En el amor y en la guerra todo está permitido.

                                                                                                                                 Dicho popular 

 

 

En esa época, los que íbamos a la escuela Juan José Paso en el turno mañana iniciábamos el día cantando no solo la canción de siempre, Aurora, que era la que cantábamos en tiempos normales, sino que, por orden del supervisor de nuestro distrito, e inmediatamente después de Aurora, entonábamos también la Marcha de las Islas Malvinas, que debía terminar justo cuando la bandera, que se izaba lentamente, con una lentitud que duplicaba la de los tiempos normales, llegaba al final del mástil.

Esta historia ocurrió en Buenos Aires, en Barrio Sarmiento, en mi escuela, el jueves 6 de mayo de 1982. Doy estas precisiones porque son importantes. Para entender lo que vivimos con mis compañeros y con el resto de la escuela, incluidas las maestras, la Secretaria, la Directora y la Vice, es imprescindible saber que, desde el 2 de abril de aquel año, la Argentina e Inglaterra estaban en guerra por la soberanía de las Islas Malvinas, una guerra en la que la Argentina se encontraba en una evidente y desproporcionada desventaja.

Yo estaba en tercer grado A, y esa mañana, la del seis de mayo, habíamos cantado Aurora y la Marcha como en los últimos días, habíamos formado fila en el patio, antes de ingresar a nuestras aulas, y la bandera había quedado flotando en el cielo. El sol apenas si calentaba, pero estaba, se lo veía. No era para nada un día de esos mugrientos de otoño.

No recuerdo qué hicimos antes del tercer recreo, si tuvimos lengua o matemáticas, o qué. Fue como si ese día hubiera entrado en acción, como si hubiera empezado a discurrir recién en el tercer recreo, que fue cuando a todos, maestras y alumnos –y espero no sonar exagerado—, se nos helaron, al mismo tiempo, los ojos, la sangre y el cielo.

Fue una chica de sexto grado, Andrea Bulesqui, la que se dio cuenta.

Señaló hacia arriba, hacia el mástil, y dijo:

—Miren.

Y los que estábamos cerca, que éramos unos veinte, miramos, y a causa de nuestra reacción, que debe haber sido muy llamativa, a los pocos segundos ya la totalidad de los que estaban en el patio —el alumnado completo de la Juan José Paso—, miraba hacia allí, hacia arriba…

En el mástil, en lugar de la bandera argentina, flameaba ahora, brillante, hiriente, dominando nuestra escuela, la bandera inglesa.

—Qué horrible—dijo alguien, una chica de quinto, creo, que fue la única que pudo mover la boca.

El resto era puro silencio, puro miedo. Al menos a mí, sinceramente, y calculo que a los demás le pasaba lo mismo, desde que estábamos en guerra me daba terror esa bandera, me parecía que era violenta, cruel, lo opuesto a la nuestra, que era un homenaje a la inmensidad celestial. La bandera inglesa, para mí, con esas cruces, con esas rayas rojas, era como una explosión, un homenaje a la guerra.

Y ahora flameaba en el mástil de mi escuela, como tachando el cielo.

Nuestro ingenuo cielo.

La señorita Haydé, de segundo A corrió hacia la Dirección y enseguida salió con la Directora, la Vice y la Secretaria.

Las tres gritaron como si en lugar de una bandera estuvieran viendo a un monstruo enorme, rabioso, maloliente, e inglés. Estaban tan asustadas y perdidas como nosotros.

—Vamos, chicos—dijo la Directora. —Todos a sus aulas. Terminó el recreo.

Le hicimos caso. No hizo falta que nuestra maestra, la señorita Isolina, nos dijera nada. Casi corrimos hacia el aula y nos sentamos como si eso, sentarnos, nos mantuviera a salvo de que algo malo nos sucediera.

—¿Y si fue el gurka de la Canchita?— me dijo Oscar, mi compañero de banco. —Por ahí está escondido y…

—No digas taradeces— lo interrumpí, porque yo estaba pensando lo mismo pero no quería pensarlo. —No puede haber ningún gurka acá ni en ningún otro lugar de Buenos Aires. La guerra es en las Islas, no en las demás provincias.

—Mi papá dice que los ingleses son capaces de venir. Son piratas, y los piratas quieren sangre, dice mi viejo.

—No, no van a venir. Y si vienen, no va a ser así, mandando gurkas a las escuelas para hacer el cambio de banderas. Seguro que bombardean el obelisco, o la Casa Rosada…, o el Cabildo…, algún lugar de esos. No van a venir acá… Ellos ni saben que existe Barrio Sarmiento.

La Srta. Isolina, que se había quedado en el patio, se apartó del grupo de maestras y sin que la vieran caminó hacia el salón de música, a un costado del mástil, como si sospechara algo, y puso la mano sobre el picaporte de la puerta. Pero no se animó a girarlo, y finalmente se apartó de la puerta y se dirigió hacia nuestra aula, mirando cada tanto hacia la Directora, la Vice y la Secretaria, que hablaban entre ellas sin atreverse, aún, a bajar la bandera, o a dar la orden de bajarla.

—Es muy feo esto que pasó— nos dijo la Srta. Isolina cuando entró al aula. —Muy muy feo. —Y se tocó la cara, como si se secara una lágrima.

Mariana Spinozi, que se sentaba en el asiento de adelante, se dio vuelta y me dijo:

—Fue la pirata Green… Ella cambió la bandera…

La odié. Mariana era adorable, me gustaba hablar con ella, pero no soportaba que fuera de las que atacaban a Luz Green. Yo conocía a Luz Green por mi hermano, que estaba en su mismo grado, sexto A, y varias veces ella había venido a jugar a casa por la tarde. Mi hermano estaba enamorado de Luz, y yo también, aunque ninguno de los dos tenía posibilidad alguna porque Luz estaba muerta de amor por Julián Campos, un pibe de séptimo que, desde que había empezado la guerra, la trataba mal, le decía que tenía vergüenza de que una “enemiga” gustara de él, y le había puesto el apodo de “La pirata Green” para que los demás se burlaran de ella y también de los ingleses.

—Luz no es pirata —dije. —Es argentina, igual que vos y que yo.

Mariana me miró como si mis palabras la hubieran ofendido. Como si lo mío hubiera sido un insulto.

—Yo no tengo padres ingleses, ni tengo apellido inglés —me dijo. —Mis padres son argentinos y mi apellido también, así que no digas que yo soy igual que ella.

—Spinozzi no es un apellido argentino. Es italiano.

—Lo mismo. No es inglés.

Y se dio vuelta justo en el momento en que empezamos a escuchar el himno. Lo estaban cantando en otra aula. Por la distancia, y por las voces, muy agudas, nos dimos cuenta de que el canto provenía de 2º A. Enseguida se sumaron otros grados, voces más gruesas, de sexto, séptimo.

—Esperen, no canten—nos dijo la Srta. Isolina, y miró hacia el salón de música, como si temiera que hubiera alguien peligroso escondido allí, el gurka del que todos los chicos en la escuela, y en el barrio, hablaban, y ella no quisiera ofenderlo. Estaba aterrada. Daba la sensación de que en cualquier momento iba a salir corriendo.

Cuando el himno iba por la parte de “Sean eternos los laureles”, y ya todos los grados eran un solo coro, la Srta. Isolina nos dijo que sí, que nos sumáramos. Ella también cantó, mirando cada tanto hacia el salón de música.

Al final, una maestra, creo que la Srta. Marta, de Actividades Prácticas, gritó:

—Las Malvinas son Argentinas. ¡¡¡Viva la patria!!!

Y todos nos pusimos a aplaudir…

—Qué hermoso—dijo la Srta. Isolina, más tranquila que unos segundos atrás, como si el himno la hubiera serenado. —Ellos pueden tener a la Thatcher, a los Estados Unidos, pero nosotros tenemos eso que vivimos recién… Tenemos amor, y contra el amor no hay Thatcher ni Estados Unidos que valgan… Nunca vamos a cantar su himno, y nunca vamos a aceptar que nos impongan su bandera…

A mí, más que la Thatcher y que EEUU me daba miedo el gurka.

El gurka del que hablaban todos los chicos.

El Gurka de la Canchita.

La misma Canchita en donde se decía que también andaba el Lobizón, el Linyera Mandinga, la Novia Sin Cabeza y la Vieja Ensangrentada.

La canchita tapada de insectos y de yuyos.

Detrás de la iglesia, que era como decir: detrás del mundo civilizado.

Detrás de todo.

Flavio Trepi, de cuarto, lo había visto.

Al gurka.

Y también lo habían visto unos chicos de sexto y varios de séptimo.

Y Pablo, que era casi como si lo hubiera visto yo.

Era, el gurka, según Pablo y según todos, petiso, achinado, oscuro, más ágil y más fuerte que un samurai, y estaba, como todos los gurkas, entrenado para sobrevivir a cualquier clima, a cualquier inclemencia, incluida el hambre, porque podía pasar meses sin comer, y aunque no eran ingleses sino hindúes de Nepal, daban la vida por Inglaterra, por la Reina, como cualquier soldado inglés. ¿Y si ese gurka se había metido en nuestra escuela, en el salón de música? Lo imaginé escondido detrás de las gradas, destrozando nuestra bandera con sus dientes amarillentos y los ojos desaforados.

Golpearon la puerta, tres golpecitos, y luego entraron al aula la Directora y la Vice.

Miré hacia el patio. La bandera inglesa seguía en el mástil; aún nadie la había bajado.

—Yo sé que todos los alumnos de mi escuela son buenos chicos—dijo la Directora. —Los conozco, los he mirado a todos a los ojos, en miles de oportunidades, y sé que son chicos sanos, incapaces de hacer cosas malas. Y esto que pasó con la bandera inglesa es una cosa mala, muy mala, que no podemos pasar por alto. Por eso quiero que por favor me ayuden a saber qué pasó. La guerra no es un juego, chicos, y ustedes lo saben porque me doy cuenta de que están asustados. Si esto no lo hizo algún alumno, entonces quiere decir que lo hizo alguien extraño a la escuela, algún loco con ganas de molestar, no sé, pero alguien extraño, de afuera, y en ese caso vamos a tener que llamar a la policía. La policía tiene que saberlo…

Ninguno de nosotros habló. No teníamos nada para decir, no sabíamos nada, y la Directora lo podía notar en nuestros rostros, era fácil darse cuenta de eso, así que no insistió y se fue al aula de al lado a seguir con su recorrido detectivesco.

No hubo recreo. En realidad, sí lo hubo, pero en el aula, no salimos al patio.

Yo me acerqué a la Srta. Isolina y le pregunté por qué no se fijaban en el salón de música.

—Por ahí el loco está escondido ahí—le dije, y ella me miró seriamente, como si yo hubiera dicho algo que podía tomarse en serio, que no era un disparate.

—Un segundo, chicos —dijo la Señorita. —Pórtense bien que enseguida vuelvo.

Y vi que la Señorita iba a la Dirección y se ponía a hablar con la Secretaria y con Alfredo, el portero.

—Sí, seguro fue la pirata Green—escuché que decía “María Gorda” a mis espaldas. —Por ahí los padres se lo pidieron… O la obligaron.

Me di vuelta para discutirle pero desistí. Ya estaba harto de discutir por Luz. Dijera lo que dijera en su defensa, los demás iban a seguir pensando que había sido ella la que había cambiado la bandera.

La Srta. Isolina y Alfredo salieron de la Dirección y se dirigieron hacia el salón de música. La Srta. Isolina iba detrás, caminando más lentamente, como si no quisiera llegar…

Llegaron.

Alfredo abrió la puerta sin reparos, y entró.

La Srta. Isolina se quedó afuera.

—Es una pirata igual que sus padres, igual que la Thatcher—dijo Natalia, que estaba hablando con María Gorda. —La Dire tendría que expulsarla…

Alguien, no recuerdo quién, le discutió, pero yo no me metí. Estaba demasiado pendiente del salón de música.

—Fue el Gurka de la Canchita —dijo Malosetti. —Seguro que se metió por el techo y después se escondió en alguna parte. Ojalá que no sea en el salón de música, porque si no…

Alfredo salió del salón de música y, por sus gestos, me di cuenta de que no había encontrado nada raro. La señorita Isolina, ya más tranquila, volvió a nuestra aula y pudo escuchar el final de la discusión que se había dado entre varias de las chicas, e intervino, retó a las que acusaban a Luz, les dijo que no era bueno acusar así porque sí, que teníamos que ser buenos con Luz, que teníamos que demostrarle a sus padres que, aunque íbamos a ganarle a los ingleses, los argentinos estamos hechos para la paz…

Los dos policías llegaron a la escuela cuando faltaban veinte minutos para que la última hora terminara.

Desde nuestra aula vi que hablaban con la directora y que pronto fueron a ver el mástil, la bandera inglesa que seguía dominando la escuela. Negaron, los dos policías, al verla, sobre todo el más alto, moviendo la cabeza como si insultaran, y luego se encargaron de arriarla. La tomaron como con asco, y la metieron en una bolsa de plástico que les había dado Alfredo. Por último, fueron a la Dirección y se encerraron con la Directora, la Vice y la Secretaria. Alfredo se dirigió a los baños, no participó de la reunión.

Quince minutos después ya todos los grados estábamos formados en el patio, esperando para retirarnos. La directora nos habló, nos presentó a los dos policías, dijo que ellos se iban a encargar de que el loco o la loca que había entrado para cambiar la bandera no volviera a tener acceso a nuestra escuela. Dijo, también, que confiaba en nosotros, que sabía que ninguno de sus alumnos era capaz de hacer algo tan espantoso, tan cobarde. Y luego se despidió.

Mientras salíamos de la escuela los dos policías nos miraban tratando de descubrir en alguno de nosotros algún gesto sospechoso, alguna escama de culpabilidad.

En la esquina había otros dos policías.

Cuando mi hermano y yo pasamos junto a ellos nos miraron duramente, como si fuéramos adultos, adultos sospechosos, y mi hermano se puso mal, yo lo pude notar, y continuamos avanzando, aunque en lugar de hacer el camino de siempre esta vez mi hermano decidió no doblar allí, en el pasaje Tigre, y seguimos de largo para doblar recién en Cura Brochero y librarnos así de los ojos de los dos policías.

Y mi hermano se puso a correr.

A correr con todo.

Y yo lo seguía, aunque no podía alcanzar su velocidad y cada vez quedaba más rezagado.

Cuando llegamos a la calle Centenera, recién ahí mi hermano se detuvo y se sentó en el umbral de una casa. Yo llegué un rato después, muy agitado, y le pregunté qué le pasaba. Mi hermano, sin mirarme, abrió su mochilla y me mostró lo que había adentro…

—¿Vos?—dije, asustado. No lo podía creer. No me esperaba ver dentro de su mochila la bandera de la escuela. —¿Fuiste vos?

Mi hermano asintió. Estaba avergonzado, y pálido, muerto de miedo.

—Le perdí permiso a la maestra para ir al baño y ahí aproveché. Hice muy rápido. Saqué la bandera inglesa de abajo de escenario, que es donde la había escondido a la mañana, apenas llegué, y después arrié la bandera nuestra y las cambié; la inglesa fue al mástil y la argentina abajo del escenario.

—¿Y la maestra no se avivó? Si pediste permiso para ir al baño seguro que sos un sospechoso.

—No—dijo—, porque el cambio lo hice antes del segundo recreo, pero nadie lo notó. Tuve suerte, qué sé yo. La bandera inglesa estuvo en el mástil en el segundo recreo sin que nadie la notara. Por eso mi maestra no sospechó de mí. Todos están convencidos de que el cambio se hizo entre el segundo y el tercer recreo, y no, se hizo antes…

Cuando le pregunté por qué se había arriesgado a tanto, mi hermano me miró con los ojos inflamados:

—Por Luz—su voz era la voz de alguien arrepentido. —Para que ella vea que no me importa que su familia sea inglesa. Que yo no tengo nada contra los ingleses… Que no soy como el idiota de Julián Campos…

—¿Y ella ya lo sabe? ¿Le dijiste que fuiste vos?

—No—se quedó uno o dos segundos suspendido. —Iba a decirle pero después no me animé. Me arrepentí. Me di cuenta de que era estúpido lo que había hecho…

Y luego se puso a llorar, encorvado sobre la mochila, manchando con sus lágrimas la pobre bandera argentina que ya no volvería a flamear en el mástil de nuestra escuela, ni en ningún otro mástil, de ninguna otra escuela, en ninguna otra oportunidad.

Sobre El Autor

Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1973. Estudió el Profesorado de Lengua, Literatura y Latín en el IES Alicia M. de Justo y Realización Cinematográfica en el CIEVYC. Actualmente forma parte del programa de radio Kriminal Mambo junto a Beto Nacarado, Marcelo Rubio, Robertino Daniel y Gabriel Agugliaro, y dicta talleres literarios tanto de literatura infantil como de literatura para adultos. Publicó, dentro del género infantil: Breves historias de animales sabrosos, engreídos, enamorados, malditos, venenosos, enlatados, tristes, cobardes, crueles, espinosos... (y otras historias) (Penguin Random House, 2009), Los poseídos de Luna Picante (Segundo Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil 2014), 25 tarántulas (Editorial Sigmar, 2016). Su novela Todas las sombras son mías obtuvo el Primer Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil 2017. Por fuera del género infantil, su novela Hotaru obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Novela Negra BAN! –Extremo Negro 2014, y su novela Cachivaches (inédita) fue finalista del Premio Internacional de Novela Negra Córdoba Mata 2015. En abril del 2017 publica, por Evaristo Editorial, su novela Shunga, y su obra teatral El desamor resulta ganadora del Concurso de Dramaturgia TBK 2016/2017. Recientemente se editaron en Bolivia, por Otero ediciones, su novela corta juvenil Anchoa y su libro de cuentos infantiles de enigmas detectivescos Cosquillas en la oscuridad. Su obra teatral El desamor, que se publicó en diciembre del 2017 junto a las otras obras ganadoras del Concurso de Dramaturgia TBK, se estrenó el 5 de mayo del 2018, bajo la dirección de Tomás Bucella, en el Espacio TBK. En abril del 2018 salió publicado su primer libro de cuentos para adultos, Este pálido mundo mío, por Evaristo Editorial.

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