Una de las situaciones más sorprendente de las últimas décadas es que mientras más se ha necesitado de un pensamiento altamente complejo, que pudiera aproximarse al estado del intrincado mundo en que vivimos, más las dirigencias de todo calibre, especialmente estos últimos años, se han encerrado, salvo escasas excepciones, en una perspectiva muy limitada, en groseras distorsiones y en un maniqueísmo pedestre, donde consideraciones falsamente éticas (lo bueno y lo malo) reemplazaron, con excesiva frecuencia, la comprensión de la realidad y donde las fórmulas hechas y el pensamiento único fueron la regla. Los fundamentalismos religiosos, como arquitectos de nuevos gobiernos y estados, se sucedieron a las religiones seculares en numerosos países; la irresponsabilidad y el oportunismo fueron la moneda corriente de dirigentes de cualquier tipo o ideología (Trump, Johnson, Putin, Erdogan, Orban, Duterte, Kim o Xi, etc.), pero este fenómeno estuvo acompañado, en muchas oportunidades, por el apoyo de grandes capas de la población. En otras palabras, nada indica que estemos preparados para comprender ni la velocidad de los acontecimientos ni su complejidad, pero la crisis es demasiado extendida para que no se busquen, a pesar de todos los conflictos, soluciones mínimamente comunes. Quizás esto último no sea más que una expresión de deseos, aunque cualquiera puede advertir que el mundo posterior a la pandemia no será el mismo. Por otra parte, el pensamiento complejo y creativo requerido para esta situación, para la toma de decisiones que atañen a la vida de millones de personas, se ha vuelto una condición sine qua non si queremos lograr alguna salida de este escenario sumamente crítico.

La pandemia provocada por este nuevo coronavirus ha hundido a todos los gobiernos del mundo, a todas las dirigencias, de distinto tipo, autoritarios o demo-liberales, en una indeterminación de la que nadie ha quedado exento. La peste por la que atravesamos hizo estallar lo poco que sobrevivía del optimismo positivista y científico, junto a toda una visión del mundo que todavía no ha podido ser reemplazada por otra. Ya nadie se atreve a poner en duda que estamos viviendo en medio de una crisis global donde la incertidumbre es la regla. Estamos adentrándonos en una situación en la que nadie tiene una respuesta global, ya que la multiplicidad de niveles que afectan y que son afectados por la pandemia abarca un espectro demasiado amplio como para intentar una burda simplificación.

Sin embargo, con todos los riesgos que siempre tienen las periodizaciones, me atrevo a sugerir que esta crisis marca el final del gran ciclo que se inició con la apropiación de la masa atlántica, por parte de Europa occidental, cuyo año emblemático fue 1492 y cuya cabeza más famosa fue Cristóbal Colón, ciclo que en un notorio rasgo de lucidez Marx llamó “la acumulación primitiva del capitalismo”, donde por primera vez se dispuso de una mundialización del planeta. En estos días, cualquiera puede percatarse que algo ha llegado a su fin, pero se ignora aún el alcance y la profundidad que tendrá este sismo. Para la ONU es el acontecimiento más importante desde la Segunda Guerra Mundial; para otros, el crack que se desarrolla ante nuestra vista tendrá efectos más perdurables y más devastadores que el famoso crack de 1929. No obstante, sin perder de vista que algunas estructuras sociales tienen un grado de permanencia muy prolongado, la pandemia actual no hace sino subrayar que el gran arsenal nuclear de Estados Unidos tiene una importancia muy relativa frente a los virus y que sus consecuencias atraviesan todos los niveles sobre los que se ha construido el mundo actual. Los cinco siglos de hegemonía occidental parecen disolverse y no hay, por cierto, necesidad que Henry Kissinger nos explique y nos esclarezca que el actual “orden mundial” carece de centro, para percibir que “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

En estos cinco siglos, el mundo se ha caracterizado por un acrecentamiento acelerado de sus conocimientos técnicos, capaces de llegar al mercado en un tiempo extremadamente corto. El uso intensivo de los combustibles fósiles ha sido la energía que ha permitido la circulación de estos bienes y conocimientos a una escala tal que ha terminado por tener un efecto directo sobre el cambio climático. La explotación sistemática del carbón mineral, en la Inglaterra isabelina, comenzó cuando los bosques quedaron devastados por la construcción acelerada de barcos, que a su vez fue la piedra angular sobre la cual se apoyaron sus gobernantes para la construcción del Imperio. La importación de carbón de leña se había revelado demasiado cara, de tal modo que el uso de la energía concentrada y móvil, derivada de los hidrocarburos, fue un antecedente de primer orden para lograr lo que se conoció como primera Revolución Industrial. Este proceso no ha conocido casi disidentes. Basta recordar la expresión de Lenin: “el socialismo es el poder de los soviets más la electricidad”. El sistema de producción puesto en pie por China, entre fines del siglo XX y comienzos de éste, es el ejemplo más elocuente de la identificación entre mercado y economías planificadas, pues la disputa a partir del triunfo de la Revolución rusa de 1917 fue por las nomenclaturas que dirigirían este proceso y se apropiarían de sus excedentes, es decir, por quién fijaría las condiciones de su administración.

La explosión demográfica de nuestros días forma una parte esencial del crecimiento acelerado en la utilización de energía. El derrumbe del precio del petróleo, cuando la pandemia trastocó todos los planes de crecimiento, muestra el alto grado del consumo de las energías fósiles. Los más de siete mil millones de habitantes que posee nuestro planeta nos ha vuelto, valga la paradoja, una especie exitosa y frágil al mismo tiempo. La concentración urbana se convirtió en un receptáculo de primera magnitud para los nuevos virus. La enorme circulación de las personas ha permitido igualmente una pandemia de la que la humanidad no tiene ninguna experiencia previa, salvo la del Sida, con todas las diferencias marcadas entre una y otra, tanto por la velocidad de circulación como por las respectivas tasas de contagio.

De este modo, la conocida hipótesis de un “choque de civilizaciones” se ve refutada ante la demoledora fuerza de los hechos, que afecta a la humanidad en su conjunto, aun considerando los innumerables matices de regiones y países, con sus diacronías y sincronías. Por el contrario, la percepción de una “crisis de civilización” ha cumplido ya alrededor de un siglo. ¿Pero qué constituye una civilización en un mundo globalizado? Asistimos a poderosos movimientos centrífugos como centrípetos, donde conviven, en los lugares más remotos, instrumentos y aparatos que se utilizan en el corazón de las grandes urbes, de tal modo que la tensión entre lo local, nacional y global, después de esta pandemia, tendrá su resolución en una u otra dirección. No podemos olvidar, además, que las sociedades humanas, al igual que los organismos vivientes, nunca evolucionan recuperando funciones u órganos pasados (las ballenas, por ejemplo), sino que están obligadas a reinventarse con los medios que tienen a su disposición. Sólo el futuro, altamente impredecible, podrá dirimir cuánto el mundo conservará de su etapa anterior.

 

La invención de América

Cuando a fines del siglo XVI y en el transcurso del siglo XVII la filosofía propone una nueva forma de aproximarse a la naturaleza y de entenderla, en realidad se está sancionando, por la vía de las ideas y de la abstracción, una tendencia que ya se había perfilado, al menos en alguna medida, en el campo histórico. La expansión de Occidente no puede ser considerada en forma exclusiva bajo la perspectiva de fuerzas sociales que necesariamente debían encontrar una salida, sino ponerla en relación con un cambio de posición ante el mundo. Los enfoques que se basan en la materialidad y en los intereses visibles de una sociedad, o de un sector de ella, hacen mal en desdeñar la gravitación de las ideas. Por otra parte, lo que la filosofía expresa en términos de predominio del sujeto sobre el mundo o de dominación de la naturaleza es, por así decirlo, la culminación metafísica de un movimiento visualizable en numerosos acontecimientos. El pensamiento filosófico ha alcanzado a imprimir una visión inédita, cuyos elementos preparatorios se encuentran en el Renacimiento, para inaugurar lo que Kostas Papaioannou ha llamado «el reinado del hombre». El regnum hominis produjo un desplazamiento de enormes proporciones, ya que el ser humano dejó de verse como el Hijo de Dios para devenir en Amo del Mundo.

La conquista de América permitió constituir un vasto terreno de experimentación, en lo que respecta a la organización social. En este sentido, la voluntad de conquista, la dominación de la naturaleza, la reducción físico-matemática del mundo, y la revolución industrial posterior, se encuentran estrechamente unidas. Así, entre los múltiples niveles de asimilación que practicó Occidente para modelar una América de acuerdo con sus necesidades, debe mencionarse la presencia, apenas esbozada pero no por eso menos pujante, de la razón instrumental. El impacto en la población nativa, el fluido intercambio de especies animales y vegetales, la modificación de religión y lengua, las otras formas de organización social, etc., aparecen condicionados por el desplegamiento de una nueva razón y por una nueva manera de concebirse en relación con el mundo.

Sin embargo, el hecho de que aquí se trate de describir la empresa americana como la culminación del Renacimiento, a través de la cual el hombre descubre que el mundo le pertenece, no significa que este enorme proceso histórico deba ser reducido a esa exclusiva dimensión. Los hombres que realizaron la Conquista estaban llenos de mitos y de creencias que tenían muy poco que ver con una mentalidad científica o con la reducción físico-matemática del mundo; pero, esto no obsta para asegurar que sin la representación de la esfericidad de la tierra y sin el auxilio de la brújula, como de otras innovaciones técnicas que se desarrollaron en el transcurso del siglo XV, relativas a la navegación (timón de codaste, por ejemplo), hubiera sido imposible la conquista de América. Nunca se recordará lo suficiente la deuda con la civilización china respecto a la brújula, la pólvora o la imprenta móvil. Pero tal como lo señaló Jean Beaufret, en Occidente había «algo más explosivo que la pólvora», porque claro está que las innovaciones técnicas no bastan para cambiar la representación que el hombre se hace del mundo, pues en lo inmediato ellas no revelan todo su poderío y significación.

En cualquier sociedad y en cualquier ser humano confluyen diversos estamentos, como si fueran los distintos nichos que los anatomistas describen del cerebro. Es decir que hay varias instancias de pensamiento. El humanista español Fernán Pérez de Oliva había advertido, en una fecha muy temprana, hacia 1525, que había que modelar América a la medida de Europa. Su Historia de la invención de las Yndias, editada recién en el siglo XX, demuestra con suma claridad que los objetivos destinados a la construcción americana estaban presentes, para sus actores, desde los inicios. No se trataba de un proceso a ciegas. Por otra parte, las cartas, el Diario y la Historia del viage quel Almirante Don Cristóbal Colón hizo la tercera vez que vino a las Indias manifiestan explícitamente ese espíritu, aun cuando la inmensa mayoría no tuviera ninguna conciencia sobre el surgimiento de la filosofía moderna.

El hombre rara vez tiene pleno dominio de las acciones que emprende, porque la historia es esencialmente creación. Para destacar la existencia de diversos pensamientos se puede poner de ejemplo al propio Newton: sus papeles y trabajos sobre la alquimia fueron recién expurgados por el afamado economista Lord Keynes. Tributario directo de la visión del mundo propuesta por Galileo, ferviente partidario de una explicación física del universo, al punto de proponer por primera vez en la historia del pensamiento una mecánica celeste, Newton continúa, no obstante todo ello, ejerciendo un pensamiento, al menos en esta parte secundaria de su obra, vinculado a una percepción mágica de la realidad. Pero esto no debería extrañarnos demasiado, ya que la imaginación, por empeñada que esté en servir a la ciencia, no puede dejar de pagar tributo a la magia, es decir, al azar o, en otras palabras, afines a la mal denominada teoría del caos, no puede dejar de considerar la combinatoria de elementos no causales. Así, ni Occidente, ni sus científicos, podían quedar exentos de una corriente mágica que se encuentra en todas las civilizaciones y que quizás responde al profundo deseo del hombre de poner en relación todo con todo.

La enorme influencia del mundo árabe en la península ibérica, por su magnitud, apenas merece subrayarse. ¿Pero cómo no recordar, en estos tiempos de pandemia, que fue Avicena, a comienzos del siglo XI, desde su célebre Canon de medicina, el primero en propiciar la cuarentena, para evitar la rápida propagación de una epidemia? Su Canon se tradujo del árabe al latín un siglo después y tuvo una enorme irradiación hasta que la medicina europea, conformada al amparo de la filosofía moderna, decidió prescindir de sus servicios.

La caída de Granada ocurrió el mismo año que el «descubrimiento». Pero las particularidades ideológicas y culturales de lo que luego devino el Imperio español no bastaron para contener un movimiento que se reveló irrefrenable. Europa, a pesar de sus innumerables conflictos, se encontraba ya unida por una amplia red de intercambios que prácticamente irrigaba a la mayor parte del continente. Toda la Baja Edad Media fue el tejido de esta red. De tal modo, los españoles, pese a sus evidentes deficiencias en la conformación de un espíritu crítico prefiguraban una visión del mundo que terminaría por apoderarse del planeta. Además, la resistencia a los vientos modernos no era privativa del catolicismo español, como bien lo demuestra la principal obra de Copérnico, publicada por su propia voluntad recién el mismo año de su muerte (De revolutionibus orbium coelestium, libri VI, 1543). El polaco Copérnico, sensatamente, temía a sus censores y opositores por la afirmación de que la tierra giraba alrededor del sol.

En la historia de las civilizaciones y de las sociedades no es ninguna novedad que casi todas ellas intenten situarse como centro del mundo. Occidente no ha sido la excepción en esta actitud de defensa de su identidad en relación con otras civilizaciones. El Imperio Celeste se permitió ejercer esta vieja costumbre a fines del siglo XVIII, cuando la hegemonía europea era visible ya en casi todos los lugares de la tierra. Lo inusual y distinto fue el cambio radical de la posición del hombre frente al mundo. No es sencillamente el experimentum como método lo que confiere una superioridad manifiesta a partir de la ciencia; la ratio experimentalis ya había sido propugnada por Roger Bacon y, por otra parte, el propio Aristóteles nunca la desestimó. En realidad, fueron múltiples los elementos que concurrieron para alcanzar un método, tras la búsqueda sistemática de él, que terminó por configurar lo que, en el siglo XX, un autor de la escuela de Frankfurt ha denominado razón instrumental.

La expansión de Occidente se vio acompañada por una actitud que, muy esquemáticamente, podría resumirse de la siguiente manera: hay un sujeto para conocer (res cogitans) y un mundo para ser conocido (res extensa). Descartes, al sintetizar de esta manera la nueva relación del hombre con lo existente, instaura una posición absolutamente privilegiada del sujeto, ya que en adelante el mundo debe permanecer forzosamente bajo su dominio. A partir de este momento, el hombre estará abocado, en un ámbito secularizado y despojado de lo sagrado, a un ejercicio metódico de conocimiento, concebido éste como un modo de apropiación y no de acuerdo con la naturaleza. Legítimamente se ha observado que, visto de esta manera, Descartes funda «el método de los métodos», sin entrar a considerar sus contribuciones palpables en los terrenos de las matemáticas, de la óptica (ley de refracción), de la geometría analítica, es decir, el álgebra aplicada a la geometría tradicional, y de la física. Un poco antes, Francis Bacon había percibido con claridad el poder que se deriva del conocimiento y cómo estos términos debían pasar a constituir una díada inseparable: Scientia et potentia humana in unum escribió en el Novum Organum. Esta profunda unión entre conocimiento y poder no sólo se vio con las bombas de fisión nuclear que explotaron en Hiroshima y Nagasaki, sino que se continúa comprobando en todos los sectores vinculados a la tecnología de punta, tanto de la informática como de la biogenética o la inteligencia artificial y la robótica. Al mismo tiempo, Galileo fue el gran exponente de una tendencia que ha propiciado la reducción físico-matemática de todo lo existente, sufriendo en carne propia el desacuerdo entre su visión «objetiva», acerca de la rotación de la tierra, y la percepción «subjetiva» de los jueces que lo interrogaban.

En un primer momento puede no parecer clara la relación entre el decisivo Discurso del método, publicado en 1637, y la conquista de América que lo precede en más de un siglo. No apelaré a la distinción heideggeriana según la cual lo que puede ser cierto fácticamente, en el terreno de los acontecimientos (historisch), no lo es cuando se lo piensa en toda su dimensión histórica (geschichtlich) y en su correspondencia con las grandes épocas. Simplemente destaco que la obra de Descartes es una síntesis abstracta de algo que se había generado mucho más atrás. No hay que olvidar que es la misma América la que da otra dimensión al mundo. Los grandes monstruos marinos, la Atlántida y la tierra finita ceden su lugar para la formación de otros mitos: El Dorado, las sirenas amazónicas, y el que aquí nos ocupa: la tierra infinita. En este sentido, Descartes es culminación del Renacimiento y origen de la ciencia moderna.

  

El valor de la vida humana    

“Una vida no vale nada. Pero nada vale una vida”, escribió André Malraux hace casi un siglo, cuando aún no había cumplido 30 años, en su novela Los conquistadores. En otra de las páginas de la misma novela nos revela la ambigüedad esencial que, vuelta a vuelta, se apodera de nuestra condición: “No hay fuerza, incluso no hay verdadera vida sin la certidumbre, sin la obsesión por la vanidad de la acción”. Estas formulaciones, que transcurren entre la ética y la tragedia, entre la necesidad de obrar sobre el mundo y su inutilidad, requieren ser matizadas, ya que entre una nada y la otra hay un vasto campo donde transcurren las riquezas y el poder como la miseria y la exclusión. Por otra parte, quizás no está demás recordar el pasaje del Mahabharata donde Arjuna se dirige al dios para manifestarle su temor a derramar sangre de su propia familia. La respuesta de Vishnú es contundente: “Entre la acción y la inacción, siempre es preferible la acción”. Pero, justamente, vivimos en un periodo donde los cursos de acción son confusos y la ausencia de un liderazgo mundial, para unificar esta acción, es manifiesta. Las respuestas locales y nacionales, ante la pandemia, han superado por lejos a una acción coordinada y efectiva, pero lo mismo se realizaron, en base a prueba y error, de tal modo que sólo Estados Unidos, que tiene un presidente insensato, ha navegado a la deriva más que cualquier otro país del planeta.

El nuevo coronavirus, originado al parecer en el mercado de Wuhan, aunque quizás en un centro de investigación muy cerca del mercado, dejó al desnudo los “errores” típicos de un régimen autoritario/totalitario, que busca desprenderse de las pesadas responsabilidades que le corresponden y desató esta pandemia que, como acabo de señalar, proyecta sobre las diferentes sociedades efectos de todo tipo. Ineludibles cambios de paradigmas, desastres sanitarios, económicos y financieros, junto a reposicionamientos geopolíticos son sólo algunos de los escenarios que deberemos aprender a administrar. Por el momento, muchas respuestas han sido dubitativas, como si la llegada de lo inesperado, del visitante que no llega nunca, hubiera sorprendido a los principales decisores del mundo actual. Lo impredecible, sin embargo, había sido anunciado en muchas oportunidades y no sólo hace unos pocos años por Bill Gates, sino hace ya más de medio siglo. Incluso se advirtió, hace unos quince años, de un peligro mucho más específico. Investigadores alertaron sobre el peligro inminente de los coronavirus que tenían su residencia entre los murciélagos, mamíferos que sobresalen por su alta capacidad inmunológica y el amplio espacio que poseen entre los de su (nuestra) clase.

Con la aparición del virus del Sida, se supo ya que una pandemia equivalente (el Sida causó aproximadamente unas cuarenta millones de víctimas hasta la fecha), podía repetirse, pero con un virus que fuera mucho más veloz en su contagio, comprimiendo el tiempo a unos pocos años en lugar de las cuatro décadas que llevó el HIV. No habría que asombrarse de la velocidad de los intercambios. Fernand Braudel señaló en su ejemplar Civilización material, economía y capitalismo. Siglos XV-XVIII, que la sífilis, surgida del contacto entre americanos y europeos, que existía previamente en ambos territorios, pero de una manera más benigna, dio la vuelta al mundo antes que Sebastián Elcano pudiera concluir su hazaña de circunvalación. Los intercambios sexuales fueron más rápidos que la expedición iniciada por Magallanes.

En las circunstancias actuales, pese a todos los mitos caricaturescos sobre la avidez insaciable de banqueros y empresarios billonarios (por cierto, no es sólo un mito, Amazon y su dueño Jeff Bezos, se las ingeniaron para ganar muchos miles de millones, sólo en seis semanas, en medio de la pandemia), los gobiernos prefirieron pagar los altísimos costos de enfriar la economía, empezando por la propia China, que correr el riesgo de la muerte de millones de seres humanos. No exclusivamente por generosidad, ni por concederle un gran valor a la vida humana, sino que en una época volátil y de “poder líquido”, quedarse con los brazos cruzados, frente a los muertos, era apostar por la pérdida del poder y de la gobernabilidad.

El valor del individuo, reconocido especialmente desde la época del Renacimiento, a pasado lentamente a ser un valor, con sus particularidades y altibajos, en todas las sociedades. Ningún rey, ni dictador, está en condiciones de proclamar que es preferible la muerte de la gente a los ingentes esfuerzos sanitarios destinados a preservarlos. La vida del individuo, pese a todos los horrores del mundo contemporáneo (dictaduras feroces, trata de personas, esclavitud encubierta, prostitución de menores, terrorismo y leva de niños para la guerra, etc.), comenzó a tener un valor, en lo que Cornelius Castoriadis llamaría el imaginario social, que ninguna sociedad conoció anteriormente. Aunque las desigualdades se profundizaron, en relación con los recursos que concentra el 1% de la población más rica del planeta, la idea de que toda vida tiene un valor incuestionable no ha cesado de crecer.

Seres anónimos, como el médico oftalmólogo de Wuhan, Li Wenliang, quien fuera reprimido por la policía al querer alertar el surgimiento de una nueva epidemia y que murió contagiado por los pacientes que había atendido, pueden convertirse en mártires hasta en la hiper controlada China. ¿Qué llevó a la dirigencia china a tratar de ocultar el nacimiento del Covid-19 con (al parecer y según una maraña de acusaciones) la aquiescencia de la OMS? Quizás una mezcla de ignorancia y reflejos dictatoriales, quizás no lo sepamos nunca, pero la suspensión de los fondos a la OMS, que efectuó Trump, en plena pandemia, habla del grado de miseria en que se desarrolla una parte sustancial de las relaciones internacionales.

Lo menos que puede decirse es que resulta irónico encontrar en los estigmatizados Cuadernos negros de Heidegger, colofón de los numerosos tomos de sus Obras completas, escritos en pleno periodo nazi, una pregunta que podría suscribirse sin dificultad en este tiempos confusos, donde las redes y su utilización diaria y masiva, han producido una imposibilidad de discernir lo verdadero de lo falso, como si ya todo consistiera sólo en creencias y adhesiones: “¿Por qué falta ahora en el mundo la disposición a saber que no tenemos la verdad y que debemos preguntar de nuevo?”. Creo que uno de los principales obstáculos que existen para conformar una estrategia global radica en la imposibilidad de escuchar al otro.

En el lejano año de 1689 John Locke publica en Gouda su ensayo en versión latina Epistola de Tolerantia. Como se sabe, él fue uno de los mayores representantes de lo que en la historia de la filosofía se conoce como empirismo inglés y, por ende, uno de los pilares del pensamiento moderno.  Así como Descartes, Galileo y Francis Bacon contribuyeron de manera decisiva en echar las bases de una nueva mirada sobre la naturaleza, mirada que en parte continúa condicionándonos, pese a los numerosos epitafios del posmodernismo, Locke dotó de flexibilidad al conocimiento. Bajo el pensamiento moderno el Absoluto fue la crítica, la revisión de los propios fundamentos y la indagación constante, a través de la ciencia, de los enigmas ofrecidos por la realidad física, la vida y la historia.

John Locke, dentro de este contexto, realiza el primer intento de sistematizar las ideas y el espíritu que deben regir las relaciones entre creencias religiosas distintas, sobre los fundamentos de una libertad de conciencia inalienable. Una vuelta de tuerca necesaria e imprescindible, ya que ¿cómo podría conocer quien está privado de libertad? ¿Y quién posee la sabiduría como para anular la de los demás? Esta tolerancia llevaba implícita la crítica a cualquier absolutismo que pretendiera erigirse en fundamento exclusivo y excluyente de las creencias religiosas. En este punto, la religión y la política comenzaron a ser examinadas por primera vez como un continuo, en lo que atañe a la esfera pública. En su fundamental libro póstumo, La vida del espíritu, Hannah Arendt nos recuerda que fue Locke, en este enorme proceso de transformación, el que acuñó la siguiente frase: “En un principio el mundo entero era América”. Pero fue justamente en América donde comenzó la tolerancia cero y donde las civilizaciones prehispánicas fueron abolidas y exterminadas, al punto que se destruyeron conocimientos, religión y lengua, como las matemáticas heredadas de los mayas. El principio universal de tolerancia sólo era válido para los vencedores.

 

La incertidumbre política y la tentación totalitaria

Sería relativamente fácil llegar a la conclusión que el eje oriental, articulado por China, que durante milenios gravitó sobre el orbis terrarum y a su modo lo organizó, antes que la incorporación de América quebrara su hegemonía, está ocupando nuevamente su lugar. No se sabe aún el impacto que tendrá la pandemia en las estructuras del PC chino, pero sí sabemos ya que la disminución de su actividad económica, al igual que la de Estados Unidos, tendrá repercusión en todo el flujo del comercio mundial y en la actividad económica en general, Las implicancias políticas y sociales de la pérdida de muchos millones de puestos de trabajo y la reducción de la actividad económica, con la profundización de las desigualdades y la pobreza, no pueden adivinarse, pero sí se puede augurar grandes cambios, aunque ignoremos su dirección precisa. Por añadidura, los desplazamientos de población agravan ya el escenario.

En un penetrante diálogo que Malraux (para evocarlo nuevamente) tuvo con De Gaulle, en La hoguera de las encinas, el escritor de La condición humana minimizó el rol de Lenin en la construcción del nuevo periodo abierto por la Revolución Rusa. De Gaulle lo corrige: “Lenin ha llegado para restituirle a Rusia su lugar en el mundo”. Tal vez sea así cómo se haya visto Putin en estos años, durante los cuales no ha dudado en pasar de jefe de la KGB a incorporar a la Iglesia Ortodoxa como su aliado incondicional, que ocupa hoy un lugar impensable para la Rusia soviética. Esta incipiente alianza entre Rusia y China, frente al retroceso de Estados Unidos y a una vacilante Unión Europea, que carece de unidad política para afrontar los grandes retos geopolíticos, también ha quedado al desnudo con la pandemia que nos golpea. En síntesis, en lugar de altruismo y solidaridad, la lucha por el poder a escala mundial no ha conocido interrupción y, por el contrario, parece acelerarse.

Si bien es cierto que las pestes son inherentes a nuestra especie, consustanciales a nuestras características biológicas, de seres altamente sociales, nunca como ahora se ha tenido la evidencia, por su rapidez, que efectivamente somos, pese a todas nuestras diferencias, una misma especie. La peste de Justiniano (quien por otra parte logró, además de su Código, que cayeran en sus manos los gusanos de morera para la producción de seda, que los chinos habían protegido celosamente) socavó las últimas estructuras poderosas que quedaban del Imperio romano de Occidente; la llamada “peste negra”, que redujo casi a la mitad la población europea afectada, con una caída demográfica que le llevó más de un siglo recuperarse; la catástrofe poblacional de Mesoamérica en los siglos XVI-XVII, más por la viruela que por el implacable accionar de los españoles en la explotación intensiva de las minas y plantaciones; la gripe denominada española, que produjo más muertos que la Gran Guerra, son ejemplos célebres de los numerosos padecimientos microbianos masivos. Pero nunca como ahora se volvió tan patente y visible que el mundo es pequeño, a small planet, como decía Barbara Ward hace ya mucho tiempo, y que se mueve a una velocidad no inferior a los virus de la informática y de las finanzas.

¿Cómo establecer un equilibrio entre las necesidades sanitarias y sociales con las libertades individuales? A pesar de una aparente contradictio in terminiis, el desplegamiento de la ciencia y la técnica, que se sucede hasta nuestros días reposaba sobre ciertos supuestos éticos que consideraba universales. En el plano histórico, esto se verá reflejado en la célebre Declaración de los Derechos del Hombre que proclamó la Revolución francesa, declaración precedida por la Crítica de la Razón Práctica de Kant y en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. En este denso entramado de factores económicos, políticos, filosóficos, religiosos (y los que se quiera agregar) se intentaron establecer principios democráticos de organización política y de protección a los derechos fundamentales del hombre.

Por supuesto, los más lúcidos se percataron de inmediato de la tensión existente entre las ideas universales y las realidades particulares, entre el propósito general y la práctica singular. La democracia se combinaba con la esclavitud, la libertad con el colonialismo, la fraternidad con una dominación planetaria. Pero, aun así, se concebía que esta tendencia hacia un fin determinado, que este aspecto teleológico de las sociedades se proyectaba, con pleno derecho, hacia un futuro más justo y mejor. De esta corriente que hace del progreso la clave del movimiento de la humanidad formará parte el marxismo, el materialismo histórico, aun cuando su evaluación del presente fuera netamente pesimista. En este caso, el futuro promisorio sería factible a través del sangriento parto de la historia. Las víctimas de los totalitarismos del siglo XX alcanzaron una cifra que ninguno de los imperios de períodos anteriores, incluso los más sanguinarios, estaría en condiciones de igualar. La China de 2020, el Año de la Rata, ha extendido el control de la población, para “cuidar” a los ciudadanos de la pandemia, a un punto que Orwell no hubiera podido imaginar. El escritor inglés llamó a la sección encargada de reprimir a la población, en nombre del Gran Hermano, el Ministerio del Amor. Los sistemas represivos acentúan sus prácticas mientras que las democracias, socavadas a veces desde su interior, pueden verse tentadas a emularlos, como se ha visto ya en más de una ocasión. Hitler lo que más envidiaba de la Rusia soviética eran los campos de concentración montados por Stalin.

En el mundo actual, la tensión entre coerción, represión y libertad está llegando a puntos que pueden tornarse extremos, aunque al mismo tiempo existe una percepción de que nadie sabría salir solo del laberinto en que se ha convertido la realidad política y social de nuestras sociedades. La pandemia ha puesto bajo la lupa una serie de características que ya estaban presentes. Sin considerar el desacuerdo fundamental que se esboza entre nuestra especie y el medio ambiente, surgen, por todos lados, síntomas de una anomia que reposa en la enorme brecha que hay entre los postulados generales y las situaciones particulares. Balzac tituló a una de las novelas centrales de su ciclópea y despareja “Comedia humana”, La búsqueda del Absoluto. El percibió con sobrados fundamentos que ante una sociedad desprovista de raíces sagradas, donde el hombre se había vuelto el pretendido amo del mundo, la pasión fáustica y la inclinación ante lo insaciable se convertían en un nuevo motor de la historia.

Las imprudentes palabras que Benedicto XVI citara de un texto del siglo XIII, respecto a que Mahoma había fundado una religión violenta sólo sirvieron para azuzar el antagonismo entre el cristianismo, y no sólo el de la Iglesia Católica, y el Islam. El Papa que precedió a Bergoglio confesó que lo más odiado por él era el relativismo. Tolerancia cero para la mirada del otro. Pero en realidad, este resurgimiento de los conflictos religiosos, inconcebibles hace medio siglo, cuando imperaban las ideologías seculares, encuentra en éstas sus raíces. El propio Carlos Marx llamó a los anarquistas “los soñadores del Absoluto” al advertir que las convicciones de estos grupos eran del todo inviables e inaplicables a cualquier organización social. A su turno, el marxismo heredó la vertiente utópica de Saint-Simon y del mismo Tomás Moro al anunciar su creencia en una sociedad justa e igualitaria, en suma, inmóvil.

La concepción de Hegel lleva por primera vez a situar el Estado absoluto a la par del Espíritu absoluto. No se le podría imputar al filósofo de Jena el surgimiento del nazismo como sería injusto adjudicarle a Marx los crímenes de Stalin, pero entre el mundo de la filosofía, de la ideología y la teoría hay más de un vaso comunicante con las realidades históricas que, con excesiva frecuencia, los historiadores se resisten a reconocer. Daniel Bell, hace ya algún tiempo, sostuvo que durante milenios las sociedades y civilizaciones se habían articulado alrededor de iglesias y ejércitos y que hubo que esperar hasta la Edad Moderna para ver la aparición de partidos y empresas. No hace falta ser muy perspicaz para advertir que estas dos nuevas formas organizativas contenían y contienen caracteres prestados a las instituciones que les precedieron. Con frecuencia se ha visto a empresas comportarse como ejércitos y a los partidos como iglesias, especialmente los que profesaron creencias de las llamadas religiones seculares. A contrario sensu, los fundamentalismos religiosos están teñidos de rasgos que provienen de la esfera política a secas; de tal modo que, sin subestimar la convicción personal de sus adherentes, la religión, como la guerra, se ha vuelto la continuación de la política por otros medios.

 

Pensar la crisis

Es probable que cuando Massimo Cacciari publicó su Krisis. Ensayo sobre el pensamiento negativo de Nietzsche a Wittgenstein (1976) no se le haya ocurrido imaginar que el examen de la crisis no sería ya una cuestión limitada a la tradición filosófica, sino un fenómeno muy real y del mundo entero. Pocas veces el pensamiento ha sido capaz de comprender que los sucesos que ocurrían en torno suyo podían llegar a desembocar en una catástrofe mayor. Estas profecías, por otra parte, están muy desprestigiadas, desde los antiguos momentos en que se proclamaba el fin de los tiempos y el fin del mundo. Con El fin de la historia de Fukuyama y otros sucesivos fines (El fin del amor, El fin del trabajo, El fin del poder, etc.) se afianzó una corriente que subrayó, ante todo, la apertura de nuevas formas y nuevos fondos en múltiples campos, bajo el signo de la precariedad. La crisis había comenzado a estar de moda, pero sobre todo a ser la norma.

En estos días, Edgar Morin, precisó muy adecuadamente nuestra situación: “La crisis en una sociedad suscita dos procesos contradictorios. El primero estimula la imaginación y la creatividad en la búsqueda de soluciones nuevas. El segundo, o bien es la búsqueda del retorno a una estabilidad pasada o bien es la adhesión a una salvación providencial, así como la denuncia o la inmolación de un culpable”. La enorme complejidad del mundo actual hace entonces que, con frecuencia, las herramientas conceptuales destinadas a aprehenderla se revelen insuficientes. Desde los más altos niveles de pensamiento y decisión se ha reconocido que cada vez es mayor la separación entre el saber formal y la comprensión que tenemos de estos procesos, cuyas variables son objeto de estudio de muchas disciplinas, que se ven obligadas a compartir sus respectivos conocimientos y a tener en cuenta las conclusiones de las demás. El mismo Morin fue impulsor y creador del pensamiento complejo, junto a otros investigadores, que buscaron y buscan ampliar el horizonte con nuevas perspectivas.

La interdependencia de las sociedades y países, así como la permanente interactuación de los individuos, ha vuelto imposible comprender el fenómeno global de la crisis desde una perspectiva única. La actual pandemia nos obliga a resituar el problema. De este modo, no es solo pertinente sino necesaria la aproximación a estos fenómenos por medio de una “epistemología transversal” o por conocimientos provenientes de campos que, en lugar de excluirse mutuamente por el camino de la especialización, se complementen. Nada está más alejado del ejercicio del pensamiento complejo que la reducción de la realidad a un solo punto de vista, exclusivo y excluyente. El desafío de incorporar la incertidumbre a nuestras posibilidades de conocimiento, al modo de Heinsenbeg, se ha vuelto una necesidad impostergable.

Para examinar de cerca “la crisis de nuestro tiempo” sería necesario ponernos de acuerdo en qué significa “crisis” y qué significa “nuestro tiempo”. Desde hace algunas décadas, por muchas vías se ha emparentado la palabra krisis, de raíz griega, derivada del verbo krinein (en un aspecto el juicio analítico de elementos heterogéneos que se realiza en el momento previo a tomar una decisión, incluso en el sentido médico e hipocrático), con la expresión china Wei Ji, los dos ideogramas que hacen coincidir la situación de “peligro” con el sentido de “oportunidad” para cambiar y renacer.

El gran poeta Hölderlin lo expresó de un modo semejante, en uno de los dísticos del poema Patmos que tanto evocara Heidegger: “Allí donde está el peligro crece también lo que salva”. ¿Es lícito pretender creer que Hölderlin estaba familiarizado con el pensamiento chino? Es obvio que se trata de una disposición coincidente, por herencia del pensamiento griego que Hölderlin se encargó de reactualizar y recrear. Por otra parte, paradójicamente, ambos términos, krisis y Wei Ji, cristalizarían su significado en las crisis sufridas por sus respectivas sociedades, alrededor del siglo V A.C. Es decir que, estrictamente hablando, nunca hay una sola crisis a secas, sino que el plural es constitutivo de este concepto.

Antes de la llamada “crisis de energía” de 1973, fueron escasos los autores que abordaron esta cuestión. Poco antes de su muerte, Edmund Husserl alcanzó a hablarnos, en 1936, de “la crisis y las ciencias europeas”. Pero fueron los artefactos nucleares de finales de la Segunda Guerra, las finanzas, la cibernética y la genética, los que impulsaron el develamiento de la técnica planetaria, a partir de la semilla sembrada por Ernst Jünger en Der Arbeiter. Estas situaciones, que oscilaron entre la teoría y los acontecimientos, produjeron un estallido de crisis que afectaron a prácticamente todas las ramas del quehacer humano.

¿No sería más que suficiente, por su extensión y profundidad, interrogarnos sobre los vínculos que hay entre las crisis que nos agitan como hojas en la tormenta y la técnica, por un lado, y el crecimiento demográfico o la presión del número, por el otro? Tanto la técnica planetaria, incalculable en su desarrollo, como la reproducción de nuestra especie, revelan que algo muy profundo ha escapado, si es que alguna vez estuvo en nuestras manos, a nuestra capacidad de predicción. Entre 1950 y 2020 el planeta triplicó sus habitantes: pasó de dos mil millones y medio a siete mil millones y medio. Mientras tanto, la genética y la bio-ingeniería se deslizan a paso firme hacia la reproducción programada y clonación de seres humanos. ¿Es esta una de las facetas implícita en Husserl, en la fenomenología, es decir, un esbozo del huevo de la serpiente?

Por otra parte, ¿es posible pensar las sucesivas crisis que corren a nuestro encuentro sin abordar también el problema del poder, con las guerras y conflictos que su ejercicio conlleva? En síntesis, ¿podemos pensar las crisis sin la historia, justamente cuando el imperio del instante nos lleva a la abolición del pasado y a la incertidumbre de cualquier futuro? El fin de la historia sería de este modo algo muy diferente al oportunismo del “marketing”. Quizás sólo estamos en el comienzo de nuestra incapacidad para interrogar el pasado para arribar luego a la plenitud de su olvido.

Nos encontramos en el terreno de lo impredecible. Tal cual lo anticipó Jünger en uno de sus Diarios: “cualquier cosa es posible”. En otras palabras, las variables son demasiado numerosas como para poder imaginar algo más que un escenario inestable. El tráfico de armas, de drogas y personas, ha adquirido una dimensión financiera que pone en cuestión todos los datos proporcionados por las actividades de la economía legal. Ignorar estos planos es equivalente a estudiar la energía proveniente de los hidrocarburos sin tomar en cuenta el motor de combustión interna. ¿Pero los símbolos y las representaciones del mundo no adquieren, de repente, el mismo valor que las necesidades básicas y que lo real?

Crisis, energía, técnica, poder, presión demográfica y pandemia circulan, en distintos niveles y dimensiones, por nuestro único y pequeño planeta. El medio ambiente no es una preocupación que está de moda, sino uno de los puntos más sensibles de la crisis que hay entre la producción industrial y post industrial, con el uso intensivo de recursos no renovables, y lo que la Tierra soporta. ¿Y no se enlaza esta situación con la filosofía moderna, con el proyecto cartesiano de “dominar la naturaleza”? ¿Y el propio Marx no recoge esta fórmula en términos idénticos, a pesar de concebir su “crítica de la economía política” como una de las grandes refutaciones de la filosofía moderna? Georges Bataille puso en evidencia, en La part maudite, que el desecho y la basura tienen tanta importancia como lo que se produce. Setenta años después las más distintas sociedades y estados debieron aprenderlo en carne propia.

Un panorama de esta magnitud nos obliga a preguntarnos también sobre la pérdida de la relación del hombre con lo sagrado, donde los fundamentalismos religiosos apenas enmascaran el móvil político que los anima. ¿No nos encontramos aquí, en este punto de incertidumbre, próximos a “la crisis de la crisis” de la que nos habla Francisco Naishtat, en un sentido parecido al que Heidegger denomina a Hölderlin “poeta de poetas” o cuando percibe que el pensamiento de Nietzsche anticipa la conversión del nihilismo en “la voluntad de la voluntad”? Ninguna tautología nos ayudará a encontrar una salida del laberinto en el que nos encontramos, pero puede incitarnos a examinar qué hay detrás de las numerosas crisis que transcurren ante nuestra mirada todavía inerme, porque en definitiva sólo habrá oportunidad si podemos reconocer que el peligro lo constituimos nosotros mismos.

 

El medio ambiente y la información.

Hace cerca de medio siglo Barbara Ward y René Dubos publicaron un libro de gran importancia para la comprensión de los fenómenos planetarios: Una sola Tierra (México, 1972, edición inglesa del mismo año), que fue preparado para la Conferencia Mundial sobre el Medio Ambiente, que se desarrolló en Estocolmo, y de la cual ya nadie se acuerda, especialmente sus participantes. Allí, con el apoyo de consultores altamente calificados, desarrollaron una serie de consideraciones sobre “la unidad del planeta, las unidades de la ciencia y los problemas vinculados con la alta tecnología”. En el capítulo dedicado a “Energía y materia” expresaron: “Mirando más allá de la desconcertante confusión de los sucesos superficiales y ahondando en las profundidades y detalles de la medición de la estructura y la energía, los hombres de ciencia han creado un panorama unitario de los mundos físico y viviente, mucho más radical del que pudiera haber concebido cualquier pensador precientífico. Por lo tanto, ver el método científico primordialmente como una fuerza que diseca y divide, es pasar por alto las asombrosas incursiones al conocimiento unitario que han ocurrido en el siglo XX”. Justamente, en el centro de la configuración del mundo contemporáneo deberían haberse encontrado los distintos pensamientos junto a una percepción global u holística, confundidas y fusionadas entre sí.

Bajo el influjo de las metáforas provenientes de la ecología o de la inadecuadamente llamada teoría del caos (estudio sistémico de las estructuras disipativas), se ha dicho que el batir de las alas de una mariposa en el Amazonas (o donde sea) desatará la tormenta que se cernirá sobre Nueva York. Las relaciones que los distintos aspectos del mundo tienen entre sí son demasiado incuantificables como para dejarnos seducir por expresiones que lindan con la poesía. Por supuesto, ellas contribuyen a que permanezca en nuestro horizonte un mínimo sentido de la belleza; sin embargo, la gran crisis que se percibe de manera generalizada, cuyo punto de galvanización fue la actual pandemia, afecta de un modo esencial a cómo el hombre se encuentra sobre la tierra. Hay un enorme abismo entre las decisiones que deben ser tomadas de inmediato, para limitar las condiciones de catástrofe, y la inercia del cuerpo social y político de las sociedades. Ilya Prigogine puso de manifiesto el aspecto aleatorio de la realidad y su inmensa capacidad para generar hechos inéditos e inesperados. “Buscábamos esquemas globales, simetrías, leyes generales inmutables y hemos descubierto lo mutable, lo temporal, lo complejo”.

Hölderlin sostenía, en otro de sus textos, que «es poéticamente como el hombre habita esta tierra». No tiene sentido, en el curso de estas líneas, discutir en detalle la creciente tensión y desentendimiento que hay entre las capacidades creativas del hombre, en todo eso que se ha llamado tradicionalmente cultura, y un orden regulado por la técnica y el cálculo financiero, bajo el amparo de gigantescos sistemas de información. Pero debemos admitir que nuestros conocimientos son por ahora inapropiados para comprender la amplitud de estos nuevos fenómenos. Antropólogos, paleontólogos, biólogos y otros hombres de ciencia, han coincidido en afirmar que la inteligencia del hombre paleolítico, en relación con la nuestra, no se ha modificado en lo más mínimo. La diferencia radica en el enorme saber acumulado que hoy detentamos, pero este saber y este conocimiento parecen haber entrado en contradicción con lo que nuestro «pequeño planeta» resiste y con lo que estamos en condiciones de asimilar. ¿Cómo comprender esta situación paradojal? ¿Cómo corregirla, si las fuerzas de arrastre, al igual que en una creciente, son demasiado poderosas como para intentar un dique de contención?

En su ya clásico libro, Cibernética y sociedad, publicado por primera vez hace ya setenta años, Norbert Wiener destacó el enorme influjo de las máquinas procesadoras de información en la evolución de la sociedad. ¿Cómo pudo efectuar tal diagnóstico sin tomar en consideración un período lo suficientemente amplio que le permitiera disponer de una perspectiva adecuada del rumbo de las cosas? No se trataba de un profeta, sino de un pensador que establecía ya algunos de los parámetros que nos condujeron al punto donde nos encontramos. “Lo que la mayoría de nosotros no comprende –sostenía Wiener- es que los últimos cuatro siglos son un período sumamente peculiar de la historia del mundo. La velocidad de esos cambios, así como su misma naturaleza, carece de paralelo en la historia. En parte, ello proviene del incremento de las comunicaciones y además de un creciente dominio de la naturaleza que, en un planeta de recursos limitados como la tierra, puede convertirse a la larga en una esclavitud creciente del hombre frente a ella.” La cibernética, el “gobierno del mundo”, el flujo de información no bastó para neutralizar las graves consecuencias de la actividad del hombre contemporáneo.

Algunos años más tarde, en un libro no menos famoso, La galaxia Gutenberg (1962), Marshall McLuhan descubrió la gestación del proceso de globalización en el terreno de la circulación de mensajes, es decir, en el ámbito comunicacional. Allí habla con claridad sobre el fenómeno: “los descubrimientos electro-magnéticos han hecho resucitar el ‘campo’ simultáneo en todos los asuntos humanos, de modo que la familia humana vive hoy en las condiciones de ‘aldea global’. Vivimos en un constreñido espacio único, en el que resuenan los tambores de la tribu. Por ello, la preocupación actual por lo ‘primitivo’ es tan banal como la preocupación del siglo XIX por el progreso, y tan ajena a nuestros problemas.” En este punto habría que distinguir que, por fuerte que sea el proceso de globalización, nunca se extiende a todas las profundidades que conforman a nuestras distintas sociedades. La articulación nunca llega a todos los segmentos y la prueba está en que nunca hubo tanta riqueza y tanta asimetría en la distribución de los bienes. Al mismo tiempo que se añadían estas nuevas perspectivas, se producía un divorcio inocultable entre la marcha de las sociedades y la atención que se le prestaba a reflexiones que se volvieron imprescindibles para entender los procesos actuales. La vulgaridad y el imperio de lo banal se convirtieron en la moneda corriente de los segmentos considerados “exitosos” en este nuevo carnaval del mundo, prisionero de las redes de la insignificancia.

No querría olvidar el notable trabajo de Jacques Ruffié, De la biologie à la culture, que a mi juicio efectuó un importante aporte al examen del delicado equilibrio existente entre nuestra base biológica y la permanente renovación que efectuamos a través de nuestras creaciones culturales. Ruffié mencionaba, en ese lejano año de 1977, el concepto de hipertelia, que puede llegar a servir para entender cómo nuestra especie, siempre tentada por la hybris y el mito fáustico, podía entrar en una contradicción insalvable con el medio en que vivimos, como si el conocimiento, al proyectarse más allá del sentido de nuestra vida, se hubiera convertido, al decir de Nietzsche, “en un hermoso medio hacia el ocaso”.

 

La poesía del fin y la metáfora del adiós

En la historia de la literatura nunca ha existido un caso tan radical como el de Rimbaud, que pasó en Une saison en enfer de interrogarse sobre “cambiar la vida” para, páginas más adelante, despedirse de la literatura y de todo lo que la sustenta. “Abandono Europa”, a mitad del poema, es la prefiguración de una despedida sin retorno y del célebre “adiós” con el que concluye el texto. Poco importa que haya escrito varios de los poemas de Iluminaciones algunas semanas después de haber finalizado su obra cumbre. El “Adiós” de Rimbaud ¿es sólo una manera de ajustar cuentas consigo mismo o de liquidar al mismo tiempo el peso de la tradición greco-romana y humanista? ¿O retoma por su cuenta, desde una perspectiva muy particular, la rebelión del movimiento romántico contra el iluminismo? ¿No expresa por este medio la clara consciencia que se le abría a su época de proceder a la liquidación de una herencia cultural de más siglos que el propio cristianismo? ¿No había obtenido este niño brillante los mayores premios por sus composiciones latinas en la pueblerina escuela a la que concurría en Charleville? ¿Es la percepción del fin de una civilización la que está presente en esta “videncia”?

Hay que saber medir el tránsito que significa pasar de un villorio al horizonte del mundo, de tener que ascender de una estrecha pequeño-burguesía a lo “absolutamente moderno” que propicia y propugna, reino irónico de la democracia, donde es posible igualarse a los príncipes y de “escribir su juventud en páginas de oro”, hasta arribar a “espléndidas ciudades” al amparo de “una ardiente paciencia”. Se arroja al horizonte del mundo no sólo como el esposo infernal o la virgen loca, sino como aquel que cumple al pie de la letra uno de los proverbios infernales de William Blake, tomado como él, pero casi un siglo antes, entre las pinzas del infinito y la aplastante realidad de lo cotidiano: “El camino de los excesos conduce al palacio de la sabiduría”. El problema es que el mundo no es El Cairo ni Adén ni Harar, sino aquel lugar donde se aloja la vida inencontrable: “la verdadera vida está ausente”. El no-lugar de algunos antropólogos del citadino de nuestro tiempo ha sido advertido, en una dirección semejante, por poetas y escritores muy anteriores a los aeropuertos del siglo XXI.

En el libro que Roger Munier le dedicara a Rimbaud, lamentablemente casi desapercibido, L’ardente patience d’Arthur Rimbaud (1993), la última sección de la última parte se titula “No se parte”, como si al hombre, nómada por excelencia, no le cupiera otra opción que estar en el movimiento permanente, partiendo de Indonesia para poblar Australia, de Venecia para llegar a Pekín, saliendo del puerto de Palos para arribar al Caribe,  o destruyendo su planeta para fantasear con habitar en otros sistemas solares. En una de sus últimas cartas, Rimbaud le escribe a su familia: “También espero mucho que llegue mi reposo antes de morir”. ¿Una solicitud y esperanza de un bel morir en la mejor tradición cristiana? ¿Una súplica de paz en un período de intenso dolor físico y extenuación? ¿Pero cómo criticar esa contradicción sin ver que se trata del otro cabo de la vela en la que arde tanto la paciencia como el arte? “JE suis un autre” es para Munier una de las principales claves del enigma, porque esta fórmula “es un gran yo y de unidad. Más vasta y abarcativa que el simple ‘mí’. Este ‘YO’ monumental y de una amplitud enigmática, sin duda él no lo percibe claramente cuando escribe sus cartas. Él sabe solamente que este YO lo desborda, a él, Arthur Rimbaud, como individualidad finita. En un primer momento, el exceso conducirá a la videncia, luego a la magia del verbo. Rimbaud hará todo este camino, bajo el impulso del genio, hasta el límite”. ¿Pero este límite no es la misma muerte que se avecina a sus 37 años, convertido a esa edad en un viejo, de acuerdo con su propia descripción, como una continuación constante y sistemática de lo anunciado en el “Adiós” de Una temporada en el infierno cuando aún no había cumplido sus 20 años? La trayectoria fulgurante de Rimbaud, a la que Borges calificó, ejerciendo su arbitrariedad en un punto que se confundía con el mal gusto (en una entrevista que le hice en 1975), como “de una experiencia fácilmente asequible a cualquiera”, ¿no es la anticipación lúcida de lo que el mundo futuro le depararía a la palabra poética, por genial que fuese? La palabra poética, ¿no detectó, antes que nadie, el mundo en el que nos encontraríamos hoy?

Cuando la Academia sueca le concede el premio de literatura a las canciones de Bob Dylan, premio que no le dieron a Dylan Thomas, ni a Malcolm Lowry, ni a Joyce, ni a Yves Bonnefoy, ni a Borges, está confesando que los recursos de la palabra poética carecen ya de entidad para cualquier premio, puesto que desde Rimbaud este lenguaje particular, que acompañó al hombre desde tiempos inmemoriales, que era suyo antes de la escritura, sólo sirve para huir y para decirle adiós. Vivimos en un mundo enteramente prosaico, donde las series, los best-sellers, se confunden con los viajes interplanetarios y con los gritos interminables de las discotecas que funcionan en las torres de Trump. De repente, el arribo de la muerte generalizada con la pandemia nos sitúa mucho más cerca del magnífico film de Ingmar Bergman, El séptimo sello, que de lo intrascendente.

Cierta filosofía estuvo seducida no por el aspecto etimológico de esta “disciplina” que, por diversos medios, intentó concitar la suma del saber. El amor a la sabiduría no estaba en sus entrañas ni en su disposición, aunque tampoco fue cautivada por la sabiduría del amor. Más bien estuvo interesada en el vasto mundo incognoscible, en esa terra incognita hacia donde dirigieron sus naves todos aquellos que habían comprobado, a través de una ratio más rigurosa, que el no saber sería siempre más contundente que el conocimiento y que no habría amor ni sabiduría capaces de aminorar esa inmensidad. ¿Una gnoselogía negativa? No, apenas la comprobación de la incertidumbre radical de nuestra especie.

Revolución industrial, disponibilidad de recursos, cambio de la relación del hombre con el mundo, organización financiera, capitalismo y mentalidad protestante, son factores que estuvieron unidos, durante este ciclo de medio milenio, por una red que, quizás, ni siquiera varios volúmenes alcanzarían a develar. ¿Los círculos dirigentes de Europa sabían acaso lo que América les deparaba, la industrialización en ciernes, el paso de las ciudades-estado al Estado-nación y a las nuevas monarquías transformadas en organizaciones modernas? En otros términos, ¿hasta dónde conoce el ser humano lo que él y sus sociedades hacen?

Si en un primer momento, Occidente estuvo dispuesto a apoderarse del mundo por medio del cálculo y la técnica, poco después intentará hacerlo por medio de la conciencia y de la comprensión de las leyes históricas. El hegeliano-marxismo y el positivismo histórico fueron los cuerpos conceptuales que le permitieron al hombre occidental tener un panorama claro de su propia historia y del supuesto fin hacia donde se dirige. Es decir, se trató de construcciones teleológicas de los procesos históricos. Las consecuencias no pueden escatimarse. Todo el siglo XX y los años que llevamos de éste estuvieron regulados por tendencias ideológicas que nos han impedido tener más en cuenta los múltiples factores de nuestra condición, que son una prodigiosa combinación de aspectos biológicos, sociológicos, culturales, pero también individuales, como puede observarse en la conformación de la sexualidad, de los placeres y de los sufrimientos.

¿Dónde establecer el trasfondo histórico de una situación que parece escapar permanentemente a nuestro cálculo? El positivismo, sin embargo, apostaba por la otra faz de este estado de cosas. La comprensión del poder y de las sociedades hacían otro tanto. No es casual que haya sido Napoléon el que formulara la tesis de le calcul vaincra le jeu. El dominio de lo existente se realiza en múltiples planos, y los viajes espaciales forman parte de un proyecto en el cual el universo es concebido como algo que solicita ser conocido, para poder alcanzar de un modo más transparente una apropiación lisa y llana.

Ortega y Gasset publicó sus artículos sobre el difícil tema de técnica y filosofía bajo el título de «Meditación sobre la técnica» y un poco antes, Ernst Jünger, en 1932, publicaba Der Arbeiter; años después Heidegger formula su «pregunta por la técnica», donde considera que ella era tan importante como la pregunta por el Ser, puntos de referencia “para contribuir a la confusión general”, pero también para comprender el enorme peso de la representación del mundo sobre los acontecimientos históricos. Pocas veces se asistió a una formulación tan evidente sobre los límites de la condición humana. ¿La técnica no resultó acaso un proceso que escapa a los parámetros teleológicos? En su famosa tela, Gauguin fundaba la pregunta en términos modernos: ¿Hacia dónde vamos? La respuesta, obviamente, requiere o presupone un sentido del mundo, un acuerdo con él, y es lo único que ni la ciencia ni la política han sabido proveer, después de la desacralización generalizada del mundo.

 

París, abril 2020

(Texto publicado en Complejidad N°36, 2020)

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