Janá fue una mujer muy hermosa. Hasta las vírgenes de Botticelli se hubieran visto desmerecidas en su presencia. Su faz, pálida como el alabastro, traslucía un resplandor interno que iluminaba su entorno. Yo nací cuando ella comenzaba a transitar sus cuarenta y tantos, y mis recuerdos infantiles la evocan etérea como un hada.

Había entrado en la madurez y sus facciones delicadas, enmarcadas por el pelo rubio, corto y peinado al descuido, su porte señorial y su donaire invitaban a efectuar una reverencia ante su paso.

Janá había nacido en Odesa, a orillas del mar Negro, al finalizar el siglo XIX. Con sus catorce años apenas estrenados llegó al puerto de Buenos Aires, en donde la recibió su primo hermano argentino, Moris, un gaucho judío nacido en Entre Ríos pocos años antes que ella. Moris se había enamorado de su fotografía y la pidió como esposa a su tío de Ucrania.

Los primos celebraron en esta ciudad su matrimonio y tuvieron cuatro hijos. Mi madre fue la primera de ellos.  Janá fue mi abuela.

Su corazón fallaba con frecuencia, por lo que tuve la temprana experiencia de verla en cama muy a menudo, ya que en aquel entonces la medicina no contaba con los recursos de hoy y el reposo absoluto era la indicación habitual para esa dolencia.

Debido a esta razón fue que mi abuelo Moris decidió mudarse del barrio de Once, en donde habían vivido en una amplia casona junto a sus hijos hasta que ellos formaron sus propias familias, y lo hizo a un departamento frente a la Plaza del Congreso para que Janá, en los momentos en que su corazón le permitiera estar levantada, pudiera distraerse mirando la Plaza desde el balcón.

Yo fui su único nieto. Después de regresar del colegio y almorzar con ella, pasaba la mayoría de las tardes haciéndole compañía hasta que mamá, luego de cerrar el comercio cercano que atendían junto con papá, venía a recogerme.

Dado su enfermedad, y al diagnóstico médico que no auguraba mejoras, mi abuela había desarrollado una hipocondría.  Aseguraba que la acechaba la ceguera, convencida de que veía un poco menos cada día. Se quejaba de que los lentes que le recetaban resultaban tan inútiles para sus ojos como lo eran las drogas que le prescribían para su corazón claudicante.

Esas tardes, hiciera frío o calor, mi abuela me llevaba hasta ese balcón y, ubicados allí, me pedía que le contase todo lo que yo veía en la plaza.

Comencé a inventar sucesos que no pasaban en la plaza, y relatárselos. Yo imaginaba que eran los que a ella le gustaría escuchar. Mi abuela reía al oír mis fantasías sin nunca delatarlas, y me replicaba con relatos de su infancia en Odesa, que aún guardo en mi memoria.

Yo cursaba el segundo grado cuando un mediodía, durante el almuerzo, mi abuela me contó que un oftalmólogo le había recetado unos lentes nuevos, desarrollados en Europa, y que estaba muy contenta porque confiaba en que ellos mejorarían su visión.

No le hice mucho caso, porque ya en otras oportunidades había sucedido lo mismo, sin que ella obtuviese los resultados que esperaba.

El día siguiente, al llegar de la escuela, encontré a mi mamá y a mi abuelo junto a Janá tomando un aperitivo, como si celebraran algo.

Mi abuela se levantó de la mesa y me llevó hasta el balcón. Quitándose unos lentes, que noté nuevos, me los mostró y me explicó que se llamaban bifocales. Me dijo que nunca antes había visto mejor. Se los colocó y empezó a contarme lo que veía en la plaza.

Traté de decirle que estaba contento. No pude hacerlo. Mis tardes de relatos en el balcón se terminaron, pensé, y mis ojos se llenaron de lágrimas. Rompí en llanto.

Pero Janá era mi abuela. Tomándome de la barbilla y levantando mi cabeza, me dijo

– No llores. Ahora veo mejor, pero el médico me advirtió que no debo abusar de estos lentes al aire libre, así que voy a necesitar que sigas contándome lo que pasa en la plaza, como hasta ahora.

No pude hacerle caso La abracé fuerte y seguí llorando, pero de alegría.

Sobre El Autor

Roberto Tito Tchechenistky nació en la ciudad de Buenos Aires y cursó su formación universitaria en la Facultad de Ciencias Económicas de la Univ. de Buenos Aires, graduándose como Licenciado en Administración. Se desempeñó en la misma Institución como Profesor Ayudante de la Cátedra de Lógica y Metodología de las Ciencias. Después de integrar distintos Estudios Profesionales de relevancia, se independizó para dedicarse a la consultoría y asesoramiento en organización y equipamiento industrial en la industria de la confección de indumentaria y textiles para el hogar. Comenzó a desarrollar su actividad literaria en el año 1999, dedicándose al relato corto y a la poesía, y también al estudio del lunfardo rioplatense, léxico que ha utilizado para redactar algunas de sus producciones.

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