libro frias

Después de lo de Indalecio, la decisión fue casi inmediata. Adriana dejó caer la idea y Gabriel la aceptó con gusto. Él ya había pensado en eso, pero no se animó a proponérselo porque, a pesar de los seis años que llevaban juntos, no la conocía en situaciones como estas; ingenuamente, había supuesto que ella no querría abandonar el lugar en el que había visto crecer a Indalecio. Sensiblerías que ni siquiera se le tendrían que haber pasado por la cabeza. Adriana no era de ese tipo.

Ella había llorado, y mucho. Se querían tanto con Indalecio. Pero lo peor fue la forma en que lo supo: estaba estudiando, sentada junto a su ventana favorita, cuando la sobresaltó el timbre, y a cada paso que daba hacia la puerta, los gritos de los niños que jugaban habitualmente con él crecían y retumbaban como el preludio de la tragedia que presentía desde el momento en que dejó la silla.

Al abrir, todos enmudecieron de repente, como si ninguno fuese el portador de la noticia, hasta que por fin uno, el colorado que vivía al lado de la panadería, se animó. «Señora…, atropellaron al Indalecio», dijo. Ella salió corriendo de inmediato hacia la esquina de los semáforos, pero el mismo colorado la detuvo con un grito para explicarle que no era por allí, que era para el otro lado, para el lado de la calle menos transitada, la menos peligrosa, si todo fue por un descuido, siempre tan abatatado, siempre tan desesperado por correr a las palomas, tan lengua afuera y babas cayendo a cada salto, no vio el auto que venía.

Cuando Adriana llegó al lugar, un vecino ya había llevado el cuerpo hasta la vereda y alrededor de él el infaltable grupo de curiosos comentaba el accidente. Dos nenas, a las que Adriana sólo había visto un par de veces, lloraban sin consuelo, y es que en el barrio todos conocían al Indalecio; ya desde cachorro le interesaron más los niños que los otros perros, siempre siguiéndolos, acompañándolos adonde fueran, al principio corriendo de los padres asustados por ese armatoste de perro, después recibiendo galletitas, tortas, pan o lo que le ofrecieran, cosa que a Adriana nunca le gustó, pero qué podía hacer, si él, con esos ojos que parecían sonreír, se ganaba la simpatía de todos los padres, que, además, supieron que mientras el Indalecio estuviera con los chicos, a ellos nunca les iba a pasar nada.

Si ahí en el medio de la vereda, rodeado de llantos, parecía la sombra de un ángel caído, y no faltó la vecina que rezongara que todo ese lío por un perro, que dijera que si hubiera sido un niño no lo lamentarían tanto, pero por suerte tampoco faltaron los que la hicieron callar, porque Adriana, con ese cuerpo de hocico largo y lengua afuera entre las manos, sentía que no tenía más fuerzas que esas que la ayudaban a levantar los quince kilos de carne fláccida.

Apenas llegó Gabriel, avisado de la desgracia por teléfono, salieron a darle sepultura, y don Carrillo, viejo bueno de los que escasean, ofreció llevar en su Rural Falcon a la docena de niños que insistían en acompañarlos para despedir al Indalecio como correspondía.

Lo sepultaron al pie de un cerro ante el mutismo de todos, salvo de don Carrillo, que repetía cada tanto «Animalito de Dios… Animalito del Señor», hasta que ya causó gracia y uno de los chicos lo hizo callar mientras los otros se reían tratando de contener la carcajada.

Adriana lloró tanto que apenas si tuvo la fuerza suficiente para decir dos frases cuando llegaron a la casa: la primera fue «Me voy a acostar», la segunda, «Tenemos que mudarnos de acá».

 

Entre la gran oferta de alquileres y la urgencia por mudarse, no tardaron mucho en decidirse por un departamento de dos ambientes en el séptimo piso de un edificio en el centro.

No era una experiencia nueva, ya antes habían vivido en departamentos; los dos primeros años que estuvieron juntos los pasaron en una caja de zapatos de un ambiente en la calle Rioja, luego se mudaron a uno un poco más amplio, hasta que por fin desembocaron en aquella casa con un enorme patio, tres habitaciones, una cocina bien separada de la sala y suficiente lugar como para tener un perro.

Gabriel dijo, antes de firmar el contrato, con la lapicera en la mano, que volver a un lugar chico les podría resultar claustrofóbico, pero Adriana lo convenció de que se acostumbrarían rápidamente, y es que ella ya había imaginado el pequeño balcón que daba a la calle lleno de flores, además de que el lugar le resultaba simpático porque, tal vez por los precios, la ubicación o vaya uno a saber qué designios, el edificio, salvo por un par de excepciones, estaba habitado por estudiantes, profesores y artistas de toda índole, entre los que se contaban, justo en el departamento de al lado de ellos, un violinista y un trombonista de la filarmónica.

La escasez de espacio también les sirvió para deshacerse de esa montaña de trastos y papeles que se acumulan sin que nos demos cuenta, que esto ponelo en aquella pieza, que esto en aquella otra, esto ubicalo por allí y no tirés nada porque puede llegar a ser útil en algún momento. Y en la selección de lo que debía quedar y lo que no, se pasaron los dos días dispuestos para la mudanza, por lo que no fue hasta el miércoles que Adriana miró todo a su alrededor y dejó caer, como en un suspiro, el definitivo «ya está todo listo», frase que Gabriel ansiaba que por fin dijera.

 

Fue recién el viernes cuando los escucharon por primera vez. Adriana despertó sobresaltada por unos gritos que, en medio de la sorpresa, identificó como los de una mujer.

Con la pesadumbre del sueño interrumpido instalada en los oídos, en los ojos, en la boca, buscó con la mano el hombro de Gabriel y lo agitó.

– ¡Gabi! ¡Gabi! –

– ¡¿Eh?! –balbuceó él incorporándose violentamente, haciendo volar las sábanas y quedando sentado.

– ¡Me parece que se han metido ladrones en alguno de los departamentos! –murmuró Adriana acurrucándose contra su espalda– ¡Hay gritos! –y hablaba despacio por temor a ser oída.

– ¿Dónde? –preguntó Gabriel, y la noche se le atravesó en la voz.

– ¡Escuchá! ¡Escuchá! –dijo ella llevándose el dedo índice a la boca para hacer un gesto de silencio hospital.

Por un instante todo permaneció en silencio. Sólo el ruido distante de un motor que se alejaba se deslizó por la noche de la habitación a oscuras. Gabriel sentía la presión de la mano de Adriana en un brazo y ya comenzaba a suponer que todo esto se trataba de una pesadilla de su mujer cuando se oyó el primer y prolongado gemido.

Al escucharlo, Adriana aumentó la presión de su mano. Luego, tras el primero, vino otro, más breve, pero igualmente intenso. El tercero llegó acompañado por el de una segunda voz, y ya las dos juntas formaron un coro.

Adriana aflojó la fuerza hasta soltar totalmente el brazo de Gabriel, y este, al sentirse liberado, buscó con las manos hasta encontrar las sábanas.

– Allá arriba se están dando una paliza, pero no es un robo –dijo cuando ya tenía la cabeza apoyada en la almohada y el cuerpo cubierto hasta el cuello por las sábanas.

A medida que se aproximaban al orgasmo, los gemidos se hacían más intensos, hasta transformarse en gritos que anunciaron el final con un fortissimo para gargantas extasiadas, como luego lo llamara Tomás.

– ¡La pelotita! –exclamó Adriana sonriendo.

– ¡Esos son polvos! –y la voz de Gabriel sonaba como de ultratumba.

– No seas ordinario.

– Tienen que ser herreros… –pero a pesar de la pausa, que suponía la existencia de una pregunta que ella debía hacer, Adriana prefirió no darle el pie–, porque se echan cada fierro –aunque sabía que de todas maneras él lo diría.

– Sos un chancho.

– Si fuiste vos la que me despertó para escucharlos.

– Yo no sabía… Me asusté, creí que estaban asaltando.

– Te equivocaste de verbo: estaban saltando.

– ¿Venía de arriba, no?

– Justo de arriba de nosotros. ¿No escuchaste la cama?

– No.

– Aunque no hubieran gritado, no era difícil saber lo que estaban haciendo.

– ¡Shhh! Prendieron la luz –dijo Adriana volviendo a bajar la voz.

– Quizás perdieron un zapato.

– ¡Callate! No me hagás reír que nos van a escuchar.

– ¿Y cuál es el problema si nos escuchan?

– No, yo digo.

Y sin embargo callaron. Adriana, más explícita en su curiosidad, se mantuvo alerta de cuerpo entero a lo que sucediera arriba. Gabriel prefirió disimular cerrando los ojos, pero abrió bien los oídos. Ninguno de los dos se movía; en medio de tanto silencio, hasta el roce de las telas perturbaba y distraía.

Las luces que llegaban desde arriba disminuyeron su fulgor junto con un ruido metálico que a Adriana le recordó a las persianas de la casa de su madre. Gabriel no advirtió el cambio lumínico, relacionando ese ruido con el del movimiento de algún mueble. Imaginaba a esos dos volviendo la cama a su lugar, mirándose con una sonrisa cómplice.

Sus ansiedades se aplacaron lentamente y ya Adriana se disponía a cerrar los ojos y volver al sueño cuando un nuevo gemido la interrumpió.

– Ahí vamos otra vez –dijo Gabriel que hasta entonces había intentado ocultar su desvelo.

La secuencia, más prolongada esta vez, fue similar a la anterior, pero ahora, a medida que el éxtasis aumentaba, la imaginación de Adriana la llevó a suponer lo que sucedía allá arriba, a presentir sus movimientos, a recrear cada uno de aquellos instantes. Les inventó un rostro y la vio a ella sentada sobre el miembro erecto, tomada de las maderas de la cama en un constante subir y bajar con un ritmo agitado que aumentaba progresivamente. A él lo imaginó con las piernas levemente dobladas y las manos sosteniendo y ayudando a ese par de caderas que ni siquiera ejercían presión sobre su cuerpo de tan etérea que se habían tornado.

Después, cuando todo terminara, la dejaría caer sobre él sintiendo el calor del cuerpo adherido al suyo y le besaría el cuello, los hombros, una oreja, siempre con la respiración entrecortada.

Por su parte, Gabriel, escondido entre las sábanas, recordó a Esther, esa novia de la adolescencia que emitía agudos chillidos cada vez que hacían el amor, y, sin pretenderlo, de pronto Esther estuvo nuevamente junto a él, con su sensualidad al caminar, al hablar, al desvestirse como si fuera una rosa que se deshojara a sí misma hasta dejar al descubierto un tallo rosado y sin espinas, dulce como la brisa de la mañana y feroz como el cielo del atardecer.

Creyó sentir las manos de Esther subiendo por sus piernas y un escalofrío lo recorrió junto con el grito final de los de arriba. De inmediato, todo volvió a quedar en silencio. Gabriel giró sobre sí y buscó con una mano el cuerpo de Adriana, deslizando los dedos hacia arriba hasta encontrarse con los senos que, bien supuso, no despuntaban de frío.

 

– Esta mañana los vi –dijo Adriana, y Gabriel no necesitó más para saber de quiénes hablaba–. Me los encontré en el ascensor.

– ¿Y cómo supiste que eran ellos? –preguntó él después de tragar el bocado que acababa de llevarse a la boca.

– Porque me saludaron y me preguntaron si era nueva en el edificio –tomó un trago de agua como preparando su garganta para el relato–. Les expliqué que vivíamos en el 72 y ella me dijo «Ah, nosotros vivimos en el 82, justo arriba de ustedes», y sabés qué me preguntó después… Me preguntó si no nos molestaban los ruidos –los ojos de Gabriel se abrieron tan grandes como los de ella al momento de escuchar esa pregunta en boca de la vecina–. ¡Imaginate! Yo me quería morir; me tengo que haber puesto de todos los colores. No pude decir nada. Me quedé congelada. No podía entender cómo era capaz de decirlo así como así, y vos hubieras visto al tipo, no se le movía un pelo. Yo ya me quería bajar del ascensor. Pero…, y acá viene lo mejor, la mujer, que parece que adivinó lo que yo estaba pensando, me explicó de inmediato que ella por las mañanas da clases de aeróbic, que ponen música y saltan todo el tiempo y que a los que vivían antes acá les molestaba el ruido y que ella no quería tener problemas con los vecinos y todo eso –hasta acá, Gabriel había seguido el relato con la misma atención y las mismas dudas con las que Adriana escuchara a la mujer en el ascensor. Ahora, menos interesado, tomó un trago de soda y levantó otro bocado con el tenedor–. Yo les expliqué que por las mañanas no estábamos, que no se preocupara por los ruidos… Gerardo y Mónica se llaman… Fuimos juntos hasta la vereda y se ofrecieron a llevarme en el auto, pero ellos iban para la otra punta de la ciudad… De todas maneras, no sé si hubiese aceptado, me daba cosa.

– ¿Se ven buenos tipos?

– Sí –respondió a la vez que tomaba entre sus dientes un pedazo de carne. Después masticó, tragó y continuó–. Te digo, por la cara, no darías dos mangos por ellos, parece mentira que sean capaces de… gritar así.

– Suele pasar.

 

Federico y Tomás son los nombres de sus vecinos, los de la filarmónica que ocupan el departamento 73. En el 71 vive una estudiante noruega que llegó hasta este punto del planeta por medio de un intercambio para realizar su tesis sobre las economías regionales de los países del tercer mundo. Los del 77 son una pareja de ancianos que no salen nada más que a la mañana para hacer las compras; siempre van los dos y él lleva el carrito. Los del 75 son tres hermanos: el alquiler lo paga el mayor, que es el único recibido (arquitecto), los otros dos estudian y fabrican artesanías en cuero que venden los fines de semana. El 76 lo ocupa un locutor de radio con su esposa y un hijo de cuatro años que a veces hincha los huevos a la siesta golpeando las puertas y escondiéndose, pero no hay que darle bola, solo se cansa. Finalmente, el 74 está desocupado, y es que no lo pueden alquilar porque hay un litigio entre dos hermanos, hijos del viudo que vivió allí hasta hace unos años, cuando lo llevaron a un asilo donde acabó muriéndose.

Todo esto lo supo Adriana la primera tarde en que compartió el té con Tomás. Se habían encontrado al mediodía en la puerta del edificio y él comenzó el diálogo con un intencionado «Así que somos vecinos», para después explicarle cómo (casualmente) se dio cuenta de que ella estaba por las tardes en su casa, y pasar de inmediato a invitarla a tomar un té con él, porque Federico daba clases por la tarde en un instituto y no volvía hasta las nueve y media.

Tomás le contó muchos detalles de la vecindad y ella relató brevemente lo de Indalecio para explicar por qué se mudaron. Después hablaron de sus trabajos (él tocaba el violín en la filarmónica y en ese momento estaba haciendo unos arreglos para un amigo que grabaría un disco), de lo frescos y cómodos que eran los departamentos y de lo bueno que era tener un supermercado a una cuadra y media.

Cuando ya estaban próximos al fin de la media docena de facturas, por la ventana se colaron los gritos de dos personas que parecían pelearse.

– Son dos actores que viven acá abajo, en el 64 –explicó Tomás ante el gesto sorprendido de Adriana–. Están preparando una obra y hay días en que no pueden ocupar la sala, entonces ensayan en el departamento –después hizo silencio y con un movimiento del rostro le pidió que prestara atención, inclinando la cabeza hacia la ventana.

– ¿Acaso te has vuelto loca, mujer? Un caballo no se llevaría bien con el tigre que me hiciste comprar en el verano –dijo una voz masculina.

– Lo que pasa es que vos ya no me querés –murmuró Tomás como si fuera un apuntador.

– Lo que pasa es que vos ya no me querés –llorisqueó una voz femenina.

– Yo te quiero, te amo, pero ¿un caballo? –la voz de Tomás se dejaba escuchar apenas un instante antes que la de los actores.

– Yo te quiero, te amo, pero ¿un caballo?

– Si te lo pidiera tu mamá, seguro que lo comprarías.

– ¡Ayyy! Si te lo pidiera tu mamá, seguro que se lo comprarías.

– ¡Con la vieja no te metás, te lo tengo dicho! –y la boca deformada de Tomás, apurándose para decir primero las líneas, era más graciosa que el texto.

– ¡Ojito, eh! ¡Con la vieja ya te he dicho que no te metás!

– Ya me sé la obra de memoria –dijo Tomás abandonando el texto para volver a hablar en un tono normal que dejaba a las voces en un segundo plano, como en un eco distante, como una radio encendida en otra habitación–. Por suerte estrenan en dos semanas, no veo la hora de que empiecen a ensayar otra que no me sepa. Te imaginarás lo que es escuchar durante cuatro meses la misma cantinela.

– Debe ser cansador.

– Cansador es poco, pero es su trabajo, y con eso no nos podemos meter, pero a los que en cualquier momento les corto el chorro es a los del 82. ¿Has escuchado los líos que arman a la mitad de la noche? ¡Los gatos hacen menos ruido!

– Los hemos escuchado –respondió sintiendo que las mejillas comenzaban a hervirle con el solo recuerdo de esos gritos y las fantasías que ellos motivaban–. Nos despertaron el viernes.

– Eso sí; son muy metódicos, sólo lo hacen los fines de semana. ¿Y los has visto? Tienen una carita de santos, de no matar ni una mosca.

– Los conocí el otro día en el ascensor –y ahora sonreía nerviosa.

– Yo le digo a Federico, para mí que usan aparatos, son sadomasoquistas o algo así, porque de otra manera no se explica.

A esta altura, a ella ya le temblaban las manos. Son dos cosas muy distintas; una imaginar los hechos y otra que venga alguien y los mencione así, con tanta libertad, y justo ante ella, que se reconoce como una persona de criterios muy amplios pero, en estos casos, se sabe prejuiciosa ante conceptos que aún no puede superar del todo.

 

Tal como lo anticipara Tomás, volvieron a escucharlos recién al siguiente sábado.

Habían ido al cine con Valentina y Juan y después a comer pizzas, y fue Adriana quien comenzó en el auto, cuando regresaban después de despedirse de sus amigos en la playa de estacionamiento, el juego de los abrazos y los besos en el lóbulo de la oreja que son la debilidad de Gabriel, a lo que él respondió levantándole la falda y dejando deslizar una mano, acariciándole las piernas desde la rodilla hacia arriba.

– Esperá un poquito, no seas impaciente –le susurró ella, y ese aliento tan cerca de su piel le despertó definitivamente la sed que sólo se sacia con otro cuerpo.

Ni siquiera llevaron el auto a la cochera. Estacionaron frente a la puerta del edificio y se besaron antes de bajar, al cruzar la puerta de cristal, durante el viaje en ascensor, y para cuando cerraron la puerta del departamento ya no había ni un segundo que perder.

Hicieron el amor en la sala y luego en la habitación, y debido a sus propios éxtasis, no alcanzaron a oír, sino hasta después de que, agitados, se separasen, los gritos que bajaban desde el 82.

– Ahí están de nuevo –dijo Adriana con la voz entrecortada–. ¿Nos habrán escuchado? –pero él no respondió más que con un gesto que daba por tierra con esa suposición– No, no puede ser –concluyó girando para colocar su cabeza sobre el pecho compulsivo de Gabriel–. ¿Yo grito mucho cuando lo hacemos?

– Ni se te escucha –pudo articular él.

– Tomás dice que tal vez usen aparatos o algo así –comentó tratando de ocultar con su voz los ruidos que llegaban hasta ellos como si los otros estuvieran en una habitación contigua con las puertas abiertas.

– ¿Cuál es Tomás? –preguntó él acariciándole el pelo.

– El del violín.

– El que te invitó a tomar el té.

– Sí –y los jadeos llegaban hasta ella y le retumbaban en los oídos.

– ¿Y el otro cómo se llama?

– Federico… Dice que son sadomasoquistas.

– ¿Quién te dice? ¿Te acordás del vecino que teníamos en el departamento de la calle Córdoba? Parecía un santito y un día vino la cana y se lo llevó por narco. Después salía en todos los noticieros… ¡Qué rico olor tenés en el pelo!

– Estoy usando el champú que me recomendó tu hermana. ¿Le llamaste?

– Ya está todo arreglado: vienen a cenar el viernes.

– Voy a hacer tallarines.

– Dejame a mí la salsa.

– Por supuesto, a vos te sale mejor.

– Tendrías que ir al supermercado.

– Voy a ir con Tomás mañana a la tarde.

– Comprame hongos y crema de leche… Buen tipo ese Tomás, ¿verdad?

– De lo mejor.

– ¿Y el otro? ¿Cómo dijiste que se llamaba?

– Federico. No sé, no lo conozco. Está casi todo el día afuera… A Tomás se le ocurrió que podríamos cenar juntos algún día.

– Organicen nomás.

– Estamos en eso… La fecha tentativa es para el viernes siguiente a que rinda mi examen –y se calló haciendo una pausa de esas que se pueden reconocer como ajenas al momento, ajenas a cualquier momento, una de esas en que el pensamiento se desvía para ir a detenerse en otra estación. Desde arriba ya sólo bajaba silencio–. Hay gente a la que también le gusta hacerlo usando comida, ¿no es cierto? –preguntó al final.

– ¿Hacer qué cosa?

– El amor.

 

La hermana de Gabriel es, en términos generales, una buena mina; es ingeniera en algo y trabaja en planes de solidaridad construyendo casas económicas para los laburantes, así los llama ella, laburantes, y cada vez que lo hace, su marido le pregunta con tono de reproche si él no es laburante, si sólo los de clase baja (a los que ella prefiere llamar excluidos) laburan, entonces ella responde que son ellos los que ponen el hombro, y parece que ambos esperan estos momentos para dividir aguas en cuanto a sus puntos de vista, como si hacerlo con testigos les diera más validez a sus palabras y en su casa, cuando están solos, dedicaran el tiempo a terminar trabajos o a ver televisión.

De alguna manera, también los de arriba hacen algo parecido; de seguro no tienen a nadie más en la habitación mientras están en eso, pero con sus gritos convierten en testigos de sus acciones a todos los vecinos cuyas ventanas coinciden en un espacio común en el que los ruidos se comparten, y tal vez no lo pudieran hacer de otra manera.

En divagaciones similares andaba Adriana, el cuerpo levemente flexionado, la espalda debatiéndose entre la almohada, el respaldo de la cama y las sábanas, la luz del velador bañándola casi de ocre, Gabriel durmiendo desde hacía rato y un libro que cree ser leído mientras que, en realidad, ese par de ojos no hacen más que pasar sobre la tinta.

De repente, sin el más mínimo preludio, baja el primer gemido, y ella se sorprende levantando la cabeza, aunque quizás es esto lo que ha estado esperando.

Engañándose a sí misma, vuelve la vista a las páginas y se dice que no la dejarán leer ese par de… ¿Cómo los había llamado Tomás?

Como si en realidad le molestasen los gemidos, ahora más frecuentes y fundidos en un solo gran sonido, cierra el libro para dejarlo junto al velador, apagar la luz y arroparse con las sábanas.

Con la mitad de la cara cubierta, mantiene los ojos abiertos, y las pupilas se acostumbran a la oscuridad y los oídos reciben ya amables (aunque se lo niegue a sí misma) los gemidos y los ruidos de la cama que se mueve haciendo sonar sus patas sobre el piso que para ella es techo.

Sin darse cuenta, su mano derecha se independiza, deslizándose hasta el pecho. Por sobre el camisón palpa los senos erectos. Por debajo del camisón, los pechos reciben una caricia que la excita aún más.

El doble juego de ser ambas partes comienza a hacerse más intenso, y controlando no moverse ni agitarse demasiado para que Gabriel no se despierte, mientras una mano se queda allá arriba, la otra desciende hasta encontrar la humedad buscada, reconociendo la suave tela que levanta apenas con un dedo, el mismo que llegará hasta el objetivo final y lo acariciará en un reencuentro que rompe el tiempo, haciéndole olvidar a los de arriba, convirtiéndola nuevamente en aquella adolescente pecosa y apenas desarrollada a la que muy pocos chicos se acercaban, entre otras cosas, por temor a ser salpicados por la saliva que se le escapaba por entre los frenos dentales.

 

No sabe mucho de violines y orquestas. Cada vez que ha escuchado alguna sólo ha podido concluir si le gusta o no. Ella escucha y decide si sí o si no, y sólo recuerda los nombres de los compositores más famosos, por eso, aunque cualquier crítico o músico podría decir que lo de Tomás es algo flojo, a ella le parece muy bueno.

Tomás está parado junto a la ventana e interpreta la composición en la que trabajaba. La terminó por la noche y a primera hora de la mañana dejó una esquela por debajo de la puerta del 72, invitando a Adriana a tomar el té para mostrarle «algo».

Ella golpeó su puerta a las cinco en punto, y él ya tenía la mesa preparada con la tetera llena, pero no fue hasta después de la segunda taza de té que, como recordando algo nimio, dijo que la había citado para mostrarle la composición terminada.

Realizó un breve introito mientras preparaba el violín (dejado como al descuido sobre un sillón) y se paraba junto a las cortinas (detalle pensado para que, además de Adriana, los vecinos también lo escucharan).

Las cuerdas del violín suenan al compás de las de una guitarra a bajo volumen en un reproductor. «Esta es, básicamente, la canción», le había dicho señalando el disco que comenzó a sonar ni bien presionó el play y que le servía de base, porque aunque sólo le pidieran un arreglo mínimo para el estribillo, él preparó uno para toda la canción.

El arco se movía veloz por sobre las cuerdas y los dedos se agitaban en la creación de efímeros dibujos que fascinaban a Adriana.

– ¡Genial! –exclamó Adriana cuando Tomás finalizó su interpretación– ¡Estupendo! –

– Muchísimas gracias –dijo Tomás mientras se inclinaba saludando los aplausos–. Esto merece otra taza de té –propuso mientras dejaba el violín en donde estaba, casi con displicencia, para después sentarse junto a ella y recibir un beso en la mejilla–. Me alegra que te haya gustado; mañana se lo llevo a Dante, espero que acepte.

– ¡¿Cómo no va a aceptar?! ¡Es genial!

– Lo que pasa es que él tendría que modificar el final… Viste que las bases terminaron mucho antes que yo –Adriana asintió entendiendo que se refería a la música que salía del disco–, eso es porque está pensada para que termine allí, en cambio, lo que yo le voy a proponer es un final al palo, allá arriba, como… como… como un orgasmo –y al decir esto puso tres cucharadas de azúcar a su té y volvió a hablar con el tono de los que regresan de una larga meditación–. Eso es: un orgasmo. Tampoco puede ser de otra manera… Te imaginarás de dónde saqué la idea para ese final –Adriana hizo un gesto híbrido–. De tus vecinitos –remató levantando las cejas hacia el techo para que a ella no le quedaran dudas.

 

Había sido un día agotador. Por la mañana muchos papeles de esos que, porque se acerca determinada fecha o inspección, hay que tener en orden, lo que implica no ir a casa a almorzar. Después lo del llamado de su madre, que ya no tiene edad, pobre, para esas cosas, entonces hay que ir a ayudarle. Y cajas para un lado y para otro, estos pulóveres que no se usarán hasta el año que viene van allá arriba, no sé qué hacer con esa bolsa, entonces tirala, no mejor la regalo, y esos papeles de tu padre van a la basura, y esos libros habría que venderlos, salvo que vos…

Y después Gabriel, que está bien que cocine, pero el que cocina no lava los platos, y a ella que se le doblan las piernas y encima este que se viene a hacer el sensual, cada vez que come ajo le agarra por ese lado, con ese olor, pero ella no se va a resistir, tampoco es cuestión. Y con las manos aún humedecidas de agua y detergente vamos a acostarnos que mañana hay que levantarse temprano y los dos saben que esa es la excusa, porque a la habitación llegan casi desnudos, después de pasar por el sillón y dejar que las paredes del pasillo conozcan sus espaldas. Pero lo peor viene después, después de todo, cuando Gabriel ha cruzado un brazo por encima del suyo y le acaricia el vientre y ella siente un gusto amargo como de ausencia, de escasez y trata de justificarse con el cansancio.

 

Después de todo, era una probabilidad despertarse el sábado sin haberlos escuchado. Conociendo su rutina, las noches de sexo se remitían a los viernes o los sábados, y es que el resto de la semana trabajan y tienen que recuperar energías, especulaba Adriana, repitiendo las especulaciones de Tomás. Por eso no le extrañó haber dormido toda la noche sin que nada la alterase, y mucho menos a Gabriel, que es un tronco cuando cierra los ojos.

Lo que sí la sorprendió fue que tampoco se dejaran escuchar el sábado, por eso el lunes, en cuanto Tomás le abrió la puerta con ese gesto que la invitaba a pasar indicando que el té estaba servido, lo primero que hizo fue comentar que había dormido muy bien todo el fin de semana.

– Están de vacaciones –explicó Tomás.

– ¿Ahora?

– Es que en el verano él tiene mucho trabajo.

– ¿Qué hace?

– No sé… –y él se vio obligado a ampliar la respuesta ante la cara de no entender nada de Adriana– Yo también quise saber en qué trabajaba, pero me respondió simplemente eso, que en el verano tiene mucho trabajo con los clientes… Nada más.

– ¡Qué gente rara, che! –bebieron un poco de té con la convicción de que se trataba de un par de locos, pero además, Adriana tenía una pregunta en la punta de la lengua e intentaba que la temperatura del té la reprimiera, hasta que por fin pudo más la duda y la dejó caer como si hablara del tiempo– ¿Qué haces vos cuando ellos…? –y se interrumpió simulando tomar té.

– ¿Qué hago?

– Sí… ¿Qué pensás? Es decir… yo trato de evitarlos, pero igual…

– ¿Igual? –cuestionó Tomás a pesar de conocer el final de la frase.

– Igual me excito.

– También yo –dijo después de tomar otro trago de té, satisfecho, tal vez, de no tener que haber sido él quien lo dijera.

– No lo puedo evitar –se excusó como si estuviera en un confesionario hablando de un pecado capital.

– A mí… Bueno, vos sabés cómo nos excitamos los hombres.

– ¿Y Federico?

– A él ni un tren lo despertaría. A veces sí se desvela, pero, por lo general, ni se entera.

– Gabriel también tiene el sueño pesado…

– ¿Y vos qué hacés?

La pregunta le cayó como un balde de agua fría, como un iceberg, y la piel se le encrespó y un escalofrío le recorrió la espalda.

– Nada –mintió presintiendo que Tomás descubriría la verdad oculta en el tono de sus palabras.

– Yo, a veces, termino masturbándome –largó él como una jabalina que fue a dar en el centro del pudor de Adriana.

– Yo También –se animó a decir clavando los ojos en el fondo de la taza, en donde estaba el escape perfecto– ¿Me servís más té, por favor?

 

– ¿Por qué no fuiste a trabajar?

– Compensación por horas extras; en vez de pagártelas, cuando sumás seis te dan un día libre –tuvo que aclarar, porque para Tomás eso de la relación de dependencia es algo muy ajeno.

– ¿Ya desayunaste?

– Sí, ¿vos?

– Bajaba a comprar unas facturas; tengo el agua en el fuego. ¿Me acompañás?

– ¿A comprar o a desayunar?

– Las dos cosas.

– Vamos.

Es tan extraño caminar sin prisa un jueves a la mañana. Para ella, todos esos ruidos de motores y esos perfumes y esos hedores y esa gente es tan extraña. Aunque cada motivo sea similar, sino el mismo, de un sábado o un domingo si se levanta temprano, si es jueves un condimento especial los endulza, los torna más cálidos, más amables. Es descubrir un mundo vedado para los que tienen que cumplir horarios.

Cuando vivía en el barrio, los días de compensación iba con Indalecio hasta la plaza y seguro que en el camino se le pegoteaba algún niño, pero ni a ella ni al perro les molestaba esa incorporación. Y después corrían por el pasto y ella tiraba piedras para que Indalecio las buscara y las devolviera todas baboseadas.

Ahora, a tres cuadras del edificio hay una plaza, pero es una de esas de ciudad: media cuadra y rodeada de paredes. Eso no es una plaza, y sin Indalecio, mucho menos. Entonces aparta de sí la idea de disculparse con Tomás e ir a sentarse en uno de esos bancos y perder toda la mañana pensando en nada. Ni siquiera lo piensa dos veces; regresa con él al edificio a paso acelerado, que el agua ya debe estar hirviendo y las facturas con dulce de leche prometen contribuir dejándose saborear para desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.

– Si nosotros seguimos con estos encuentros, vamos a terminar hechos unas vacas –dice Tomás cuando aparece por la puerta de la cocina con la bandeja en la que humean dos tazas de leche con chocolate–. Podríamos aprovechar para arreglar lo de mañana. –

– Gabriel se ofreció a hacer las salsas.

– Por suerte a Federico le suspendieron el concierto, que si no íbamos a tener que esperar otra semana para poder juntarnos –el azúcar impalpable de la factura que acaba de morder le ha dejado un bigote blanco que a Adriana le causa gracia–. Parece mentira, che, que nosotros nos conozcamos tanto y estos dos no se hayan visto ni una sola vez.

– Me parece que nosotros somos la excepción. En realidad, creo que nadie conoce a nadie. Yo, por ejemplo, te conozco solamente a vos, al resto de los que viven acá no los veo nunca, y cuando nos cruzamos es hola y chau, o algo sobre el tiempo para pasar el mal rato del ascensor.

– Es que yo tengo más tiempo libre.

– De todas maneras… Mirá, nosotros vivimos un tiempo en un departamento y nos enteramos de que el vecino de enfrente se había muerto hacía una semana recién cuando tuvimos una reunión de consorcio, eso sin contar un narcotraficante que vivía justo al lado de nosotros. Por eso me gustan los barrios, son más… familiares.

– Y menos ruidosos.

– Eso seguro. En una casa, por lo menos, no tenés gente haciéndolo sobre tu cabeza.

Tomás celebraba la desinhibición de Adriana mientras metía la mano en el plato para sacar otra factura. La comía acompañándola con tragos de leche con chocolate, escrutando con la mirada el semblante de ella, que ahora había vuelto a hablar sobre la cena que estaban organizando para el viernes, pero a él ya no le importaba. Hacía tiempo que una idea le rondaba la cabeza y no se animaba a llevarla a cabo solo.

– ¿Tenés algo que hacer? –interrumpió cuando se convenció de que Adriana sería la mejor compañera para la aventura.

– La casa está limpia, Gabriel no viene a comer, he decidido no empezar a estudiar la otra materia hasta la semana que viene, se podría decir que estoy libre.

– Te invito a hacer una excursión.

– Acepto –dijo pensando en las calles de la ciudad–. ¿Adónde vamos?

– ¿Nunca te tentó saber si usan algo más que sus cuerpos?

– ¿Quiénes?

– Ya sabés –e hizo la habitual seña con el pulgar.

– Alguna espinita tengo clavada… ¿Adónde querés ir?

– Ellos están de vacaciones y en el edificio, a esta hora, nunca hay nadie.

– ¡Estás loco!

– No, soy curioso.

El deseo la roía y era mayor la tentación que la voluntad de permanecer inocente ante el atropello de cruzar esa puerta que ya imaginaba como la del noveno infierno. Adónde la llevaría dar el paso, hasta cuándo no podría detenerse después de esto, cuál era el sentido de inmiscuirse en la vida ajena así como así, todo por unos ruidos, unos ruidos y algo más, eso que pasaba por dentro de ella, la sórdida necesidad de descubrir qué era lo que por las noches la llenaba de imágenes ineludibles, férreamente engastadas en un presente que tanto se parecía al pasado, tanto la retraía a quince años atrás cuando por primera vez sintió ese cosquilleo, ese calor que persistía aun en las noches de invierno, y luego la humedad por fuera y la saciedad por dentro, y la culpa, la eterna culpa de no saber si ese cielo, pecaminoso edén, era motivo de hogueras y aceites hirviendo eternamente.

Su taza estaba llena, una factura desafiaba la gravedad entre sus dedos, ya había dicho que tenía la mañana libre, no había forma de escaparse. La respuesta, precisa y concreta, debería salir inevitablemente de su boca. Entonces se dejó llevar por el instinto.

– ¿Y con qué llave abrimos? –preguntó para que la aceptación no quedara explicitada con un sí, como si de esta manera se alejaran algunos fantasmas.

– Me extraña, Adri. ¿Has vivido en edificios y todavía no sabés cómo es el sistema?

– No.

– Todas las cerraduras son similares, se compran al por mayor. Por lo general, las combinaciones de las llaves son muy parecidas. Si no es tu llave, es la mía, pero estoy seguro de que con alguna de las dos podremos entrar.

Y para qué más palabras, para qué más explicaciones si ya todo estaba dicho.

El ascensor, esa caja de té en la que uno se siente un saquito, ahora parece más chico que nunca. Las paredes brillantes se le vienen encima y presiente que se le ha bajado la presión o algo así. El objetivo está apenas un piso más arriba, pero parece como si hubiera subido el Empire State.

La puerta de metal se abre para descubrirle un pasillo que difiere del suyo sólo por la falta del plafón en el techo que deja al descubierto un foco colgando de unos cables rojos.

Ahí está. El 82 de pintura gastada que delata la aleación barata de que fueran hechos los números. Con una decisión que después no reconocería como propia, apuntó la llave y la introdujo en la cerradura para intentar girarla.

– Dejame a mí –dijo Tomás en un susurro.

Con suaves movimientos de experto ladrón, consiguió que la traba cediera, y después de un leve empujón, se abrió ante ellos la terrible boca.

Adentro no hacía falta encender las luces. las persianas, apenas entreabiertas, dejaban colar los rayos que, fundidos con los colores de las cortinas, teñían todo de un calmo ocre.

Adriana temblaba. Tomás le tocó el hombro y con un movimiento de cabeza la invitó a internarse en el pasillo que los llevaba a la habitación, donde el color de la luz se tornaba más claro  gracias a las cortinas blancas.

El espacio, de por sí reducido, se percibía aun menor ante la presencia de una cama de dos plazas y media. A cada lado de ella, las mesas de luz lucían unas horrendas lámpara grises.

– Mirá qué cama –dijo Tomás–. Vos buscá en ese cajón y yo en este –ordenó rodeando la cama para llegar hasta la otra mesa de luz.

Adriana sintió sobre la espalda el peso de otra presencia, de otra persona que los acompañaba. Giró sobresaltada para descubrir que, en la pared opuesta, un gran espejo los reflejaba.

– ¿Querés que nos vayamos? –preguntó Tomás.

– No, está bien –respondió ella volviéndose a inclinar ante la mesa de luz para abrir el cajón.

Papeles, un par de billetes de dos pesos, algunas monedas, una revista de automovilismo.

– ¿Y?

– Nada –dijo cerrando el cajón.

– Acá tampoco. Busquemos en el ropero.

Tomás que abre una de las puertas y se encuentra con una cajonera que comienza a inspeccionar de inmediato. Adriana que ya abandona la mesa de luz y se dirige a ayudarle a su cómplice, pero se detiene frente al espejo; así, peinada sin tanto cuidado, con la camisa por fuera del pantalón, sin maquillajes, se ve tan inocente, tan frágil ante la locura ajena, la de los que se burlaban de su delgadez, la de la adolescente que lo tomaba en serio y buscaba la forma de hacer crecer sus tetas, la de estos tipos que hacen tanto ruido, la de ese otro que abre y cierra cajones y que de repente vuelve a hablar.

– Terminá de buscar acá mientras yo reviso el baño.

Y su reflejo se oculta un instante tras el cuerpo de Tomás, que pasa entre ella y el espejo, y esa interrupción le sirve como vehículo que la lleva de nuevo a ese otro tiempo, aquél en el que descubriera la locura, y entonces de nuevo ese cosquilleo, de nuevo el pecado, porque en el espejo ve cómo una de sus manos se desliza y se pierde de vista dentro del pantalón. Siente que ya no puede seguir de pie. Se deja caer sobre la cama, se desprende el pantalón para facilitar los movimientos de los dedos, se despide de la realidad y cierra los ojos.

Se ha ido, está mucho más allá de este tiempo, de estas paredes, infinitamente distante de todo, de Gabriel, de los que hacen ruido, del recuerdo de Indalecio, de la sombra de Tomás que ha regresado a la habitación y se ha detenido frente a ella, se ha bajado el pantalón dejando al descubierto su caliente erección y la ha penetrado sin pudores.

 

– Tenías razón –dice Gabriel.

– ¿Sobre qué?

– Sobre Tomás y Federico.

– Viste qué buenos tipos.

Han salido a caminar después de que Tomás y Federico volvieran a su departamento con la panza llena de tallarines. Es de noche y las luces de la calle crean sombras sospechosas en cada esquina.

– ¿Cuál…? –comienza a preguntar Gabriel, pero se interrumpe porque la cuestión le parece vana, estúpida.

– ¿Cómo?

– No… Siempre me pasa lo mismo; me intriga saber cuál de los dos ejercerá el rol de… la mujer –y ahora sí que le parece definitivamente estúpida la cuestión, pero ya se metió–. Me da la impresión de que es Tomás –un escalofrío invade a Adriana, que se abraza a Gabriel–. ¿Tenés frío?

– Un poco –y siente el brazo de Gabriel que le rodea la cintura.

– Mirá –dice él señalando a una pareja que se besa entre las sombras mientras que un gato, sentado junto a ellos con la cabeza echada hacia atrás, no les quita la vista de encima.

– Está como nosotros con los de arriba –dice ella.

– No tanto. Él es un voiyeur, nosotros sólo somos écouters –aclara Gabriel, y Adriana sonríe, aunque tenga ganas de gritar.

frias

Alejandro Frias

 

 

Alejandro Frias (Mendoza, 1969) ha publicado Serie B (al que pertenece Los de arriba), libro ganador del certamen Vendimia de Cuentos 2003, y Todos los chicos, colección de cuentos y relatos para niños y jóvenes. Actualmente trabaja como periodista de cultura y sociedad en el diario MDZ Online y como colaborador en las revistas La Quinta Pata y Muchamerd, además de codirigir la revista literaria Serendipia. Desde fines de los 80 ha participado en publicaciones como Gogol, Diógenes, Res, Ran Sin Tolueno y La Brecha.

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