado o empujado?, que rescató de un planteo de un jurista del Partido Socialista de los años 40) Gil Lavedra sintetizó su resolución tranquilizadora con la idea de otro jurista del socialismo reformista, esta vez alemán, declarando que el Derecho y la Justicia no deben ser arrastrados ni empujados, deben ser luchados, en la concepción de que el Estado es el resultado de la lucha de los diferentes integrantes de la sociedad por conseguir que sus derechos sean respetados.

Como dirían Lilita Carrió o Cristina F. de Kirchner, el Estado somos todos.

El abogado a quien correspondió el cierre de la charla, en representación de los organizadores del evento y miembro del colectivo Evaristo Cultural, ofreció un puente para contener el debate en un punto medio. Se manifestó también como miembro de la clase obrera, definiéndose como trabajador estatal, y reivindicó el sentido dado por Lavedra al Derecho y al Estado pero un poco a la izquierda.

Recordó que esa “lucha” por el Derecho llevó al movimiento obrero argentino y latinoamericano a regar con su sangre la vida social del último decenio, y que no se trata de una lucha “abstracta” o “armónica”. Pero reconoció que, efectivamente, el Estado es el resultado de esa lucha y que, por lo tanto, si los oprimidos por las leyes y el derecho saben organizarse en partidos y sindicatos, es decir, jugando bien las reglas del juego, sus derechos pueden alcanzar un lugar en ese Estado.

¿Quién lo mató y quién podrá defendernos?

La duración de la presentación no permitió que se pudieran expresar las opiniones de los más de cien espectadores que se mantuvieron atentos a esta enriquecedora discusión y en parte por eso escribimos esta crónica, para poder expresar nuestro balance personal de la misma.

Nos hemos llevado algo muy valioso que no teníamos al llegar a la BN (cansados además después de una extensa jornada de movilización y denuncia contra Peña Nieto, representante del Estado mexicano, asesino de los 43 estudiantes del magisterio de Ayotzninapa en confabulación con los narcotraficantes que lo financian o de los ochenta y pico de docentes movilizados en Oaxaca contra la Reforma Educativa que la OCDE y el Estado argentino, que pretenden implementar en nuestras tierras). Los mejores especialistas de uno de los géneros literarios más populares de los últimos ciento cincuenta años en el mundo entero nos hicieron comprender que el éxito de la novela negra no radica solamente en las herramientas técnicas que los artesanos de la palabra y la imaginación usan para crearlo, sino sobre todo en que meten el bisturí en la conciencia popular para desenmascarar un régimen social que se manifiesta incapaz de sostener la vida, un régimen social que solo puede prohijar la violencia y la descomposición social.

Como lectores y lectoras ingenuos, no especializados, nuestro placer intelectual se alimenta de una buena historia, atrapante, que nos invita a participar de una entretenida aventura en busca de encontrar al culpable y resolver el misterio pero sobre todo porque parten de mostrarnos la realidad descompuesta en la que vivimos y comprender por qué se cae a pedazos encima nuestro, alrededor nuestro, por todas partes.

Vivimos bajo los pedazos de un capitalismo agónico que no puede ofrecernos paz, armonía, progreso ni civilización, como nos había prometido en su nacimiento y desarrollo hace más de cien años.

También nos llevamos un hermoso producto cultural aportado por Evaristo, las pruebas más contundentes que la literatura negra es una literatura profundamente política, quizás el género que más acabadamente permite que esa dialéctica sea evidente –junto a la literatura fantástica y la ciencia ficción si se nos permite la aventura-.

Pero además nos permitió corroborar por qué nos gusta tanto la obra de Kike Ferrari, a quien sí tuvimos el privilegio de leer, porque en ella se puede leer la mirada de un explotado ente este régimen descompuesto. Aunque a Ferrari no le guste, su obra ofrece una verdad, una resolución del problema, que –y en esto coincidimos con él- no es la verdad que reivindican Connelly, Piñeiro, Gil Lavedra o el escritor español a quien no conocemos.

La solución del enigma pasa por fuera del sistema y no en la corrección del mismo. La verdad reformista, que el progresismo radical y socialista nos ofrece, ha muerto ante la evidencia del mundo real después de Lehmann Brothers, nuestra propia versión del crack de la bolsa de Nueva York de 1929. Este régimen es imposible de ser reformado o mejorado, ni por el kirchnerismo ni por los mejores intencionados dentro de Cambiemos (entendiendo que Gil Lavedra no expresa lo peor de los cuadros protofascistas del macrismo, ni siquiera de una versión mucho más reaccionaria del radicalismo alfonsinista como la ultra-vaticana Lilita Carrió).

El verdadero criminal en la obra de Ferrari, a nuestro entender, no es el protagonista, un empresario burgués que hizo sus ganancias explotando trabajadores textiles, vaciando la fábrica para montar un palacio de prostitución y apuestas ilegales, sino él mismo y sus contactos del mundo de la cultura, funcionarios del Estado, policías, políticos, jueces y fiscales, proxenetas y narcos.

La verdad en la obra de Ferrari -y en las novelas negras que más nos gustan- es aquella que sufrimos cotidianamente quienes como Ferrari nos deslomamos bajo el imperio absoluto –mal que le pese al liberal democrático con buenas intenciones- de un Estado de derecho que, como bien señaló el escritor español, nos ha quitado en democracia muchos más derechos sociales, culturales y económicos que las dictaduras fascistas del siglo 20.

Porque el Estado, como bien señaló en su momento Karl Marx, no es la arena pública donde todos los intereses “luchan” por imponer la defensa de sus intereses particulares y conquistar un equilibrio y armonía colectivas, sino el instrumento de una clase social –“las fuerzas económicas que tienen el verdadero poder detrás de los alcaldes y presidentes”- la burguesía, que lo utiliza para garantizar un único interés, el suyo propio: la garantía de poder seguir robándonos el producto de nuestro trabajo colectivo.

Y ese es todo el asunto. Y creo yo, finalmente, que desde esa comprensión en algún momento algún escritor o escritora que provenga de esta experiencia social, que pueda expresar en su obra la forma en que los explotados y oprimidos concebimos la sociedad en la que vivimos, encontrará las herramientas artístico-formales que le permitan construir al detective que no sólo denuncie al verdadero criminal -cosa que ya pasa en la literatura negra contemporánea-, sino además la solución para erradicarlo de la trama sin que eso parezca un dictado artificial y abstracto.

Lo cierto es que para que eso ocurra, para que eso pueda “funcionar” literariamente, primero los trabajadores y trabajadoras que sufrimos este mundo tendremos que conquistar el poder social y político necesario para terminar con este caos y construir un nuevo orden social que nos permita mandar también a esta nueva fase del género negro al pasado, junto con el capitalismo decrépito que la ha parido.

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