¿Quién fue Pablo Neruda más allá de los datos que puede proporcionar cualquier Enciclopedia biográfica al uso? Es una de las preguntas centrales que se puede formular el espectador antes, durante y después de ver el filme de Pablo Larraín.

El particular Neruda de Pablo Larraín es un Neruda en situación de huida en el momento en que el presidente Gabriel González Videla (a cargo del Ejecutivo chileno entre 1946 y 1952) comienza a perseguir al poeta y entonces senador comunista hasta conducirlo al exilio.

Este Neruda, pues, tendrá fragmentos del hombre real, del gran artista, pero también y mucho de ficción. En su huida se despliegan escenas fantasiosas y gran parte de la trama tendrá que ver allí con esta interacción a distancia entre el policía que lo persigue (Óscar Peluchonneau, encarnado de manera soberbia por el mexicano Gael García Bernal) y la manera de Neruda (interpretado con solvencia por Luis Gnecco) de escapar, y al mismo tiempo dejarse ver, a manera de ironía, por este detective tan especial que resulta ser su principal perseguidor.

¿Qué se puede inferir, desde el punto de vista psicoanalítico, de la `personalidad del gran poeta, si tomamos los rasgos que destaca la película?

Desde ya, su gran creatividad resulta indiscutible, además de un marcado narcisismo, por la cual se destaca su egocentrismo y su dificultad para ver a los otros y tomarlos con humildad; caprichoso por momentos, desconcertante con sus reacciones, complicado en relación al lugar que le da a las mujeres en su vida, donde su compañera de ese periodo, Delia del Carril, interpretada por la actriz Mercedes Morán, es una acompañante fiel y amorosa, que es engañada por él en el marco de prostíbulos y bacanales donde se lo ve disfrutar , beber , amar y dejarse acariciar  por varias mujeres a la vez, en una orgia donde baila y canta feliz.

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¿Quién fue Pablo Neruda? Es una pregunta atendible y legítima; se puede formular, pero su respuesta es tan vidriosa como si preguntáramos sobre la profunda identidad de nuestro vecino del cuarto piso o el farmacéutico de la esquina: ¿quiénes son?: un prisma de facetas infinitas, renovables y cambiantes.

Su marcado perfil narcisista lo retrata como un ser inmaduro, los otros existen solo a manera de admiradores o enemigos. Con las putas en el burdel o con su esposa en la casa, con el policía que lo persigue, o con el mismo gobierno de González Videla jamás pasará desapercibido y será siempre el centro de todas las situaciones. Así partirá dejando a su mujer, para huir solo, sin mostrar gran dolor por la situación…como si abrigara la indubitable certeza de que otra mujer se cruzará en su camino y volverá a ser funcional a sus necesidades.

Sólo se lo ve compasivo con una muchacha indigente a quien le regalará su saco y la abrazará conmovido ante ese desvalimiento extremo que lo conmueve. Por otro lado, también es arrogante y orgulloso,  muy consciente de su talento y de su valía como  gran escritor.

Este Neruda escapa a todos los bordes, una vacilación permanente que lo lleva un poco más allá de la legalidad, disfrutando así de los atajos. En la película hay muchas escenas donde se lo muestra transgresor, infantil, burlando la ley con total disfrute.

El policía compone un personaje patético y teatral que está convencido de que la única forma de destacarse que tiene a mano es capturar al poeta.

No es casual que la búsqueda profunda de este joven sea saber quién es su padre, y todo el tiempo parezca necesitar el nombre del padre para poder definir su ser: “Esto es lo imposible del quehacer psicoanalítico, no hay recetas, ni conjuros, en cuanto a cómo poder convocar a ese padre simbólico que posibilita la metáfora paterna”. Lacan afirma: “El padre simbólico es impensable, hablando con propiedad”. “Las carencias del padre real no pueden ser subsanadas, en tanto no haya padre simbólico que vehiculize la castración. Cuando ha habido fallas en la elaboración de la simbolización esta función se imaginariza continuamente (sea en las fantasías, sueños o ciertas acciones).”

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La persecución al poeta, lo descubrirá en una profunda ambivalencia: odiándolo y admirándolo, como un niño atravesando los fantasmas edípicos, y permanecerá, en un dramático juego especular con Neruda, que lo muestra en toda la dimensión de su carencia. Por otro lado, se alza la inteligencia del poeta, y, en un juego identificatorio complementario, el que no fue padre (Neruda) parecería responder al detective jugando el juego que ambos proponen y  necesitan. Un padre poderoso que, en un punto, comprende y posibilita algo de este intercambio, pero también pone límites: Neruda, a modo de pistas, le deja libros (nada menos que policiales pertenecientes a la colección de “El séptimo círculo”) y vuelve a desaparecer. Cada uno depende del otro para continuar un vínculo paradójico y en el límite entre lo imaginario y lo real.

Juego en donde hay dos carencias que paradójicamente se convocan y confluyen: un hombre maduro que no tuvo hijos y un hijo que busca un padre; ambos entrelazados en un encuentro imposible.

El momento donde se desnuda el afecto del poeta por el detective, su supuesto enemigo, se manifiesta sobre el desenlace, cuando se acerca al muchacho para asistirlo; un Peluchonneau que se dirige a un final tan dramático y patético como ha sido su propia existencia.

El tortuoso vínculo imaginario entre los fantasmas de un Padre y un hijo, donde, al menos en un punto, algo del orden de la cordura se impone: este Padre no caerá vencido frente al deseo omnipotente del muchacho -niño, que quiere derrotarlo. En  este vínculo, el Padre imaginario de este muchacho aniñado sostiene su lugar y no es vencido.

¿Quién fue Neruda? Probablemente, y entre muchas otras cosas, alguien “valiente por necesidad, cobarde sin pecado, somnoliento de vocación, amable de mujeres, activo por padecimiento, poeta por maldición y tonto de capirote” (Autorretrato).

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NERUDA

Dirección: Pablo Larraín

Guión: G. Calderón

Intérpretes: Gael García Bernal, Luis Gnecco, Mercedes Morán

110 minutos

 

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