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Imposible no contemplar La Cinta Blanca desde nuestra mirada argentina. No sólo porque se trata de la película que compitió (de hecho, era la favorita) con El Secreto de sus Ojos para los premios Oscar, sino, sobre todo, porque deja entrever las raíces idiosincráticas de un pueblo diametralmente distinto al nuestro (seremos tal vez un crisol de razas, pero de la germana tenemos muy poco). La historia transcurre a principios del siglo XX, en una aldea campesina, un reservorio de las formas tradicionales alemanas que nos retrotrae a ese mundo de decoro, austeridad, severidad y pulcritud que el Lobo Estepario de Hesse describía con secreta nostalgia (allí “donde uno se asusta si alguna vez se da un portazo al cerrar una puerta”). Pero la exigencia tiene su precio, y a mayores presiones mayores desbandes. Es esa disciplina estricta la que, con las mejores intenciones, en lugar de moldear a los niños terminará pervirtiéndolos, ajando su natural inocencia, aquella que deberían evocar las cintas blancas que llevan enlazadas en sus cabellos o brazos.

Filmada enteramente en blanco y negro, la película utiliza matices de claroscuros, sombras y penumbras, creando ambientes íntimos de falsa tranquilidad. La fotografía es tan bella como sugestiva: basta mostrar unas piernas ya sin vida y apenas parte de la espalda de quien vela, para revelarnos el dolor de un hombre frente al cadáver de su mujer. Cada escena tiene su tiempo, un tiempo real, con sus silencios y esperas; ello que en otros films daría respiro o apatía, aquí genera inquietud y extrema atención, dotando a la película de su género: el suspenso. Mención aparte merecen las actuaciones: ¡impecables! (lo que sorprende por la carga protagónica que descansa sobre los niños y adolescentes). Tal vez sea el final un tanto acelerado y explícito, y en ese sentido El Secreto de sus Ojos termina ganando “por una cabeza”. Ambos films recrean realidades históricas previas a grandes tragedias (uno la Primer Guerra, otro la dictadura militar), pero el trabajo de Campanella no necesita explicarlo.

Esperamos que la ganadora de la Palma de Oro de Cannes a Mejor Película 2009 sea proyectada en las salas de los cines porteños. En La Cinta Blanca no chocan autos, ni vuelan superhéroes, ni se disparan armas de fuego, pero sí se suceden varios crímenes oscuros. Perversidades nada espectaculares, sino por el contrario, domésticas y muy reales, que precisamente por ello resultan tan perturbadoras.

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