Recorrer la producción novelística contemporánea argentina es encontrarse con una suma de pulsiones que se enfrentan o se ignoran: un océano tormentoso e incierto donde cada uno es guiado por su práctico, por su idea de lo que la literatura fue, es o debe ser. Y en esa tempestad donde los marineros bregan por mantener a flote su barco, hay algunos navegantes solitarios que asumen el desafío de guiarse por su propia brújula. Corren el riesgo de ser devorados por la tormenta o convertirse en náufragos olvidados. Uno de ellos, el que más me gusta, es Sebastián Chilano.

Médico de profesión, este marplatense es un observador sagaz, dueño de una sintaxis afilada, un vocabulario certero y personajes siempre enigmáticos. Por momentos, lo suyo tiene la magia de la sencillez: trabaja con la palabra sin rebusques, alejadísimo del barroquismo, con medidos rasgos del habla coloquial y sin enrolarse en una lucha despareja contra el lenguaje. Pero también puede cambiar el rumbo y volverse complejo, polisémico, intrincado.

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Los personajes que protagonizan sus historias son siempre sujetos en conflicto con su entorno, situados por fuera de la norma, a la que se enfrentan o añoran. Son como robinsones en sus islas, desesperados por regresar a la civilización o irremediablemente conscientes de que nunca regresarán.

Comencé mi exploración de su obra un poco por casualidad. Buscando en la red material sobre novela negra, me topé con dos comentarios sobre la serie el Furca, primera incursión narrativa de Chilano en coautoría con Fernando del Río. Las opiniones eran contrapuestas: una, sostenía que estas novelas eran, lisa y llanamente, una genialidad única en la literatura argentina; otra, que se trataba de uno de los peores textos publicados en nuestro país, lo que es mucho decir.

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Conformada por las novelas Furca: la cola del lagarto y El geriátrico, y en espera de una tercera que finalice la propuesta, la historia se construye en torno a un personaje decididamente marginal, un poco por imposición natural, otro poco por vocación personal. El Furca, un lisiado perverso y cruel, genera en nosotros, incautos lectores, lo que me gustaría llamar empatía de la mala: esquivando la lástima y el patetismo, la discapacidad del personaje es superada gracias a una mezcla perfecta de humor y desprecio. Crear a un personaje en silla de ruedas desde el rechazo antes que la piedad implica poner en un feo lugar al lector, lo que zanja la discusión con respecto al valor de estas novelas: quien busque belleza, encontrará incomodidad en las aventuras de ese mal bicho que es el Furca y todos los personajes que rodean sus aventuras.

En Riña de gallos, su primera novela en solitario, Chilano decide contar una historia de amor obsesiva, de ribetes oscuros y estructura compleja. Trabajando el fantástico al estilo de las últimas novelas de Adolfo Bioy Casares, donde lo sobrenatural es más un ambiente que una ruptura, la historia tiene su gran protagonista en Gabriel, un personaje de una inteligencia pedante que no puede evitar fantasear más allá de lo debido. Su relación con Clara, por momentos dulce, por momentos opresiva, se entremezcla con una fantasmagórica historia campesina que logra sumar extrañeza. Quizá algo reiterativa, la novela resulta atrapante gracias a dos detalles que caracterizan la escritura de Chilano: una sólida construcción del narrador y una increíble capacidad para retratar con intensidad y humor detalles mínimos de la más pedestre vida cotidiana.

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Novela ganadora del premio Laura Palmer no ha muerto en 2012, Las reglas de Burroughs es un libro difícil de catalogar. La historia puede resumirse en pocas palabras: un tren se detiene junto a un campo de girasoles. Por motivos no del todo claros, una pareja de pasajeros se interna en el sembradío y descubre, al otro lado, una extraña sociedad que vive según sus propias normas. Los protagonistas, sin que medie coacción alguna, se incorporan a la comunidad. El problema es que ella, Julia, logra naturalizar las leyes de esa microcivilización, pero él, Marcos, jamás las asimila, y nosotros, simples lectores, nos sentimos a fuera de ese mundo pequeño y mezquino. Novela de ejecución impecable, desde lo argumental tal vez sea las más borrosas de las propuestas de Chilano; no me atrevo a determinar si esto es un éxito o un fracaso. Lo que seguro es un acierto es circunscribir lo fantástico a un segundo plano, realzando las no siempre claras motivaciones de los personajes y sumergiéndonos poco a poco en un mundo que de extraño pasa a convertirse en opresivo, dando una sensación similar a la que transmiten los más oscuros textos de J. G. Ballard.

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Volviendo al realismo, en Tan lejos que es mentira Chilano construye una novela profunda y dolorosa en torno a un enfermo terminal. De un cinismo despiadado, el protagonista toma la decisión de morir en soledad para evitar la lástima y el cansancio. Siendo una novela sobrevolada por la enfermedad y siendo Chilano, además de escritor, médico, logra no contaminar una profesión con otra, aunque tampoco comete el error de escindirlas. De este modo, la historia no es la reflexión de un médico en torno a un enfermo; tampoco, una taxidermia de los padecimientos del protagonista, sino un libro de un humor sombrío –aunque no negro– que encara varios de los temas de los que solemos huir: la enfermedad, el dolor y la muerte.

El otro gran logro de Tan lejos que es mentira radica en no caer ni siquiera una vez en el melodrama. La posibilidad roza muchas veces la historia, pero Chilano se mantiene en sus trece y la trama fluye por carriles que, aun manteniendo la empatía, permanecen en la lucidez. Todo lo que podría ser golpe bajo transmuta en dolorosa reflexión; toda emoción queda opacada por una visión sombría, provista de una extrañísima sangre fría, casi cabeceando la desesperación, pero sin sacarla a bailar.

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La siguiente incursión de Chilano en el ámbito de la novela, Méndez, es un policial negro que solo puedo calificar como contundente. Muchas de sus obsesiones reaparecen en esta novela: el cinismo, la sexualidad adolescente, la sordidez cotidiana, la necesidad imperiosa de mantenerse, aún en las peores circunstancias, dentro de la normalidad. La historia pone a un contador y a su hijo frente a una situación límite en la que deberán agudizar el ingenio para continuar juntos. Aunque la problemática es desesperante, el fuerte contraste con la costa atlántica en verano, llena de sol e impostada alegría, transforma el clima de la historia de manera sorprendente. Destaca el manejo de Chilano de los personajes infantiles y adolescentes, retratados con exactitud y sin concesiones. A esto hay que sumarle una estructura que fragmenta la historia y acrecienta el suspenso, casi rozando el límite del thriller pero volviéndose negra, negrísima, al llegar a la recta final.

Con un estilo consolidado, la apuesta de la séptima novela de Chilano resulta, en un principio, desconcertante. En tres noches la eternidad es un texto complejo y extraño que versa sobre la inmortalidad, un relato que dice mucho y oculta más. Compuesto por tres bloques interdependientes, Chilano recorre distintas épocas a partir de narradores que aparentan ser simples testigos de historias que los exceden. Más que una novela, se trata de un desafío al lector, un terreno minado de incertidumbres donde la recompensa de la certeza apenas se vislumbra. Así, en la piel de un traductor perdido en un buque casi fantasma, en la de un huidizo mecenas renacentista y su protegido o en el pellejo de un sobreviviente del primer siglo después de Cristo, dilucidamos formas que se recortan en las sombras de esta novela. Relato brillante, atravesado por la mitología y enraizado en lo más profundo del pensamiento occidental, Chilano se mide con lo incierto y nosotros, simples lectores, somos acorralados en la dialéctica de sus personajes.

En tres noches la eternidad es una novela de ruptura, porque lo que en las anteriores seis era un fluir, se convierte en un penoso peregrinar. No hay nada fácil ni amigable: esta novela es la rispidez de la literatura, el juego complejo de lo simbólico, la narración más allá de lo dicho. Hay una valentía que admiro en Chilano: el negarse a la comodidad para buscar no la novedad, sino la posibilidad de explorar un territorio no cartografiado en sus anteriores textos.

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Con siete novelas en su haber, Chilano es un autor que debería tenerse en cuenta. Narra como los mejores, sin alardes pero con la certeza de quién conoce el oficio. Atrapa al lector y lo suelta recién después de haberle demostrado que eso que llama normalidad ha sido devastada por el insidioso razonamiento de sus personajes. A esto hay que sumarle que sus tramas se alejan de los lugares comunes, del recorrido preestablecido, de cualquier tipo de preconcepto literario. Porque el barco de Chilano tiene su propia brújula, una que lo lleva a los más frescos vientos dentro del actual panorama de la literatura argentina. Y eso es algo que los lectores no podemos dejar de agradecer.

Adenda:

Hay algo que nunca le voy a perdonar a Sebastián Chilano: que ambiente la mayoría de sus historias en Mar del Plata y zonas aledañas. Pienso que a esta altura del partido y habiendo vivido casi toda su vida en la ciudad, debería saber que para el resto de los argentinos, la costa atlántica es la tierra promisoria con la que se sueña cada mañana al asumir otro día de presunta normalidad laboral. Si existe algo como el ser marplatense –lo que me permito dudar–, debería saber que nosotros, los verdaderos argentinos, llamamos a nuestra ciudad vacacional, con afecto sincero, “la Feliz”. Por eso, lo de Chilano es reprobable: poblar Mar de Plata de neuróticos, tullidos y violentos debería ser, con claridad, el octavo pecado capital.

Muñiz, mayo de 2015.

Reelaborado en noviembre, diciembre de 2016.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Ezequiel Dellutri

Escritor, conductor radial y profesor de Literatura especialista en géneros. Ha recibido distinciones en el ámbito de la literatura fantástica, género dentro del cual ha publicado las novelas Sobre la convergencia (Booklet) y Sobre los inmortales (UPV), además la miscelánea de horror Las tres brujas niñas (Saco de Huesos). Ha escrito dos libros de ensayo para adolescentes, ambos publicados por la editorial Verbo Vivo y publicado diversos artículos sobre literatura de género. Ha sido finalista en dos oportunidades del Premio Azabache de Novela Negra. Editorial Vestales publicó sus novelas Todo queda en familia, Nunca me faltes, Malaventuranzas y Alambre de Púas.

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