Repensar en la derrota

Se trata del segundo tomo del ambicioso proyecto que se propuso editorial Caterva denominado Desierto y Nación, esta vez dedicado a pensar las tradiciones que conformaron al Estado en Argentina y América Latina. El objetivo es sano: buscar explicaciones para iluminar nuestro presente y mejorar la construcción de futuro. Es todo lo que se le debe exigir a les intelectuales, mucho más si se trata de profesores de la UBA que adhieren a la izquierda nacional y popular que reivindica la tradición del intelectual comprometido.

Sus compiladores, Míguez y Hage, han escogido una forma singular y original de pensar el viejo problema del Estado, tomando dos ensayos –también originales, uno por su forma, el segundo por su hipótesis- sobre dos escritores que funcionaron como intelectuales orgánicos del siglo 19, aunque antitéticos: Lucio V. Mansilla y José Martí.

Además de satisfacer los objetivos que se proponen los compiladores, este libro tiene otra interesante virtud para quienes no comulgamos con la matriz de pensamiento de sus autores, y es que nos permite constatar los caminos que va tomando la izquierda nacionalista popular en su primera madurez, y sobre todo sometida a su propia crisis, ya que el libro se gesta bajo la derrota infligida legalmente por el neoliberalismo en Argentina y Ecuador, la descomposición y autoimplosión en Venezuela y el golpismo seudo legal en Brasil. Esta crisis es asumida con valentía por autores y sobre todo por la prologuista, Verónica Stédile Luna, quienes llegan incluso a cuestionar al único régimen que consideran expresión más progresista de su pensamiento, el de Evo Morales y el MAS en Bolivia, y lo hacen precisamente en el punto donde parece quebrarse hoy, un año después de publicado el libro, en su excesiva dependencia del personalismo de Evo.

El resultado es –mirado desde una subjetividad crítica al nacionalismo de izquierda como la mía, vale la aclaración- de una reflexión desde la derrota que no llega a coagular en una autocrítica. Ambos ensayos ofrecen una apertura de reflexiones que no coagula en una propuesta que supere los límites del nacionalismo de izquierda aunque ofrezca senderos nuevos para pensar una superación.

 

Mansilla deconstruido

Guillermo Korn compartió en su juventud el esfuerzo intelectual por revivir una cultura intelectual de la izquierda peronista de los setenta que sirviese como polo de construcción de una alternativa política al peronismo de derecha que parecía inamovible bajo el menemismo. Aprendiz de maestros de ese esfuerzo en los últimos años de los 90, como Horacio González, León Rozitchner o David Viñas, Korn ejecuta en este ensayo una especie de balance personal con Viñas tomando uno de los objetos que mejor reseñó su maestro en su clásico De Sarmiento a Cortázar de 1974. En un juego muy original y bien hecho, nos ofrece una lectura del autor de Excursión a los indios ranqueles que recupera el estilo menos conocido de su obra, que se trató en summa de crónicas de viaje muy personales, publicadas en diarios de tirada nacional, donde ilustraba sobre sus impresiones sobre el mundo que consumía, África, Europa o las pampas.

Pero, mientras que Viñas se granjeó un lugar indiscutido entre el análisis político-estético de la crítica literaria buscando caracterizar dialécticamente a una clase social definida, la burguesía terrateniente, comercial y financiera que construyó el Estado argentino moderno, Korn prefiere volver a desarmar el modelo del maestro para descubrir en el sobrino de Rosas que fuera funcionario de segunda línea del Proceso de Organización Nacional, ejecutor de dos genocidios fundacionales, contra el federalismo radicalizado en la Guerra del Paraguay y contra los pueblos originarios en la doble conquista del Chaco Boreal y la Patagonia, a un incipiente opositor paternalista a la línea oficial más reaccionaria.

El método de Viñas es revisado, así como sus conclusiones. Mientras Viñas buscaba en los escritores dispersos de la oligarquía terrateniente “manchas” que una vez puestas en continuidad permitieran una reconstrucción de un programa genérico, es decir, mientras el de Viñas seguía un método dialéctico de búsqueda de la esencia y continuidad de un mismo programa y cosmovisión de clase entre los retazos de sus expresiones fragmentadas y dispersas, Korn prefiere volver a Kant –vía el genetismo foucoultiano- y desarmar las manchas del propio Mansilla para intentar descubrir un matiz dentro del programa de su clase social que lo explique mejor.

Es un recurso que la intelectualidad de la izquierda nacionalista ya usó a fondo en los noventa y al principio del siglo 21 para encontrar en el peronismo las bases necesarias y suficientes de un planteo de izquierda autóctono, que superara los límites de una izquierda marxista clásica, que según ellos comete el pecado recurrente de aislarse de los movimientos de masas. Se trata, una vez más, del recurrente ejercicio de la izquierda comunista y socialista culpógena de gorilismo que inventaran entre otros, los intelectuales de origen universitario de Contorno en los años cincuenta y que explicaría el pasaje de amplias capas de la pequeño burguesía juvenil progresista que desde la Fede llenaran los contingentes de Montoneros y la JP en los sesenta.  Lo novedoso de este texto de Korn es lo lejos que han llegado los herederos de la izquierda peronista de los setenta en el abandono del materialismo dialéctico o histórico y sobre todo del análisis clasista para los fenómenos estético-culturales cuarenta años después.

Korn espeja a Mansilla para re-pensarlo y nos ofrece diecisiete misceláneas sobre diversos textos del autor. Bien escritas y agudas en los temas que revisa, de conjunto nos muestran los indicios que permitirían alejar a Mansilla del lugar que le encontrara Viñas como uno de los escritores aristocráticos que fundaron la literatura nacional. Así, en lugar de quedarse en su arquetipo de escritor gentleman (puro consumidor de lujos) y de fiel exponente de una mirada de clase frente a los problemas sociales del siglo 19, Korn encuentra en Mansilla un acercamiento disidente con la estrategia de exterminio que caracterizó al roquismo, una especie de estrategia paternalista con “el otro cultural” concentrado en los pueblos originarios. Mientras Estanislao Zeballos reivindicaba una política de limpieza racial de la sociedad argentina, Korn encuentra un Mansilla más cercano a integrar a ese otro en una sociedad moderna, sin dejar de verlo como un ser inferior y destinado al servicio de una clase social elegida por Dios para gobernar, pero sin voluntad de exterminarlo de la faz de la tierra, sino de convertirle en fuerza de trabajo educada al servicio de un capitalismo moderno y pujante.

Interesante desafío se propone Korn, encontrar en la génesis del Estado argentino, en su etapa más autoconsciente y despiadada, una veta muy íntima de reformismo social que permitiría una visión menos sectaria del reformismo del PAN, releyendo como anticipos genuinos del Estado “popular” yrigoyenista y peronista a la línea encarnada por Carlos Pellegrini o Joaquín V. González. No lo dice Korn, pero no sería salirse mucho de su línea argumental si decimos que esa mirada “integradora” del indígena la podría haber heredado Mansilla sin mucho esfuerzo del propio trabajo de su tío cuando encaró el “problema” de la expansión de la frontera del Estado criollo en 1833. Sin más, la imagen final de un Mansilla agonizando y mirando con amor su relación con el cacique Mariano Rosas (asesinado y reducido a pieza de museo por el roquismo a quien Mansilla también sirvió de funcionario) quien obtuviera tamaño apellido como resultado de la política de alianzas que el presidente de facto de la Confederación Argentina llevaba adelante.

Sin embargo, el límite de la reflexión de Korn, a nuestro criterio, lo deja en desventaja contra el análisis de su maestro Viñas. Ya que al desestimar la identidad y los intereses de clase como prisma para analizar a los intelectuales y al Estado, le impide ver otra hipótesis plausible: exterminio e integración como dos tácticas de una misma estrategia de construcción de una sociedad de explotación de clase, intercambiadas según las necesidades que obligaba la coyuntura de la lucha de las clases dominadas. En el repudio de las misceláneas de Korn contra la Campaña genocida de Roca, sintetizada en la rapiña de seres humanos mostrados como especímenes en museos y ferias internacionales, sus cráneos medidos por antropólogos que acompañaron la guerra junto al ejército, se escapa que reproduce casi en detalle y escala la Campaña al Desierto de Rosas, en la que científicos de la talla de Darwin participaron también como taxonomistas de la fauna desconocida (tewelches y mapuches inclusive) y donde el fundador de la Mazorca combinó su reconocido “paternalismo” con las “tribus amigas” con la masacre de las poblaciones que se negaban a la incursión de un Estado heredero del viejo enemigo colonial.

A favor de Korn, una obra de teatro donde Mansilla repite la estrategia del Tío Tom, el buen salvaje que es corrompido por un amo insensible y cruel, un recuerdo donde el propio Mansilla juega provocadoramente a ser el sirviente de su sirviente negro en Brasil, la crítica de los generales mitristas a sus crónicas desde el frente de batalla en la Guerra contra Paraguay por considerarlas casi subversivas. Entonces Mansilla escritor parecería mostrar un opositor a Sarmiento, junto a su amigo José Hernández, en lugar de un operador para su candidatura que se quejaba de no haber sido premiado con un ministerio; el continuador de una idea de incorporación pacífica del indio presente en el legado de su padre (autor de una estrategia de frontera pasivo agresiva, policial antes que exterminadora) antes que el segundo gobernador de la gobernación de Chaco, encargada de la domesticación de qoms y pilagá o el enviado para espiar las posibilidades materiales de resistencia de los ranqueles al sur de Córdoba; el partidario del reformismo de la Rerum Novarum como Bialet Massé antes que el camarada de Eduardo Wilde y funcionario de Roca como fue hasta su muerte.

El escritor analizado sin la óptica clasista puede mostrarse como opuesto a las líneas fundamentales de su propia clase, porque tampoco se analiza al Estado como una maquinaria dispuesta al servicio de una clase social.

El esfuerzo es audaz pero no nuevo. Bajo el primer kirchnerismo ya lo intentaron Felipe Pigna y María Seoane en la recuperación de Caras y Caretas (julio 2005) como proyecto político-intelectual dirigido y solventado por el SUTERH porteño, que llegaría a consumarse como uno de los pilares materiales del kirchnerismo en la ciudad de Buenos Aires diez años después. En sus primeros números sorprendió a propios y extraños redescubriendo aspectos positivos del Estado moderno diseñado por Roca. El laicicismo de las leyes educativas o de registro censal se superponía a las masacres contra la clase obrera y se le encontraban, siguiendo a otro precursor de este revisionismo progresista, Oscar Terán, aspectos revolucionarios al positivismo higienista de la generación del 80, contra la que Viñas y su generación construyeron su propia afirmación como clase social revolucionaria.

Esta forma aparentemente sutil y compleja de caracterizar al Estado sólo es posible si se acepta el método de análisis, la fragmentación ad infinitum de Estado y clase en sus manifestaciones individuales y fenoménicas, es decir, si tomamos cada aspecto de la realidad como se nos presenta, desconectado de los demás. Algo que ha permitido a intelectuales que apoyaron la lucha de barricadas contra el menemismo en la segunda mitad de los 90 admitir como revolucionario al gobierno Kirchner a pesar del esfuerzo de sus máximos representantes por agradar al capital sojero, minero y financiero (recuérdese la foto de Néstor y Cristina tocando la campana en Wall Street). Se trata del viejo planteo de “criticar lo malo y apoyar lo bueno” que fundó la base de esta intelectualidad para militar un proyecto político que incluía al aparato podrido del PJ duhaldista y la lucha inclaudicable de los organismos de derechos humanos.

 

Milagro Salas y Santiago Maldonado ¿un solo corazón?

El mismo límite leemos en el prólogo de Stedile Luna, quien coloca en el mismo plano, en el mismo horizonte de deseo político y cultural, al trabajo de organización popular de Milagro Salas en Jujuy, la Tupac, con la experiencia organizativa de las LOF mapuce en el sur patagónico. Más allá del interés emotivo o las necesidades políticas coyunturales, de las campañas de agitación, se igualan estrategias de defensa de intereses de clases explotadas y oprimidas divergentes.

Se iguala en un renglón, una estrategia que privilegia la autoconstrucción de barriadas, cooperativas de trabajo y espacios culturales adaptada al presupuesto del Estado, controlada y dirigida verticalmente desde los distintos ministerios tomando como intermediarios a liderazgos provenientes de las barrabravas del fútbol o las patotas sindicales, con otra que usurpa tierras privadas en un justo reclamo de forma horizontal y en total enfrentamiento contra el Estado. Más allá de lo que se opine de Milagro Salas y su situación judicial bajo el macrismo, injustamente encarcelada por una justicia que usa la legalidad burguesa a piaccere, su trayectoria política es inversamente proporcional a la de Santiago Maldonado, quien se reivindicaba en pensamiento y acción como militante anarquista.

En concreto, la estrategia de las LOF mapuce es opuesta a la que proponen dirigentes de la misma etnia que prefieren la negociación pacífica en los márgenes improductivos que ofrece el estado neuquino o rionegrino para que los caciques funcionen como verdaderos punteros.

Es que el límite de toda esta construcción de sentido nacionalista de izquierda está en la misma estrategia intelectual de deconstrucción de relatos. Esta mirada fragmentada del metabolismo social no pretende una explicación del mismo –vedada espistemológicamente, ya que sería irreal- y sólo puede construir post facto una justificación para la adhesión política a proyectos que existen con independencia de las decisiones de sus intelectuales.

Si Mansilla estaba en contra de la estrategia de exterminio del otro indígena, como sugiere Korn, bien que guardaba de romper totalmente, no fuera cosa de quedarse sin los nombramientos que le permitieron vivir to su vida de despilfarros sin trabajar. De forma parecida, aunque nunca idéntica, estos intelectuales son excelentes para deconstruir y reorganizar sentidos que les los habiliten a adherir a proyectos de Estado que combinan en distintos niveles políticas inclusivas con represión y exclusión.

En lo personal creemos que Korn no logra superar a su maestro Viñas, quien zanjó el problema de manera mucho más certera cuando caracterizó que el problema de las clases populares, oprimidas y explotadas del subcontinente no estaba en los esfuerzos de los intelectuales del régimen por “darles una voz” y sacarlos del anonimato obligado del “desierto” inventado por el estado genocida, sino en la esperanza de construcción de su propia voz, con sus propias armas. En otro sentido, más ortodoxo si se quiere, admitimos, el día que estas clases superen su fragmentación –que les obliga a negociar con tal o cual oferta desde el poder- por una conciencia para sí, una estrategia de poder propia, cuyo horizonte utópico sea la dirección de ese estado en función de sus propios intereses, negociando desde el centro del poder social con las otras fuerzas. Algo de lo que Mansilla estaba muy lejos de pensar y que Korn no se arriesgaría a contradecir.

Tampoco se supera a Viñas en una hipótesis que compartieron junto a otros intelectuales de su generación cuando razonaba que la tragedia de esta intelligentsia fue sencillo: pueden construir las utopías que quieran, pero si desean participar de la vida política están obligados a subordinarse a las estrategias e intereses de las clases sociales que gobiernan. Como siempre fue y como siempre será.

 

Martí y el destino del poeta criollo

Otro tanto podemos decir del ensayo del profesor Farías sobre Martí. Su tesis está muy bien defendida en los primeros capítulos y creemos que se excede un poco en el efecto de demostración por repetición. Su análisis pormenorizado de la producción del poeta cubano demuestra con claridad que su posición política –precursora del nacionalismo antiimperialista de Haya de la Torre o Fidel Castro- provenía de la evolución de su reflexión poética y no en detrimento de ella. Si el modernismo heredero de la generación romántica de los años 30 había parido una estética formalista europeizante enraizada en un progresismo anti-americanista o racista como en Sarmiento, Farías entiende que las circunstancias de compromiso político que permitieron el desarrollo internacional de ese romanticismo en intelectuales que trabajaron como funcionarios de los Estados criollos modernos en América del Sur, hicieron que Martí buscase otras interpretaciones en su exilio forzado. Creemos que ubica con precisión y contundencia el mecanismo por el cual su poesía se politiza hacia la expresión de los intereses de liberación de las clases y sujetos subyugados por el imperialismo gracias a su conexión con Emerson y Whitman en Nueva York, pero sobre todo por la forma en que impacta la lucha obrera a fines del siglo 19 en el corazón del imperialismo yanqui.

Intelectuales sin clase que o se adaptan a las posibilidades que les ofrece la clase en el poder o que, sin esa alternativa a la mano, se ven obligades a ligarse a los intereses de las clases dominadas. Incluso Martí, que como bien señala Farías a pesar de otorgarle un lugar novedoso y anti-sarmientino a los mestizos nuestroamericanos, sigue otorgando lugar de dirección a su propia clase, ligada a la producción de un capitalismo liberal nacionalista, tiene que avanzar mucho más en esa alianza con “el otro” oprimido que Sarmiento o Mansilla.

Farías llega más lejos en la autocrítica, después de ligar genéticamente a la izquierda del nacionalismo sudamericano pionera de Martí con el castrismo, montoneros y Evo Morales, en una exquisita caracterización que coloca en el extremo más revolucionario a Chávez y Evo y el más conservador a Kirchner y Lula (algo es algo), toma la voz de dos intelectuales feministas para señalar los límites de un socialismo indigenista que, sin embargo, sostiene y desenvuelve las caras más radicalizadas del extractivismo colonial, repite el error de todos los demás líderes entronizándose como único líder posible y le suma algo mucho más radical, la propuesta de Segato de pasar a toda la intelligentsia romántica al lugar que le corresponde, señalando la continuidad racista del Estado criollo independentista con la de la carroña colonial, sin ambagues. Entonces el progresismo nacionalista de Rosas y su paternalismo se van a pique frente a su expansionismo exterminador de indígenas y opositores rebeldes, católico y misógino. La Mazorca lo define más que “adoptar” a Mariano Rosas.

Este texto de Farías cobra mayor fuerza a la luz del nefasto golpe de Estado de Bolivia, cuando las intelectuales citadas hace un año defienden sus críticas como explicación de la pérdida de poder de Morales y el MAS entre su propia base social, oportunidad aprovechada por el imperialismo yanqui y Bolsonaro para perpetrar su artero golpe.

 

Miseria de la Filosofía o Filosofías de las Miserias

Nos ha gustado siempre el método de Marx para la autocrítica. En su Miseria de la Filosofía condensa los apuntes de una revisión radical de su matriz de pensamiento, ligada a la izquierda hegeliana de los años 30 y 40 del siglo 19. Se toma el enorme trabajo de deconstruir su propia formación intelectual porque, sencillamente, le impedía comprender el funcionamiento de la realidad en conflictos coyunturales complejos, como las disputas jurídicas de campesinos alemanes sobre las que se veía obligado a opinar en el periódico para el que trabajaba. Un esfuerzo teórico importante, pero sobre todo un ejercicio ético muy difícil, ese de revisarse hasta el fondo en el error.

No es lo que hace la intelligentsia latinoamericana que se autodenomina como nacionalista pero desde una posición subalterna o alterna, un otro que además de cultural, étnico o de género alguna vez lo fue de clase. Los mecanismos de revisión que la llevaron de negar “al otro obrero y campesino” para abrazar al nacionalismo peronista en los sesenta justificaron su adhesión a un movimiento dentro del que se proponían combatir a su ala derecha. Después del 20 de junio de 1973, en Ezeiza, lejos de recriminarse haber alentado el desarrollo del fachismo que habría de exterminarles vía Triple A y genocidio videliano, concluyeron que el espacio de disputa requería de la aceptación de ciertas normas de debate al interior del Estado democrático. Aunque en 1989, después de Semana Santa y La Tablada o peor, el genocidio económico que provocó el Plan Austral, lejos de repudiar las consecuencias de la adaptación a una transición democrática desastrosa, se volvieron aún más institucionalistas, para refugiarse en la crítica a la corrupción del menemismo y volverse a vincular a las masas en lucha una vez que éstas hicieran estallar toda la transición pos dictadura por los aires entre el santiagueñazo de 1993 y el Argentinazo del 2001.

La adaptación a un Estado que lejos de irse afianzando como “esfera de compulsa civilizada de intereses diversos” no hace más que degenerarse aceleradamente en instrumento sádico, femigenocida y narco, en manos de gobiernos circunstanciales que no logran, en el mejor de los casos, eliminar las raíces materiales de tanta desestructuración social, no cambia. Reivindicar al neozapatismo después de la descomposición grotesca del Narco Estado mexicano es al menos, preocupante. Sobre todo porque la estrategia de construcción autónoma, por fuera del Estado, que se reivindica 36 años después, es la que el neozapatismo se autocriticó hace varias décadas, cuando decidió fundar corrientes sindicales y electorales de alcance nacional para disputar el poder centralizado del Estado mexicano.

Se dice siempre que las derrotas son más pedagógicas que las victorias. O bien el nacionalismo de izquierda aquí representado no ha sentido la de 2016 como una derrota definitiva, y por lo tanto no se siente empujado a la revisión de su matriz de pensamiento desde a raíz, o bien comprende, como podría entreverse en la decisión de refundarse en un compromiso mayor con los sectores liberales reaccionarios del movimiento (estrategia novedosa de Cristina F. con Alberto F. y el aparato del PJ que repudiara Néstor que llevaron al desastre a Lula, golpeado por el partido con el que estaba aliado o Correa, perseguido por quien eligiera como sucesor), que es necesaria una mayor adaptación, la postergación todavía más lejana de las utopías comunitarias para tiempos mejores, y por lo tanto lo que se revisa no es precisamente por qué no revolucionamos la sociedad desde raíz.

Se repite la autocrítica de la izquierda peronista de los 80 y los 90, su legado más revolucionario, su clasismo aunque sea como método de análisis, su hegelianismo es abandonado a cada década con mayor convicción. Ahora se construye una continuidad democrática con la derecha, donde la lucha de programas se confina al interior del Estado como “arena donde conviven en contradicción los intereses sociales en pugna”, no se combate al régimen sino que se “desgasta” al mal gobierno para convencer de la necesidad de votar al “buen” gobierno.

En las grietas de este desgastado planteo, crece el fachismo como el Palán Palan, nadie sabe de dónde vino la semilla pero cada vez es más frondoso. Como en la fotografía de tapa, donde se ilustran las ruinas presentes del Estado Moderno del siglo 19 y 20, a todas vistas fracasando en América Latina. En la foto se puede ver la maleza que crece encima de las ruinas como una esperanza de la verde vida capaz de avanzar sobre el desastre social. Sin embargo, también puede pensarse en el drama del fracaso de las utopías revolucionarias como las paridas por Martí, que permiten el avance de los nuevos facsismos aggiornados que no paran de crecer e invadir tanto la vida civil como a los Estados en todo nuestro continente.

Título: Desierto y Nación 2: Estados

Autores: Guillermo Korn y Matías Farías

Compilación: Gustavo Miguez y José Hage

Editorial: Caterva

Sobre El Autor

Leo Grande Cobián (1977) publicó dos libros, "El retrato de Santos Capobianco", 2015 de relatos y "La Asunción, informe de actividades" en 2016, novela de ciencia ficción. Trabaja como docente en escuelas medias del Estado, fue militante trotskista en frentes sindicales, barriales y universitarios y Editor Jefe del Mensuario Cultural "El Aromo" entre 2003 y 2006.Sostiene un blog con ensayos, reseñas y producción literaria propia desde 2014, Los viajes de Mburucuyá Capobianco Cigalí Paraná, tal su nombre artístico en esta etapa de su transición.

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