Lidia deja el convento y Tucumán, arriba a Buenos Aires para trabajar como empleada doméstica con cama adentro en lo de Roberto, un hombre cuya soledad despierta más sospechas qué desolación.

Uno se pregunta ¿quién es Roberto?, pero, sobre todo, ¿quién es Lidia?

Una chica de diecinueve años que se vino trayendo un Ekeko. una antología de vida de los santos y una muñeca decapitada, como punta de icebergs de un pasado. Se le aparecen imágenes de mujeres muertas que no se saben recuerdos o visiones.

“Nadie podía reconocer mejor a un niño dañado a menos que uno también lo fuera”.

 “El grito de una mujer que la despertaba todas las noches. Un grito que nadie había escuchado. Que nadie escucharía jamás. La voz de la mujer le resultaba conocida. Familiar. Tal vez, pensó, fuera de tanto oírla”

Bocas cuyos gritos son unidos por el mismo dolor. De una mujer a otra. Que reclaman ser escuchadas y abandonar ese dolor que encarna el desamparo.

 

Arranquemos por el principio, ¿cuál fue el origen de La Decapitada?

La Decapitada es un desprendimiento de un libro de cuentos sobre resonantes casos policiales llamado Impunes que terminé de escribir en el año 2000. Incluso uno de esos cuentos basado en el caso Giubileo me ha permitido comenzar seis o siete veces una novela que está trunca. Algún día la terminaré. Otro de esos cuentos está basado sobre el caso de las prostitutas asesinadas en Mar del Plata. El cuento se llama Botas Rojas y se centra en la violencia que sufrieron los cuerpos de las mujeres asesinadas. Incluso en aquellos años, mediados y finales de los noventa, no se utilizaba la palabra feminicidio para caratular esos crímenes. Lo que más me había llamado la atención en aquel entonces era la violencia brutal ejercida sobre esos cuerpos como una muestra de poder, de posesión, y de sometimiento por parte de los perpetradores de esos crímenes.

La novela tiene un registro donde la puntuación y la repetición marcan una cadencia que remite a un tratamiento poético del lenguaje. ¿Qué nos podés decir de esto?

Puedo contarte que tengo un oído muy entrenado musicalmente hablando,  y que además soy una ávida lectora de poesía. Leí a Rimbaud y a Alejandra Pizarnik a los quince años, desde esa época vengo escribiendo poesía. Aún hoy sigo escribiendo y ya no puedo dejar de hacerlo. Aunque no haya publicado nada. Esas lecturas me marcaron para siempre. No es lo mismo leerlos a los quince que a los veinte, ni hablar pasado los treinta. A esa edad lo que lees ya forma parte de tu sangre. De tu visión del mundo. De la persona y del escritor que serás. De esa rebelión fundamental que se produce en vos como lector, y que luego replicarás como escritor de cómo esas lecturas resonaron en vos. Cuando escribo no pienso como novelista, es decir, en términos de historias o argumentos, pienso sí en imágenes visuales que luego encuentran una correspondencia con imágenes sonoras. Luego van fluyendo naturalmente, y jamás intervengo en encontrarles una coherencia, o en cohesionarlas forzadamente, dejo que corran, y yo voy corriendo (fluyendo) con ellas. Jamás me impuse contar una historia en términos convencionales. Sí lo hago cuando escribo cuentos, ahí tengo más claro lo de contar una historia.

Lidia todo el tiempo está reconfigurando en su cabeza la realidad, hay un escapismo y una búsqueda de entendimiento a través de metáforas y comparaciones. Me gustaría profundizar en este apartado.

El tema o motivo de los peces y los remolinos que aparecen al principio en las litografías de Escher, Remolino, y Predestinación, van a tomar cierto protagonismo durante toda la novela, los peces y los remolinos. De hecho, el remolino y la espiral tienen que ver con la metamorfosis, Lidia, en una escena muy traumática, se disocia y devendrá pez. Se verá a si misma convertida en pez, y esto tiene tantas connotaciones y lecturas posibles como lugares desde donde leerlos.

Creo que estos motivos tienen su correlato en lo musical. Al principio los peces de la litografía Remolino aparecen estáticos dibujados sobre el papel, luego, pasado cierto tiempo, y en medio de una escena violenta y traumática, ese pez, dentro del universo ficcional, saldrá del lienzo, Lidia se convertirá en pez, y luego ese motivo irá recorriendo la novela, en diferentes tonos, cada vez, liberando sentidos diferentes.

Reutilizando una frase de la novela, ¿ves a la literatura como “una máquina de guerra para poder actuar sobre la realidad y repararla”?

Sí, la literatura es una máquina de guerra en términos deleuzianos. Deleuze habla del nomadismo, de la literatura menor, la literatura de las minorías, en la que incluye a Kafka, por supuesto, en términos generales.

En particular, en la novela, esta máquina de guerra es una máquina más artística o revolucionaria que bélica. Es una especie de máquina-clave, o llave maestra que es a la vez una herramienta y un arma que permite articular y desarticular cuerpos, redes, instituciones, organizaciones, para como vos decís volver a reconfigurar y reparar tejidos, redes.

En términos más precisos una máquina de guerra sería una máquina semiótica cultural con la que deshacer estructuras de dominación del pensamiento, del inconsciente, de los sentimientos, del deseo que nos impone el estado capitalista. En resumen, una máquina de guerra sería como un mecanismo cultural, teórico y práctico para transformar la dinámica capitalista.

Nos encontramos en momentos donde una suerte de corrección política intenta aplicarse al arte, que en mi opinión bordea la censura. Digo esto acerca de cómo narrar la violencia a las mujeres, tema que abordás. Se ha llegado a proponer en algunos círculos que no hubiera víctimas femeninas en los libros, por un lado. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Me parece absurdo. Quizás a lo que apunta tu pregunta es al tratamiento mediático de ciertos temas, en este caso, los feminicidios que son tratados como un espectáculo. Eso es contraproducente.

Rita Segato habla de la pedagogía de la crueldad que existe en los medios, en donde se entrena el ojo del público a rapiñar, a despojar, a usar los cuerpos hasta convertirlos en restos, y de esa manera se le enseña al público a no empatizar con la víctima, y en todo caso a revictimizarla con el uso de la espectacularización que se hace en los medios. Así el espectador, el público, se convierte, gracias al trabajo de los medios, en alguien insensible, distante, y sin ninguna empatía con la víctima.

Hay una idea que se desprende de la novela que radica en el poder catártico de la venganza. ¿Cómo creés que funciona la venganza a nivel individual y colectivo? ¿Y cómo concebís la relación entre justicia y venganza?

Te puedo hablar de cómo yo concibo la venganza y la justicia en términos literarios. Como decía Viñas, escribir desde la humillación para salir de ella, y hacerlo a través de la escritura podría verse como un acto de desquite, de venganza. La escritura como una forma de venganza. Una manera de desquite que también remite a lo que uno hace con la rabia y con el odio, transformándolos en un proyecto literario, artístico, político. Roberto Arlt, mi escritor favorito, decía que escribía para no salir a poner bombas, incendiar bancos, o instalar prostíbulos.

La presencia de los santos y sus vidas son un tema recurrente a lo largo de la novela, aunque no se les pide ni se acude con esperanza, sino que hay un énfasis en el dolor y las tragedias que vivieron. Una suerte de espejo de las protagonistas ¿Cómo trabajaste este aspecto?

Tiene que ver con una elección estética. Utilizo el procedimiento de montaje, una especie de yuxtaposición de materiales diversos y contrapuestos. En el caso puntual de la hagiografía, la vida de los santos, el suplicio por el que han atravesado sus cuerpos son contrapuestos o superpuestos a la violencia sufrida por las protagonistas de la novela, y este montaje, produce un choque emocional en la mirada del lector, un montaje de atracciones al estilo Eisenstein, en el que imágenes con fuertes contrastes resultan en sorprendentes semejanzas que tienen que ver con el castigo físico y la mutilación de los cuerpos. Tanto el cuerpo del santo como el de la prostituta es un cuerpo sometido, sujetado, violentado, torturado.

En este punto uno no puede más que empatizar con la víctima, la prostituta, en vez de, como nos proponen los medios, verlo como espectáculo, o bien alejarnos y tomar distancia, y sentir aversión en vez de compasión, en el sentido más puro de la palabra que nada tiene que ver con la piedad o la lástima sino de acompañamiento, y de comprensión, opuesto al de la indiferencia y la distancia.

Tu novela se alzó con el premio Córdoba Mata 2018. ¿Cuál es tu relación con el género negro?

Amo el género negro desde siempre. En casa siempre se leían los policiales con avidez.  De hecho te diría que mi padre sentía mucha simpatía por los bandoleros, o los atracadores de bancos. Por ejemplo, simpatizaba con Mate Cosido, les veía un lado romántico, al estilo Robin Hood. Hay unas biografías criminales escritas por David Viñas, sus primeras tres novelas policiales, que las había firmado como Pedro Pago; una de ellas es sobre la vida de Mate Cosido. Creo que las llaman biografías criminales. Ese fue el primer encuentro. Después vino mi adoración por los falsificadores de dinero, como Vidocq, más cercano, Frank Abagnale, Scorsese hizo una peli con Di Caprio y Tom Hanks, Catch me if you can, que me encanta, y luego vinieron  los falsificadores de arte, como Elmyr de Hory, hay una película Fake de Orson Welles en donde muestran su modus operandi.

Luego vino la escritura de un libro que se llama Malas en donde tomo la vida de ladronas y asesinas, mi época inglesa, son todas británicas y norteamericanas, entre ellas a mi admirada Jenny Diver, cuyo verdadero nombre, si es que alguna vez tuvo uno verdadero, fue Mary Young, inspiró al personaje de Jenny Diver en la obra de Brecht, La ópera de tres centavos.

Y luego vinieron las mujeres asesinas. Escribí algunos capítulos para televisión con la tutoría de Plácido Donato, miembro de Argentores, y ex comisario.

Tuvimos una relación alucinante ya que durante varios meses, casi un año, estuve yendo a escribir los guiones a la comisaría que queda en Lavalle y Pueyrredón.

No sigo porque no terminaría, pero creo que basta como para que tengan idea de mi prontuario literario…jajaja

Sobre El Autor

(Buenos Aires, 1986) Trabaja en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Participa en RASTROS: Observatorio Hispanoamericano de Novela Negra y Criminal. Dogo (2016, Del Nuevo Extremo), su primera novela, fue finalista del concurso Extremo Negro. En 2017, Editorial Revólver publicó Cruz, finalista del premio Dashiell Hammett a mejor novela negra que otorga la Semana Negra de Gijón. Es hincha de George V. Higgins, Donald Ray Pollock, Edward Bunker, James Sallis, David Goodis, Raymond Chandler, Jeff Nichols, Kike Ferrari, Leonardo Oyola, James Crumley, Ben Affleck, Daniel Woodrell, Taylor Sheridan, Vern Smith, Newton Thornburg, Jason Aaron, RM Guera, entre otros.

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